No es lo mismo ser oposición, tampoco aprovechar las campañas electorales para criticar al gobierno y ofrecer a las familias pobres mejores condiciones de vida, que gobernar. Los dos primeros generan simpatías y aplausos, el tercero, en cambio, molestias, desacuerdos e inconformidades.
Dos hechos del régimen del gobernador Francisco Javier García Cabeza De Vaca lo han opuesto de manifiesto en los últimos dos meses: la promesa de que se eliminaría el impuesto de la tenencia o uso vehicular que no se podrá cumplir de inmediato, como se esperaba, sino gradualmente, y el anuncio de que aumentará del 2 al 3 por ciento al impuesto sobre la nómina.
El rechazo a ambos, pero especialmente el originado al alza del ISN ha obligado al propio jefe del ejecutivo estatal y el Secretario de Desarrollo Económico, Carlos Talancon Ostos, a explicar a los empresarios y comerciantes que se oponen a la la disposición, que los recursos generados por el gravamen ayudarán a mejorar la seguridad, los programas de salud, educación y asistencia alimentaria.
¿Los convencerá?
Yo pienso que no, aunque el riesgo es que, si los tamaulipecos no ven pronto resultados positivos tangibles de la aplicación de esta última contribución fiscal, el malestar se va a reflejar en los comicios del 2018.
Ese es el costo político que tendrá que sortear dentro de dos años el primer mandatario de la alternancia y el PAN.
La que también dio pie a criticas fue la presidente interina del PRI, Aida Zulema Flores Peña. La causa, afirmar que los priistas que han abandonado recientemente las filas del partido político no lo hicieron por razones ideológicas o políticas, sino sólo por temor a perder la chamba, que, a menos acá en el sur, ocasionaron risas ya que les pareció un argumento infantil porque eso no ocurre ni siquiera entre los trabajadores de confianza.
Los funcionarios públicos de todos niveles han comprobado que cambiar de camiseta o separarse del partido en el que militan no los salva de ser desconectados del presupuesto.
La experiencia demuestra que cuando una persona abandona un partido para irse a otro lo hace generalmente por resentimiento y en un arrebato para cobrarle la factura a aquellos que no accedieron a sus exigencia y pretensiones.
Nadie cree, por ejemplo que Américo Villarreal Anaya, hijo del ex gobernador Américo Villarreal Guerra, haya resuelto dejar el Revolucionario Institucional sólo para que el gobierno del Estado lo deje seguir al frente de la Subsecretaría de Salud, mucho menos para irse a MORENA, como lo hizo también el ex candidato a diputado Eduardo Gáttas Báez, en el que, a diferencia del ex partido de la Revolución y el de Acción Nacional, el dinero no abunda.
Aida Zulema lo sabe, los priistas que han emigrado al partido de Andrés Manuel López Obrador o al blanquiazul lo han hecho, unos porque ya estaban hartos de que el partido siguiera en manos de los mismos de siempre, si no que le pregunten a la alcaldesa de Altamira Alma Laura Amparan Cruz, a los diputados Ciro Hernández Arteaga y Víctor Meraz Padrón y a los miles de militantes de los 43 municipios de la entidad que acudieron a las urnas el 5 de junio para llevar a la gubernatura al ex alcalde de Reynosa.
Otros porque seguramente temen que el ex invencible vaya a desfondarse en la elección presidencial y no quieren quedarse en la orfandad política en caso de que, como piensan la mayoría de los analistas, el partido que aún gobierna México perdiera la presidencia de la República y la mayoría de los asientos del Congreso de la Unión en los comicios federales del cada vez más cercano 2018.
Sin embargo, el show político que acaparó la atención ayer fue el duelo de cebollazos e intercambio de elogios que protagonizaron el alcalde de Panuco, Ricardo García Escalante, que fue ensalzado y calificado como un jefe edilicio sin igual por su hermano el diputado Rodrigo García Escalante y el senador Fernando Yunes Márquez, invitado especial a la ceremonia, al término del tercer y último informe de gobierno del munícipe panuquense.
Sólo faltó que otros asistentes al evento se sumaran al empalague para transformar el acto en un culto a la adulación, la lisonja y la alabanza desmedidos, aderezados con exceso de miel e incienso.
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