Comenzaba Margarita Michelena en un poema memorable; «Hoy no ha pasado nada en la ciudad..».
El silencio callado en los muros de las calles y los edificios públicos.
El silencio del silencio como si de pronto la ciudad hubiera quedado encantada.
El silencio que se contrae y se aviva, el silencio en el concreto de las avenidas.
El silencio del silencio entre las decenas de butacas de los cines y parques.
El silencio del cine mudo, de hablar en silencio, de cantar en silencio, de rezar en silencio.
El silencio que asciende por las rejas y balcones, el silencio remora que se cuela en los orificios de las puertas y en las ventanas se anida.
Silencio, el silencio vivo en las cornisas, en las grietas, en los postigos, en las banquetas. El silencio de los que hablan callados y de los que son callados por el silencio.
El silencio es la personalidad oscura que gravita en las bocas mudas.
El silencio es ovíparo pero sin güevos.
El silencio es poesía y se hace poesía en las venas.
El silencio de los rostros, de los niños que juegan, de la pasividad de la plaza, el silencio seco, calorífico.
Dice el tango; «silencio en la noche el músculo duerme y la emoción despierta».
El silencio es la partitura de la poesía y la música, del silencio nacen las canciones.
Del silencio la vida vive.
El silencio es el conquistador de los sueños y a veces el silencio es una pesadilla.
Silencio en la ciudad y en las ciudades con unas lámparas que pestañean como si fueran lámparas nauseabundas y llenas de melancolía. Tal vez de tristeza.




