9 marzo, 2026

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Debates en puerta

Golpe a golpe
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Varios candidatos a diputados federales, han expresado públicamente su interés por el debate contemplado en la ley electoral.

Pero son los menos.

En cambio la mayoría rehúsa tocar el tema.

Y quienes lo abordan, pero tampoco animan el intercambio de ideas, aducen que hasta el momento las condiciones resultan inapropiadas, por la notoria desigualdad en cuanto a su posicionamiento distrital.

De cualquier forma es buen momento para aclarar que un debate es el encuentro entre pares (basado en la discusión y la controversia), cuyo propósito busca desde el inicio exhibir dos o más posiciones encontradas en torno a un tema, programa o conflicto.

El objetivo principal consiste en hacer que las partes antagónicas en ideología, doctrina, militancia política o posición social, de cara al público defiendan y/o critiquen (con argumentos consistentes) los supuestos que sustentan a través de la confrontación verbal. Pero esta vez, guiados por un moderador que se supone debe ser una persona neutral, equilibrada y profesional.

La importancia de la lid, estriba en acercar a la audiencia las formas distintas en que se concibe una realidad, permitiéndole asumir su propia postura tras reflexionar en torno a lo expuesto.

En este proceso electoral es indudable que el debate podría resultar un ejercicio saludable para nuestra incipiente democracia; sobre todo si se buscara una contienda altamente competitiva, donde los candidatos (en verdad) buscaran convencer al votante sobre la viabilidad y justeza de sus propuestas.

Sin embargo, creo pertinente aclarar que no todo debate es viable ni constructivo para los actores involucrados; o la sociedad que en menor o mayor nivel está pendiente de las diversas expresiones, manifestadas en torno suyo.

 

Encuentros estériles

Para que un debate pudiera concretarse exitosamente, primero debieran existir las condiciones propicias de equidad, en todos los aspectos.

Máxime cuando se pone en juego el destino de un país.

Es decir, antes de alentar una discusión pública de tal naturaleza, se requiere analizar si los personajes invitados son merecedores al debate y tienen similares posibilidades de triunfo en esta contienda; aparte de otro esencial atributo: haber dado muestra de responsabilidad, ecuanimidad y compromiso hacia la población que aspiran representar.

Consigno lo anterior, porque de nada valdría que se llevaran a cabo encuentros desiguales y estériles, donde algunos personajes exhibieran falta de trabajo político, credibilidad y propuestas sensatas, mientras que otros asomaran prendas totalmente opuestas, como se observa a una semana de haber iniciado las campañas proselitistas.

Entonces, resulta obvio que toda discusión pública, en torno a una problemática o proyecto, sólo sea admisible entre pares. Ello como un acto de elemental justicia, que además significaría para el espectador la posibilidad de enriquecer su percepción en torno a los adversarios y su capacidad.

 

Falta de cultura

En lo personal, convencido estoy que en todo México hay una incipiente cultura del debate; y cuando éste se ha dado, es porque el escenario se adapta a favor de intereses mezquinos y reaccionarios, que nada tienen que ver con el ejercicio de la democracia.

Por ejemplo, en esta etapa electoral, a diario vemos cómo al través del spot los monopolios televisivos aparentan pluralidad al dar entrada a los puntos de vista encontrados de dirigentes partidistas, las autoridades gubernamentales y los líderes de opinión, forzando así el debate, sin que esto traiga mayores beneficios a los destinatarios del mensaje.

Inclusive, los amos de la pantalla chica, al igual que los hombres del poder político tienen intereses y preferencias ideológicas que exhiben en forma implícita, al descalificar a quienes no comulguen con la visión que defienden, o no paguen en forma puntual sus servicios de imagen.

Por tanto, creo que las polémicas públicas, ya en forma abierta y/o directa, debieran realizarse cuando existan condiciones adecuadas y no haya posibilidad de que uno de los contendientes se monte en la fama de otro.

Ni puedan tergiversarse o manipularse las posturas encontradas.

Lo mejor, entonces, sería coadyuvar a que los ciudadanos eleven su capacidad de reflexión y análisis (en torno a los temas de interés público) de manera sistemática desde los lugares donde estudian, viven, trabajan y votan, mediante esquemas y propuestas serias, que frenen la tentación de aventureros, aprendices de brujo y falsos profetas, que suelen faltar a la verdad en toda oportunidad y sin el menor remordimiento ni pudor.

 

Debate doméstico

En los últimos días, aquí en Tamaulipas algunos candidatos priistas y de oposición al tricolor han insistido en montar debates donde participen los diez abanderados que (se supone) hay en cada uno de los ocho distritos electorales.

¡Vaya galimatías, de prosperar su intención!

Esto por razones obvias, pues ¿se imagina Usted, cuánto tiempo se ocuparía en cada sesión?

Inclusive programando sólo cinco intervenciones de minuto por cada candidato, réplicas, recesos y conclusiones.

Pero la autoridad electoral aún no decide si convoca a debatir.

Y menos ha sugerido dónde y cuándo serían esos ocho encuentros, como tampoco ha definido qué candidatos participarían, en el entendido de que es la única entidad oficial para organizarlos.

De cualquier forma, sé que la oposición, más que debates, lo que ya prepara son trampas mediáticas –como lo acostumbra en todo proceso–, mientras para los priistas favoritos (en este hándicap), estos choques les resultarían insulsos e inútiles, porque podrían convertirse en verdaderas ‘cenas de negros’, pues si algo distingue a sus pares es, precisamente, su baja proclividad a la confrontación.

Además, otro motivo por el que deben negarse a debatir, es que hay una evidente distancia en las preferencias electorales, como lo muestran las estadísticas más recientes.

No ocurre lo mismo desde luego en las demarcaciones distritales en que los abanderados del tricolor andan de capa caída.

De ahí que la postura del alto mando priista de mantenerse callado sobre la posibilidad de participar en debates, en lo particular, me parezca correcta.

Y más cuando sus candidatos de los distritos V y VI dialogan todos los días, libremente, con la sociedad, tanto en las ciudades como en el campo y con sus diferentes sectores, a fin de analizar la problemática en distintos rubros y tratar de alcanzar acuerdos para solucionar lo prioritario una vez instalados en el Palacio Legislativo de San Lázaro.

 

La decisión

Esta semana el Instituto Nacional Electoral (INE) podría precisar si habrá o no debates en los ocho distritos federales del estado.

Hay candidatos que los han solicitado abiertamente, pero, por ley, la decisión sólo toca tomarla al Consejo General.

De ahí que prevea que sí los habrá, aunque tampoco son forzosos.

Es decir, aun siendo convocados, ningún candidato estaría obligado a participar en la mesa de discusiones.

Así de simple.

 

Abstencionismo

La apatía ciudadana hacer pronosticar un marcado abstencionismo en la justa electoral para designar diputados federales.

Y sobre el tema se ha escrito mucho.

Pero son pocas las instituciones, incluidos los partidos políticos, que han profundizado en su análisis.

Menos suman quienes se preocupan en desterrarlo de los procesos electorales, merced al desconocimiento que tienen del fenómeno o porque simple y llanamente no les interesa despertar la participación política de las mayorías.

En su oportunidad, el ideólogo priista Jesús Reyes Heroles (q.e.p.d.) denunció:

“La abstención electoral no es un fenómeno peculiar de nuestro país, sino un fenómeno universal que en cierta medida señala la crisis de los partidos políticos en el mundo. Sobre todo en las naciones de régimen democrático… los jóvenes no votan, en muchos casos porque no creen que a través del voto puedan resolverse los que consideran problemas centrales y esenciales; porque creen que los partidos políticos son instrumentos de domesticación de la juventud, de incorporación de ésta a lo que llaman sistema establecido”.

Bajo el mismo contexto, se puede deducir que el abstencionista no sólo se priva a sí mismo de ejercitar un derecho, sino que priva a todo un país, una entidad o un distrito de esa prerrogativa; y les quita un elemento decisivo para su avance político.

Hay que tomar en cuenta, sin embargo, otros factores que igual contribuyen al abstencionismo, como la negativa de los candidatos a que se conozca su ideario político, y el hecho de que ante la falta de información adecuada los ciudadanos ignoren la propuesta de todos y cada uno de los contendientes en cualquier proceso electoral.

Esto por falta de comunicación.

O de plano por no hacer una campaña correcta.

 

Apatía estatal

En el plano estatal, el espectro del abstencionismo amenaza con manifestarse, como siempre; y es que la mayoría de los candidatos a diputados federales gastan más tiempo en agredir a sus pares y en presumir la ventaja que les dan encuestas mucha veces amañadas, que en lugar de proyectar campañas de proselitismo intensas que les permitan convencer al electorado de votar por ellos con base a propuestas ajenas a la frivolidad.

De ahí que hasta el ciudadano menos avezado esté convencido de que sólo tratan de utilizarlo para conseguir las posiciones anheladas –como se ha hecho costumbre–; y el poco interés que la población tiene para compenetrarse en el real significado de esta elección, donde no sólo están en juego las ocho diputaciones federales, sino el control de la Cámara baja.

 

Descontento ciudadano

“La abstención predominante tiene dos lecturas: 1) la apatía, y 2) el descontento”, cita un estudio de Manuel García Urrutia –experto en la materia–, quien así amplía su exposición:

“La abstención por indiferencia y apatía incluye a aquella que puede ser producto de la ignorancia, la falta de formación cívica, un impedimento técnico, físico o legal y/o una permanente conducta egoísta y de indiferencia hacia los asuntos sociales.

“La abstención por descontento tiene que ver con dos posturas. Una que se expresa con una actitud de malestar justificado en el argumento de no-participación porque todo sigue igual, nada cambia, y al final las opiniones, el esfuerzo, el voto, no son tomados en cuenta por las autoridades respectivas; siempre hay intereses superiores que no dejan que las iniciativas ciudadanas prosperen. Los políticos, después de ganar el voto se olvidan de la gente…”

 

Escenario

Ahora bien, ¿qué espera a Tamaulipas en junio próximo?

Obviamente un escenario con alto porcentaje de abstencionismo.

No sólo porque se trata de un proceso comicial intermedio, sino por existir además otras causas que hacen pensar que la abstención preponderante será por malestar y descontento, más que por apatía.

Es decir, una abstención razonada y política.

Al ahondar en su exposición, el estudioso del fenómeno dice:

“La mercadotecnia puede atraer eventualmente a los votantes a una causa bien vendida, pero al reconocer que no es lo que se ofreció la reacción puede ser contraproducente; el desencanto no sólo se expresará en el repudio hacia la fórmula política que se eligió o la muda de un partido, sino con algo más profundo: echará por la borda lo ganado en materia democrática.

“La gente quiere ver los resultados de su voto; simplemente que se cumplan las expectativas vendidas. Por eso la mercadotecnia no basta para vencer la abstención y generar un ciudadano informado, participativo y responsable”.

También advierte: “Cada día es más común escuchar a personas decir que votarán por el candidato menos malo, como una forma de evidenciar su inconformidad con las fórmulas partidarias; otras su voto lo tienen claro a partir de su convicción partidaria; eso que se da por llamar ‘el voto duro’.

“Sin embargo la mayoría de la sociedad no está en este supuesto y crecientemente el voto diferenciado, quizá como una forma pragmática de interpretar la política electoral, domina la intención ciudadana creando equilibrios frágiles y caprichosos en la correlación de fuerzas de los actores políticos, misma que tiene efectos en la gobernabilidad.

“Asimismo, el desánimo provocado por la alternancia que no ha permitido ver cambios sustanciales en la manera de hacer política y en la realidad cotidiana de la gente; la actitud beligerante y poco comprendida de los legisladores, más la crisis de los partidos por problemas de identidad y deficiencias en sus procesos para renovar dirigentes, todos con fallas lamentables, unos por fraudulentos, otros por excluyentes –que no permiten verlos como ejemplos congruentes de lo que proponen–, hacen percibir un cuadro poco halagador para la consolidación de una nueva cultura democrática.

“Estos tres fenómenos –el abuso de la mercadotecnia, la sensación ciudadana de que el voto no necesariamente está ligado a convicciones sino que se puede mudar y el desencanto de la expectativa que generó la alternancia–, influirán en el juicio, votando o no, que la sociedad aplique a conductas del gobierno y de los partidos y sus candidatos. Esto hace que cada elección los actores políticos tengan que avivarse y buscar ganar a un número cada vez más importante de electores volubles y pragmáticos, que son los que deciden.

“Cuando esta tarea no se realiza adecuadamente, entonces gana la abstención, todas las abstenciones, y se merma la legitimidad, la aceptación voluntaria del gobernante.”

 

Un fenómeno natural

Para el sociólogo José Antonio Crespo, el abstencionismo es un fenómeno natural porque a la mayor parte de la población no le interesa la política ni ésta va ligada a su quehacer cotidiano.

Sin embargo aclara: “Aunque en términos de legitimidad es preferible una copiosa asistencia a las urnas, se considera que quien voluntariamente desiste de su derecho a votar, por la razón que sea, automáticamente transfiere ese derecho a quien sí acepta ir a las urnas.

“Es decir, el derecho de los abstencionistas a elegir a sus gobernantes no es conculcado en ese caso, sino voluntariamente transferido a otros. Así, las democracias actuales pueden soportar, tanto en términos operativos como de legitimidad, un alto grado de abstención, siempre y cuando éste no sea abrumador. Difícilmente podría sostenerse en pie una democracia en la que sólo un 5% de la ciudadanía asistiera a las urnas”, dice.

Enseguida puntualiza: “El abstencionismo es hasta cierto punto natural. En realidad la mayoría de los ciudadanos en las democracias tiene pocas motivaciones para asistir a las urnas, incluso cuando el costo de hacerlo es menor. Por un lado, a la gran mayoría de los ciudadanos no les interesa la política como prioridad; otras actividades e intereses ocupan su atención antes que la política. La actividad política se verá, en ciertas condiciones, como un medio necesario y a veces inevitable para promover o defender los intereses ciudadanos en otros ámbitos, como la seguridad pública, el empleo, la educación, el ocio, la sanidad, el crecimiento económico, etcétera…”

 

Corolario

Como habrá podido observarse, el abstencionismo contiene muchas aristas que dificultan su estudio. Pero ello no impide que podamos alertar a las instituciones involucradas en esta justa electoral, a los candidatos y a los ciudadanos para enfrentar este fenómeno que tanto daña a Tamaulipas y a quienes en la entidad vivimos.

E-m@il:

jusam_gg@hotmail.com

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