Vuela el polvo en espirales, mientras los jugadores corren por el llano empapados de sudor. Por estos días, la canícula ladra en las calles hinchadas por la gravedad del verano, pero la fiebre de patear el balón, se aferra a las canchas perdidas de los contornos. Es la cultura de las masas, una especie de ritual, un templo a cielo abierto donde los explotados acuden para purificar sus pasiones.
Aquí, justo en estos pequeños lagos de tierra apisonada por las guerras del gol, salpicadas de fauls y de mentadas de madre, el pueblo desova sus tristezas cotidianas de la semana, y regresa a casa listo para seguir viviendo el otro juego…el de sus carencias.
En México, un país inseguro, donde muchos no pueden moverse para emprender una empresa por miedo a que alguien los amenace, donde el salario mínimo es cuestión de risa, y donde diez familias controlan la economía sin pagar impuestos, miles de niños sueñan con el futbol. Este deporte es la religión nacional.
Para practicarlo sólo se necesita un short adquirido en alguna pulga de barrio, una camiseta con palabras en inglés que nadie entiende y para nada importan, y tenis de medio uso. El resto, sólo es correr, mover las piernas con agilidad, saltar y disputar una pelota de cuero o de hule. Pelearla como si fuese la novia del callejón o como si estuviese de por medio la propia vida.
Después del sexo, considerado como un patrimonio fisiológico que nadie le puede arrebatar a la gente, y al cual aún no graban con impuestos, el otro distractor es el futbol y la televisión. Las sociedades deprimidas por las políticas erráticas e insultantes acuden a los estadios en manada. En torno a ellos existe toda una industria, un negocio perfectamente estructurado, dotado de normas, de autoridades, de jueces que suelen impartir una justicia futbolera, tan alejada de la realidad, como lo que prevalece en los juzgados y las agencias gubernamentales.
El Estado del futbol es tan poderoso o más aún, que el Vaticano, que la ONU o que cualquier potencia económica. Con la diferencia de que sus ejércitos no portan material bélico, sino que enardecen a la población del planeta desde las canchas. Sus súbditos no son acarreados, ni obligados a rendir pleitesía, porque lo que está en juego aquí, al menos en la superficie, son las emociones, los gritos y el desahogo. Es preferible enfrentar la violencia colectiva en los estadios, que frente a un palacio de gobierno.
Atrás de toda esa escena gloriosa y memorable, de genealogías romanas, se erige un mercado de ganancias multimillonarias. Una especie de cúpula, integrada por banqueros del balompié, y una burocracia dominante, que no escapa desde luego al paisaje de las potencias que definen el juego y el marcador del planeta. Son estas potencias las que podan las mafias de la patada. A nivel internacional, la llamada FIFA, muy pronto tendrá nuevos dirigentes. Ahí estará la mano de Estados Unidos, de Rusia, de Inglaterra y de algunos otros.
Y mientras esto ocurre, miles de niños y de jóvenes seguirán soñando con emular a sus ídolos del futbol. Porque dicho deporte, visto en su plenitud capitalista, es una mina de oro que colma de riquezas a aquellos que logran dominar al genio de la lámpara redonda, confeccionada de gajos. Las leyendas del balompié están llenas de niños pobres que un día se volvieron acaudalados.
La pregunta que todos nos hacemos, siempre que termina un partido, es si los resultados se apegan a la honestidad y ética de sus participantes. La respuesta es imposible de definir, en la medida que atrás de los jugadores, de los entrenadores y del árbitro, existe un sistema global, basado en la especulación capitalista y en las ganancias.
México ante Costa Rica y Panamá, se suman a la polémica del futbol. Quienes lo vemos como un juego, nos apasionamos; quienes lo ven como una empresa, simplemente toman lo suyo y lo ingresan a sus cuentas bancarias, sin distraerse en prejuicios morales o cualquier escrúpulo.
Cada vez más las cosas, parecen ser más burdas: se han roto las sutiles persianas de la diplomacia canchera. Y en su lugar, el futbol se ha desnudado en sus voraces apetitos, para quedar en un simple juego de transas y de arreglos: un triste circo de bandidos.
EL TURISMO DE NEGOCIOS DE MÓNICA, NO LE ENTENDÍ, PERO OJALÁ SEA PARA BIEN
Me llegó un comunicado, en el cual nuestra Secretaria de Desarrollo Económico, Mónica González García, habla sobre un tema denominado “Turismo de Negocios”. No explica gran cosa, ni nos dice de qué se trata, específicamente hablando. En mi calidad de tamaulipeco, y aunque no se me acredite como turista, yo también quisiera participar en esta actividad, lástima, porque aquí aún no hay condiciones de seguridad para hacerlo. En consecuencia, la pregunta es: ¿los turistas sí tendrán la suficiente seguridad para hacer negocios? Ojalá y sea para bien.




