30 enero, 2026

30 enero, 2026

Drones y selfies, ¿invasión a la intimidad?

columna invitada

Naderías y minucias nos ocupan y acaso nos constituyen”, observó un escritor contemporáneo a propósito de la vorágine de actividades superfluas que surgen en el día tras día.

El teléfono móvil, árbol de la comunicación personal, está desarrollando un tupido ramaje de banalidades que demuestran la obsesión por matar el tiempo a cualquier precio y con cualquier artefacto.

Primero surgió en su torno el “selfie”, convertido en selfi por galanura de la lengua española, que es una autofoto pensada para “inmortalizar” la tensión hacia la sobreexposición pública que nos corroe (antes se llamaba exhibicionismo).

Luego apareció —es decir, se comercializó— el “palo” para selfie (conocido como monopod entre los autofoteros), porque la negligente naturaleza no había previsto en el ser humano un brazo suficientemente largo como para tomar una foto a distancia.

Ahora la magia ¿o manipulación? de la tecnología se ha sacado otro as de la manga.

Ha hecho brotar el “dronie”. Consiste, para que se conozca el fenómeno en toda su profundidad, en hacerse un “selfie” desde un dron., un artefacto volador controlado a distancia.

El interesado se compra un dron, que es más que un juguete y menos que una micro nave espacial, monta en él una cámara (ya muchos vienen con ella integrada) y puede autofotografiarse en un vuelo de picada, mientras maniobra con el dron, mirando al cielo.

¿Para qué? Pues es un misterio.

Un “dronie” es una chuchería del espíritu que, al igual que el “selfie”, revela el afán por contarlo todo de nosotros mismos, sobre todo cuando no hay nada que contar.

Podría tipificarse como síndrome del escaparate. Con un dron armado de cámara pueden conseguirse panorámicas aéreas que harían palidecer de envidia a Peter Jackson (El señor de los anillos); pero no añade nada más que una foto.

Es un extravagante lujo que se añade no porque se necesite, sino simplemente porque puede añadirse; es un juego de demostración que se agota en sí mismo.

Nada hay que oponer, faltaría más, a la explotación industrial de los mercados del dron y el selfie. Pero, ojo, mucho cuidado.

Sí hay que observar que el “dronie” puede proyectarse hacia algo más que un juego. El mal uso de drones con cámaras —ya hay denuncias y advertencias— puede constituir una amenaza para la intimidad.

Algunos los utilizan como los prismáticos o binoculares privilegiados para montar su propia ventana indiscreta. Espionaje y comadreo, arraigados en la naturaleza humana.

El consejo que se desprende de este juguete tecnológico es mirar con recelo lo que aparentemente es sólo esparcimiento de grabar con drones. Y más aún, reflexionar sobre la necesidad de pedir una regulación legal más definida al respecto.

Después de todo, es nuestra intimidad la que está en juego.

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