¿Usted es de los que piensan que el ganador de la elección presidencial del 2018 será Andrés Manuel López Obrador?
No es nada raro. A su servidor también le parece que en condiciones apegadas a la ley, ese destino para Los Pinos tiene tintes de historia escrita adelantada. Pero insisto: en esas condiciones.
¿Por qué insistir en un escenario de esa naturaleza como condición?
La verdad es que veo avejentado sí, pero demasiado tranquilo y optimista, al presidente Enrique Peña Nieto –el primer priísta de México como dicen en ese partido– y veo demasiado triunfalista a Ricardo Anaya, el dirigente de Acción Nacional.
Frente a una ola de encuestas y mediciones de tendencias preelectorales que un día le anticipan el triunfo a Andrés Manuel y al día siguiente también, no advierto atisbos de preocupación en ambos. Pareciera que sus respectivas casas políticas se preparan para un día de campo idílico, cuando un oso grizzly merodea alrededor de ellos.
No sé exactamente qué es o qué pueda ser lo que se cocina en los sótanos de la intriga y la maquinación, pero los primeros pasos dados hasta ahora para jalarle la alfombra a López Obrador no son ocurrencias sobre las rodillas. Le diré el porqué de esta percepción.
Tanto el PRI como el PAN tienen la convicción de que el tabasqueño se ha convertido en un fenómeno al cual sólo una catástrofe le bajaría de la nube celestial en la que se mueve. Lo que digan en su contra en forma personal o lo que le exhiban en sus acciones no tiene mayor credibilidad, porque lo han golpeado tanto que desde hace un buen tiempo disfruta de una vacuna social que casi lo hace inmune a los ataques, aunque en algunos casos sean reales los señalamientos.
Esa certeza ha girado el timón de priístas y panistas, que en lo oscurito tienen enfiladas su artillería a los puntos débiles de AMLO: sus colaboradores.
Por afecto, costumbre y quizás ¿por qué no? hasta por sociedades sospechosas, Andrés Manuel se ha rodeado de una fauna en donde abundan corruptos, traidores, traficantes de influencias y depredadores presupuestales.
Son los pies de El Peje. Las primeras andanadas –ya conoce usted nombres y apellidos de varios pillastres cercanos– muestran que ese es el blanco que se debe minar porque sin ellos le será muy difícil avanzar más. Si los desecha López Obrador se empantanará y si los conserva se convertirá en su cómplice.
Puede estar seguro. Todo un andamiaje en el cual colaboran panistas y priístas está en operación para vigilar, indagar y recolectar pruebas de las
andanzas de esos lobos disfrazados de corderos. En los días y meses siguientes lo más probable es que conoceremos más lodo de ese círculo.
Así, un viejo consejo de los entrenadores boxísticos a sus pupilos cobra vigencia en la política nacional, cuando de acabar al rival se trata:
Mata el cuerpo; la cabeza muere sola…
La herencia
Duró poco, pero su huella perdurará por un largo tiempo. Y lamentablemente no es para celebrarlo.
Me refiero al paso de Lydia Madero en la Secretaría de Salud del Estado, que dejó secuelas negativas que en algunos casos alcanzan niveles dramáticos, como es el caso de renglones tan básicos como el abasto de algunos medicamentos.
Ayer, de acuerdo a la denuncia hecha pública por la Sección 17 del SUTSPET, en los hospitales Civil y General de Ciudad Victoria afloró este añejo problema, que alcanzó a productos tan básicos como el paracetamol, uno de los más utilizados en el tratamiento del dolor. Simplemente se acabó.
La herencia de Lydia en esa área es para sufrir insomnio en esa Secretaría: Un mar de complicaciones con enfermeras, con médicos, con proveedores y con el programa de remodelación y modernización de la estructura hospitalaria.
Ahora, su sucesora tiene una paradójica encomienda: sanar lo que “curó” la señora Madero…
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