24 enero, 2026

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Cine Avenida, una historia de película

El cine que nació en 1958 alberga en su cascarón mil butacas, donde miles de victorenses, rieron, lloraron y se emocionaron durante décadas; hoy se cae a pedazos

CIUDAD VICTORIA, Tamaulipas.- Al grito de «¡Cácaro!… ¡deja la botella!»… «¡Despierta cácaro!», le siguen los silbidos y abucheos.

Es 1974 y los casi mil afortunados que alcanzaron boleto para ver el estreno de «El Avispón Verde», están desesperados porque ya empiece la película.

Hicieron fila un buen rato, estuvieron formados desde la puerta principal del Cine Avenida y la ‘cola’ llegó hasta la Calle Bravo y todavía daba vuelta.

Nadie se quería perder la actuación del sensacional Bruce Lee interpretando a ‘Kato’, todos estaban seguros que los dos pesos que pagaron por el boleto, valdría cada centavo ver al maestro de las artes marciales en una aventura más y qué mejor que en la pantalla grande y a todo color.

Antes de llegar al sitio donde verían la película tan esperada, muchos hicieron escala en la Dulcería, con palomitas y refresco, no gastaban más de tres pesos y era todo lo necesario para pasar una tarde inolvidable.

Adentro de la sala, la espera se aligeraba gracias al moderno aire acondicionado con el que cuenta este cine que compite con el Juárez y el Alameda, todos ellos en el centro de la apacible Ciudad Victoria, que en aquel entonces se enamoraba con canciones de Julio Iglesias y Leo Dan.

Y por supuesto que «el cácaro» no estaba ni dormido, ni mucho menos tomado, a don Agapito Infante Castillo lo caracterizaba una puntualidad inglesa, siempre oportuno como el mismísimo «Avispón Verde» cuando se trataba de combatir a los enemigos; el operador del enorme proyector Peerles de fabricación estadounidense que salió al mercado en 1928 y llegó a Victoria justamente 30 años después, para la inauguración del Cine Avenida en 1958.

Pedro Pérez era el Kato de don Agapito, un hombre siempre presto para lo que se necesitara en la cabina de proyección, cambiar el carrete, rebobinar, guardarlo en su estuche y hasta para poner a andar el segundo proyector y no se interrumpiera la función que dieran paso a los clásicos reclamos a quienes descamisados y sudorosos, trabajaban en aquel reducido espacio donde las lámparas aumentaban la temperatura del sitio.

Casi dos horas después de emociones, gritos y uno que otro arrumaco auspiciado por la oscuridad de la sala, se vuelven a encender las luces y en la enorme pantalla aparece la palabra «FIN».

Para los cinéfilos es hora de regresar a casa, a pie desde el 17 Allende hasta donde se tenga que ir, al fin y al cabo que la ciudad es tranquila y en el camino se platicarán las escenas más emocionantes, los golpes más espectaculares y patadas voladoras que dio Bruce Lee bajo el antifaz del increíble Kato.

En la sala Doña Armida y Don Arcadio, don José Cárdenas Cáceres, hacen el cierre respectivo, también el corte de caja, revisan que todo esté en orden, mientras que «El Tomate», junto a dos de sus amigos, empiezan la titánica labor de limpiar la sala, que deberá lucir reluciente pues al día siguiente volverán familias enteras, la palomilla del barrio y las parejitas a ver de nuevo una película. Es misión cumplida.

Fueron décadas enteras de entretenimiento, desde aquel 1 de enero de 1958 cuando la familia Chagnón abriera las puertas del imponente cine que marcó época en nuestra ciudad.

Desde Luis Aguilar, Javier Solís, Antonio Aguilar, Cantinflas, Viruta y Capulina, Resortes, Clavillazo, Pedrito Fernández, Sasha Montenegro, Ana Luisa Peluffo, Chabelo, El Santo, Rafael Inclán, Polo Polo, todos ellos desfilaron por la monumental pantalla del Avenida; también cantantes que arrancaron suspiros en sus intentos de ser actores, como el mismo Julio Iglesias y Leo Dan que dieron el brinco al séptimo arte, además de las ahora consolidadas estrellas de Hollywood en su incipiente carrera.

Grandes y chicos, obreros y comerciantes, boleros y licenciados, comunistas y socialistas, se mezclaban en el embutacado aquel donde no había distinciones, donde la oscuridad disimulaba cualquier rasgo que distinguiera clase social, religión o ideología política; cuando las primeras imágenes se proyectaban sobre el lienzo blanco el mundo dejaba de existir, sólo importaba lo que por los ojos entrara.

Y es que el cine fue el entretenimiento más barato durante casi treinta años en Ciudad Victoria, días de precio especial donde el costo para entrar era de uno o dos pesos y lo mejor de todo es que era permanencia voluntaria, hasta tres películas por el mismo boleto, aunque no faltaba el vivo que sólo iba a ‘gorrear’ el aire acondicionado y terminaba dando tremendos ronquidos que ni la película dejaba ver. Aunque para eso y para revisar que ningún chamaco calenturiento hubiera entrado sin ser sorprendido a ver una película inapropiada para su edad, estaba siempre atento el señor Menchaca, inspector de espectáculos del Municipio que rápidamente ponía orden.

El Cine Avenida vivió casi 35 años un romance con los victorenses, desde el estreno de grandes cintas que provocaban largas filas que se prolongaban hasta dos cuadras, así como aquel dramático momento cuando se estrenó El Patrullero 777 de Cantinflas, donde la gente ya quería entrar y por accidente se rompió un cristal de la puerta que terminó hiriendo a varias personas.

La agonía empezó a llegar en los últimos años de la década de los 80’s con el auge de las videocaseteras y sobre todo la llegada del primer Videocentro a Victoria que pegó duro a los cines.

Tuvo que cerrar sus puertas a finales de 1991 y de forma abrupta, a grado tal que nada de lo que ahí se encontraba fue retirado. Hasta los pósters que anunciaban la película norteamericana «Bingo» y Pelo Suelto de Gloria Trevi, lucieron en la cartelera durante más de diez años, decolorados por el sol y el paso del tiempo.

Apenas el jueves Expreso estuvo ahí; entre polvo y basura, viejos carteles de películas eróticas, sobre todo italianas; algunas mexicanas aún de la «época de oro» en blanco y negro, pero ya nada es como antes.

Una ventana quebrada da la facilidad de ingresar, aunque ahora ya no a ver películas, sino a husmear que ha hecho el tiempo con esta imponente construcción; la nostalgia invade al recorrer el lobby y pisar las fotos de aquellos grandes artistas que provocaban largas filas para ver sus películas.

La inmensa sala sigue oscura, pero ya no espera que se encienda el proyector, es como la oscuridad que debe existir dentro de un ataúd, pues aunque está lleno de butacas se siente vacío, aunque durante años se escucharon carcajadas y gritos de emoción, hoy ni siquiera resuena el eco… el techo se está cayendo y unos rayos del sol alcanzan a entrar para iluminar un poco el sitio.

Los proyectores de Don Agapito ahí están, pero son esqueletos nada más, auténticas reliquias sin los rollos de celuloide en su interior; unas latas de refresco y bolsas de fritura las rellenan, también sirve de nido para unas arañas que la hicieron su casa.

Y la pantalla, aquella gran pantalla hoy parece avergonzada pues solo trizas cuelgan desde lo alto; los pedazos de tela parecen lágrimas de un rostro que extraña ver en ese lienzo a quienes arrancaban sonrisas y suspiros, a Alain Delon o Roger Moore, a la India María o Cantinflas, a Luis Aguilar o Vicente Fernández… de eso ya nada queda, hace 25 años, esa pantalla dejó de ver de frente a los victorenses y sí, puede que esté triste porque al parecer a ella nadie la extraña.

El edificio que heredó don José Sulaimán Chagnón, está en el olvido; su familia sólo volvió a Victoria para decirles que Don Pepe había muerto, prometieron regresar para ver qué se hacía con el, si reactivar el cine, hacer un museo, un gimnasio de box, parecía muy prometedor, pero la realidad es que nada ha pasado, se convirtió en escondite de maleantes y hasta motel de paso.

Mientras el olvido de quienes pueden hacer algo por el, la nostalgia y la memoria de los victorenses reclaman valorar este lugar que atesora grandes recuerdos de una juventud e infancia que se fue y no volverá, esa que se vivió sentado desde una de las butacas del majestuoso Cine Avenida.

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