Sea usted católico o no, nos encontramos con un hombre encantador. Un fiel cristiano que lleva el Evangelio en el corazón de un poeta.
Comprometido por este tiempo convulsionado entre la violencia y la paz. seducido por el encanto de los mexicanos, el Papa Francisco es un poeta que cree en los sueños, los sueños tangibles del trabajo y la fe. Son palabras de esperanza en un país de palabras cansadas por los políticos, por la avaricia y el poder.
Alguna vez escribí que muchos pudientes eran «bendecidos a espaldas a Dios».
Me refería a una iglesia inclinada a la balanza de los poderosos que compran los parabienes espirituales con el dinero y la explotación.
El Santo Padre ha hablado de los encantos de la fe, los encantos de los sueños que construyen al mundo. Ante miles de jóvenes en el estadio de futbol de Morelia, Michoacán, el papa Francisco escuchó las voces de millares de jóvenes que vertebran la esperanza de un mañana mejor. Emocionado ante los cuatros jóvenes que aludieron a los problemas que vive México, el Santo Padre, asume la voz de esos jóvenes en sus emociones y sinceridad. Cedió al encanto de la palabra del poeta universal; Jesucristo, camino único a la reivindicatoria humana.
A lo largo del país, en un mano cadena que se fortalece por la luz que vislumbra a este hombre diferente a muchos, pasa alejados de los pobres y una iglesia olvidada de sus deberes primeros de llevar el Evangelio arriba o abajo, con la misma palabra sincera y crítica para todos.
Poeta por su lenguaje que revela a un lector pródigo de ideas, el buen Jesuita nos ha enseñado en su modestia y encanto la imagen cristiana para este tiempo, para un país como México que tanto lo necesita. Para miles de muchachos y muchachos, vértice de la flecha de Dios que ilumina al mundo.
Sus palabras ante la Guadalupana fueron las de un poeta encendido por la justicia y el amor por los semejantes.




