18 enero, 2026

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Aquel 19 de septiembre

Polvo del camino

En el año de 1985 quien esto escribe coordinaba el Centro Cultural “José Martí” del departamento del DF ubicado en contra esquina de la Alameda Central, en el cruce de las avenidas Hidalgo y Balderas. Por obvias razones no pude llegar a mi trabajo el 19 de septiembre, sin embargo en el fallido intento testifiqué varias tragedias que todos estos años marcaron mi existencia, como el derrumbe del techo de una secundaria donde fallecieron varios alumnos, el infarto al que no sobrevivió un pobre hombre o la caída de un poste cuyos cables de alto voltaje victimaron a dos personas mayores de edad.

Una terrible tormenta se desató la noche anterior. Llamó la atención la forma inclinada en que caía la lluvia, por supuesto jamás imaginé lo que sucedería horas después cuando bastaron unos segundos contados a partir de las siete de la mañana con diez y nueve minutos, para colapsar la orgullosa capital de la república como resultado de la sacudida de 8.1 escala Ritcher.

Ahora 30 años después, a la distancia del imperdonable tiempo revivo el escenario de una ciudad semi-destruida donde debías caminar entre escombros y participar hasta donde fuera posible, de una real solidaridad humana conocida en toda su dimensión en aquellos difíciles momentos. No había llantos, ni resignación, solo la convicción social de salir adelante sin esperar la reacción oficial que llegó días después ya cuando el operativo civil había rebasado a las autoridades. Las crónicas han sido muchas y variadas y siempre conmueven y nos recuerdan que el poder de la naturaleza es inconmensurable.

Pero el impacto del día siguiente por la noche no fue menor. Por el rumbo donde vivía, en los límites de Iztapalapa y Coyoacán, aun no se restablecía la energía eléctrica, de manera que el columnista caminaba en silencio y entre fantasmas. No había palabras ni siquiera para el saludo. Fue en una de esas calles donde lo sorprendió la réplica del sismo anterior: de pronto se iluminó el cielo cual tormenta de rayos de color rojizo que chocaban y se multiplicaban y luego otra vez el vaivén del piso que no da tregua y obliga a flotar perdiendo el control del cuerpo y los sentidos. Quien haya vivido algo semejante estará de acuerdo en que es una terrorífica experiencia.

Pero no es todo, al lado mujeres que lloran con un llanto que va más allá de lo humano, como si esperaran el fin del mundo. Y se hincan elevando plegarias estremecedoras en tanto un infernal ruido recorre el subsuelo. Ha sido una de las tantas ocasiones en que he dicho, “ahora sí, hasta aquí llegué”. Hay que aceptarlo porque en esos momentos ni siquiera queda espacio ni tiempo para el miedo.

El día 20 no fue diferente en cuanto al caos y la confusión pero sí en relación con el columnista. Resulta que en el exterior del “José Martí” debía permanecer en espera del dictamen de los peritos que cuantificaban los daños. Una banca y la lectura obligada para el transcurrir de las horas. De pronto un tipo de traje obscuro con corte de pelo estilo de policía, sin duda lo era o había sido, que se acomoda en la misma banca y hace preguntas que al principio parecen inocentes con respuestas de mero trámite hasta que se descubren sus intenciones delictivas:

-¿Cómo está señor?
“Pues bien, dentro de lo que cabe”
-¿A qué se dedica?
“Trabajo en Acción Cultural del Departamento de DF…¿ y usted?.
-Pues aquí asaltando gente, ¿cómo ve?, así que no se mueva, ni pida auxilio porque lo mato.
Diciendo esto y mostrando un revólver fajado al cinto…trato de guardar el libro que recuerdo era el tomo primero de la serie “En busca del tiempo perdido” de Alan Proust.
-Muévase despacio. ¿Sabe que me pagaron 50 mil pesos para que lo matara?.
-Pues no, ¿a quién le puede interesar?.
“A fulano (el sujeto menciona un nombre desconocido) que trabaja en Educación, ¿lo conoce?”.
-No, ni idea de quien se trate.
Procuro tener calma, entiendo que el delincuente está nervioso y pareciera querer terminar cuanto antes.
-A ver, qué trae.

En realidad traía poco de valor: otro libro que no recuerdo el título de mi ex maestro en la UNAM Juan María Alponte, algo de dinero, un reloj de marca comercial, siendo lo más caro unos anteojos “Ray-Ban” que no hacía mucho había comprado y que se los entregué con todo el dolor de mi corazón. Sin embargo el individuo seguía terco en que le habían pagado para enviarme al otro mundo.

Algo debería hacer. Se me ocurre inventar un infarto…finjo dificultad para respirar, me oprimo el pecho y hago como que me desvanezco. El delincuente se asusta.

-Espere, espere, tranquilo…le voy a dejar libre la banca para que se recueste.

Y se pone de pie pero no se va. Por mi parte persiste el temor de que me haga daño. Unos minutos después decide:

-Lo voy a acompañar al metro (estación Hidalgo a unos pasos) para que se vaya a su casa.

Creo que dio resultado la estrategia de hacerme el enfermo. Va conmigo, ingresamos a los andenes y tomo el primer tren que llega mientras el sujeto vigila que efectivamente me vaya, pero algo pasa que las puertas permanecen abiertas. Transcurren algunos minutos que son eternos hasta que por fin se cierran. El asaltante estira el cuello para comprobar que ahí estoy, es cuando aprovecho, me acerco a una ventana y le grito, “¡chinga a tu madre!”.

Y hasta la próxima.

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