Es de esas noticias que en forma extraña, pero lógica, se pueden definir como positiva y negativa.
Me refiero a la propuesta presentada la semana pasada por el Congreso del Estado sobre una iniciativa para reformar el Código Civil a fin de generar un nuevo modelo de divorcio, con el objetivo, dice textual el comunicado, de facilitar la separación de las parejas que así lo decidan.
El tema, me parece, tiene más miga del que se aprecia en la superficie y merece un reconocimiento para la grey legislativa tamaulipeca, por poner los pies en la tierra para abordar un problema que se ha convertido en los años cercanos en un verdadero dolor de cabeza.
¿Por qué considerar esa dualidad de percepciones sobre ese trámite civil?
Empezaré, si me permite, por el lado positivo.
Los motivos expuestos por el Congreso son irreprochables. Anular el contrato del matrimonio con el actual marco legal presenta innumerables inconvenientes y una pesada carga para los cónyuges, debido a sus efectos económicos, traumáticos y prolongados, hasta convertir en algunos casos a ese proceso en un verdadero infierno para sus protagonistas.
La enmienda principal en el juicio de su servidor, es eliminar la condición de señalar y comprobar la causa por la cual se solicita la separación. De aprobarse la nueva ley, bastará que uno de los cónyuges manifieste su voluntad de no continuar con la unión marital y sanseacabó.
Aplausos para los legisladores, entre los cuales debe haber más de tres experiencias de esa naturaleza. Tal vez por eso se espera aprobación unánime.
La contraparte oscura es obviamente, la preocupante.
Habrá quienes consideren que al aligerar ese procedimiento legal, el Congreso podría estar abriendo más puertas para socavar la institución del matrimonio, usualmente considerada la base de la familia, aunque en realidad no siempre sea así. Conozco familias felices y unidas sin que los padres hayan firmado un contrato y sé de otras que con todo y papeleo, viven un viacrucis. Padres e hijos.
En la opinión de quien escribe estas líneas, es abrumadoramente mejor el concluir dentro de la ley una relación tormentosa y amarga, que mantenerla amparada en la conservación de una supuesta buena imagen o en la creencia anquilosada y absurda de que seguir casados es lo mejor para los hijos.
E iré si me permite de nueva cuenta, más lejos.
Tal vez lluevan rayos y centellas de abogados y clérigos sobre esta columna por lo expuesto -se acabaría un próspero negocio- pero estoy convencido de que el contrato de matrimonio debe contar desde su origen con fecha de caducidad. El plazo puede ser un año, dos o tres, es lo de menos; lo importante es establecer un período de adaptación para la vida en pareja, que permita decidir en el tiempo convenido si les conviene a ambos o a uno de ellos permanecer legalmente unidos o mandar al cuerno a quien un día pensó le profesaría amor eterno. Si por fortuna encuentran juntos su paraíso privado, excelente. Si no, bastará esperar el día de expiración del compromiso.
Para terminar, una opinión final:
La verdad es que esa famosa frase en las bodas religiosas de “hasta que la muerte los separe” suena muy romántica, pero por esa letanía hay quienes han recurrido hasta a la desaparición de su cónyuge para sacar de sus vidas a su hombre, mujer o demonio.
Líbrenos Dios…
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