Una de las prácticas más aberrantes de la política, específicamente en tiempos electorales, parece estar en vías de extinción. Y curiosamente, ese proceso vincula de alguna manera a Estados Unidos con Tamaulipas.
Me refiero a la llamada guerra de lodo entre partidos y candidatos, con sus intercambios de basura, carga de insultos, golpes bajos, exhibicionismos de la vida privada, denuncias sobre enriquecimientos sospechosos y todo aquello que pueda sembrar dudas en los votantes sobre la honorabilidad de los participantes en esas lides.
¿Por qué une lo anterior a nuestro Estado con el vecino país del norte?
Si me permite, le expongo mi percepción al respecto.
Tras el debate entre los aspirantes Hillary Clinton y Donald Trump, una abrumadora mayoría consideró ganadora de ese encuentro a la dama, pese a la lluvia de deslegitimaciones intestinales vertidas por el republicano sobre la demócrata, tónica que desde el principio de esta campaña ha asumido el magnate del copete. Y como se ve, sin resultados positivos para él, porque en lugar de depreciar la imagen de la señora, la convirtió en víctima y la revaloró. Ahora Hillary avanza más rápido hacia la Presidencia de Estados Unidos.
Así, la semejanza con Tamaulipas se da con lo sucedido en la reciente campaña por la gubernatura.
También en el Estado, el PRI se nutrió en su vieja escuela y concentró la búsqueda del voto en los ataques a su contrincante, del PAN. Proliferaron acusaciones, denuncias, supuestas pruebas de irregularidades y otras acciones similares en el intento de desvirtuar la imagen del adversario. Tampoco este partido logró ese objetivo y al igual que ahora le pasa a Trump, polarizó más simpatías hacia quien a la postre resultó ganador, al convertirlo sus antagonistas precisamente en lo mismo que a Clinton: en víctima.
Lo anterior, en mi opinión, marca la necesidad para todos los partidos de recuperar el derrotero original de las campañas y en lugar de los infamantes fuegos cruzados de inmundicia, restablecer la oferta de valores, capacidad y voluntad de servicio, que antaño era lo que prendía luces de esperanza sobre los candidatos.
Sucedió algo similar en Veracruz, donde también se atiborró de lodo a quien emergió como triunfador –otro panista– en la búsqueda de la gubernatura. Sucedió también antes en los comicios de Nuevo León para el relevo del Ejecutivo, en donde el candidato independiente quedó en calidad de palo de gallinero y sin embargo fue el triunfador.
Ojalá que en Tamaulipas se entienda esta lección.
Ojalá que en todo el país lo entiendan también.
Si no lo ven, si no comprenden este repudio popular a la política de alcantarilla, en el 2018 veremos como presidente de la República al aspirante más denostado hasta ahora: A Andrés Manuel López Obrador.
Como asienta una frase coloquial: Echense ese trompito a la uña…
¿Hombre de valor?
Debo reconocer el valor mostrado por el todavía Procurador General de Justicia del Estado, Ismael Quintanilla Acosta.
Pero no se equivoque. No me refiero al arrojo en el cumplimiento de su deber, sino a la temeridad, pese a las enormes sospechas sobre él –y quizás también investigaciones– de atreverse a sentarse en la misma mesa con autoridades de la Procuraduría General de la República y de la Policía Federal, en el homenaje rendido ayer por la sociedad civil de
Tamaulipas a las fuerzas armadas, por su apoyo contra la inseguridad.
Una explicación puede servir para entender la osadía de Quintanilla:
Traía en la bolsa un amparo…
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