De nuevo sobre las cobijas. Envueltos como muñecos de sololoy, este frío nos hace tapaditos como billetes de lotería. Un frío violento y norteño que primero aterriza en sol y después es una barra de hielo en las patas y en las manos.
Es cuando uno quiere lana, pero lana virgen, para que se entretenga el cuerpo. Porque hay lana, pero no toda es caliente como la pura lana virgen que es de marca,
Las cobijas de diciembre ya pasaron y las de enero están que revientan de ácaros pero las tenemos que bailar de nuevo. Lo he dicho, la mejor cobija es la del sol como apuntaba el filósofo michoacano, de «que favor le debo al sol por haberme calentado» de José Rubén Romero.
Pero la segunda cobija es la vieja. Una vieja buena y santa. Y la tercera otra vieja, aunque a la edad terciaria es de paga, o al menos de todos ponen como la perinola.
Cobijas de algodón no son muy buenas, no hay como las de lana y con lana mejor.
Una querida vecina nuestra que ya mordió el polvo, guardaba en colchón y cobijas todos sus sueldos de maestra pensionada. Vivió toda su vida con austeridad. Cuando murió, sus sobrinos se fueron sobres y encontraron mucha lana en sus colchones, sus dos colchones y en sus colchonetas. Dinero inservible pues ya había caducado por tantos años de espera.
Por eso una vieja hay que usarla. Ya de polvera, ya de cobija, pero hay que usarla. El frío invita a usar a las viejas colchas empalmadas. Dobles, para que el frío no rebane los cayetanos.
Yo la pongo doble, y el frío me hace los mandados. Duermo caliente y calientito, de lo mejor. El doblaje es lo mejor, se goza mejor, pero hay que tener resistencia.




