En las pozas nos refrescamos en la duras tardes de calor de la ciudad. Las pozas del San Marcos fueron la delicia de nuestra generación donde la dicha de gozar la juventud se envolvió en la pesca de «pachecas», que era las mojarras gordas que posteriormente, a la orilla del viejo rió, horneamos a leña. Delicia de cardenal que nos hacía sentirnos los príncipes del rió a calzón quitado como lagartijas untadas a las rocas.» Los pozos petroleros» eran los hoyos en secuencia a donde lanzamos la bola de tenis para colocarla en alguno de los hoyos que al caer, el compañero la agarraba para darnos y asi continuar el rol de tiros. Era sumamente emocionante tirar la bola y atinarle al hoyo, porque era un albur el sitio.
Los pozos de agua eran nuestras norias. Normal que los patios de casa contaban con su noria para el uso diario, desde cocinar y aseo, hasta lanzar piedras hasta el fondo para escuchar los ruidos y el sonar de las piedras en los muros, las norias eran parte del paisaje familiar, una belleza que nos hacía vivir.
Los laberintos nocturnos de las escondidas eran los juegos de nuestro erotismo primitivo, donde en rondas nos tuteábamos con nuestras amigas. Laberintos y escondites en el fuego juvenil. Pozo de la dicha nuestra niñez y juventud, laberintos no sólo para jugar sino para alimentar nuestros sueños.
Hacer pozo, cuando horas y horas esperamos a la novia en una esquina. Buscar un tiro natural en los barrancos era un juego peligroso. La Cueva del Indio por la loma, era un santuario de juegos retadores. Meterse a la cueva, fácil; pero salir, muy dificil en las capas de choy. Covachas que hicimos para jugar y descubrir.
Cuevas en las rocas donde no pocas veces nos topamos con signos rupestres. Hacer túneles en el choy, jugar en la arena al colocarla peligrosamente hasta el cuello eran las locuras que nuestras madres advertían con enojo. Gozar el agua de las pozos es diferente, es muy diferente a los que hacen túneles para escapar de la justicia, pero al fin laberintos de la existencia.




