CIUDAD VICTORIA, Tamaulipas.- Ser policía no es fácil, y en Tamaulipas con mayor razón. Es tan fuerte el clamor de paz en este estado que la necesidad de uniformados nunca acaba.
La profesión de guardián del orden no es un oficio cualquiera: demanda convicción, valores y arrojo.
El Caminante a lo largo de su jornada se encuentra cada seis u ocho cuadras con una patrulla vigilando el entorno. La estampa no es ajena para casi nadie que vive en esta ciudad capital.
Desde hace años los victorenses se acostumbraron a ver a las fuerzas federales, y más recientemente estatales en las arterias de la urbe.
Patrullas van… patrullas vienen con sus protagonistas en traje negro, botas tácticas, pasamontañas y lentes oscuros.
Los detractores, que siempre hay, se empeñan en estigmatizarlos negativamente a todos. Pero la verdad es que en león no es como lo pintan: muchos no son ‘blancas palomitas’, no todos son el mismísimo diablo como es que los describen.
Detrás del uniforme hay padres, madres, hijos, hijas, hermanas y sobrinos que decidieron literalmente jugarse el pellejo en el nombre de la seguridad.
Existe el policía estatal que no solo tiene que ir bien agarrado de los tubos de la patrulla observando cualquier posible amenaza que pueda generar violencia, los hay quienes en su cabeza también están pensando en la graduación de su hijo, la enfermedad de su bebé y el dinero que hay que enviarle a su esposa (o esposo) en casa.
Para algunos el día que les dan libre no es suficiente para descansar o realizar trámites tan simples como obtener un acta de nacimiento, tomarse un juego de fotografías tamaño infantil o acudir a pagar el recibo del agua y solicitar alguna aclaración. Si se es foráneo la cosa se complica aún más. Viajar a casa en algún otro municipio consume preciado tiempo.
Otro de los asuntos que ocupa su mente es el tema del dinero ¿Por qué? Porque si son oriundos de algún municipio lejano como Miguel Alemán, Altamira o Díaz Ordaz y trabajan en Victoria considerados como avecindados en la ciudad, no reciben el apoyo de los viáticos y son más de 3 mil pesos destinados a la manutención que tienen que salir de su bolsa.
Pero no sólo el prejuicio de la población y las carencias juegan en contra a los policías estatales. Como en casi cualquier organismo público la burocracia le cierra el paso al sacar algún permiso o solicitar un beneficio contractual.
Este es el caso de Chema, que tiene a un familiar postrado en cama, y que necesita estar constantemente comunicándose a su casa para cualquier eventualidad. Hace tiempo Chema tramitó una permuta, se encontraba laborando en la frontera y buscó la manera de moverse al centro del estado. Pero por alguna razón, en vez de llegar al municipio pactado fue puesto en activo en Ciudad Victoria. Ahora no sólo sigue lejos de su familia, sino que le fueron retirados los viáticos y sus recursos se diluyen en pagar renta y ‘la botana’.
“Es muy frustrante que cuando uno pide algo de comprensión a los niveles superiores, en vez de echarnos la mano hacen completamente lo contrario, yo ahora sigo lejos de casa y con más presiones económicas, la salud de mi familiar se agrava y no puedo ni apoyar con lana, ni estar presente” opinó el policía.
Esta situación se agrava cuando de repente se suspenden los descansos como sucederá en las fechas próximas a la elección del siguiente fin de semana.
El problema se agrava si el elemento al no ver que progresa su petición pide informes en un nivel arriba (en pocas palabras se brinca a su inmediato superior) pues se expone a posibles represalias.
Como muchos de los policías estatales en activo, en su juventud perteneció Chema a la milicia y fue precisamente ahí donde adquirió el temple para dedicarse a esta profesión. El entrenamiento rudo y constante le forjaron no sólo los músculos y destreza con las armas, sino la convicción de servir a sus semejantes.
Pero Chema, como cualquier humano siente tristeza, frustración y coraje cuando sus mismos compañeros meten grilla o “zancadilla” con chismes y transas que le perjudican y lo pueden llegar a bloquear. A veces el ánimo se va a los suelos.
Total que la guerra que se libra contra la inseguridad se libra en tres frentes: el prejuicio de la población, las necesidades atoradas por la burocracia y la lucha contra los bandidos.
De esto último, Chema evade hablar, porque ha participado en más de un enfrentamiento y ha visto a compañeros caer en el cumplimiento de su deber. Su dolor es comprensible.
Vicky tiene apenas un año dentro de la fuerza. Cuando le comunicó a su familia su intención de ser policía estatal pusieron el “grito en el cielo”. Joven (actualmente “en sus
veintes”) y poseedora de una notable belleza, se ha enfrentado a un obstáculo extra: la discriminación por ser mujer. Muchos fueron los que en su afán de desmotivarla de pertenecer a la corporación le pronosticaron el fracaso. Hoy a dos años de estar en la línea de fuego puede presumir de lo que escuchamos muy a menudo: la mujer puede hacer las mismas tareas que un varón e incluso con mayor eficiencia.
“A mí nadie me obligó a entrar a la policía, yo vine por mi propio pie y por mi propio gusto… yo no fui empujada por la necesidad, estoy aquí porque creo que es mi deber”, afirma Vicky.
La uniformada terminó la carrera de Leyes, pero no se ha titulado pero confía en que muy pronto pueda hacerlo.
Para Vicky ser policía estatal es mucho más que ir contra la delincuencia y prevenir el delito con labores de vigilancia: es demostrar la igualdad de género.
“Cuando me empezaron a decir que este trabajo no era para mujeres, me molesté mucho y como soy bien terca, me dije, les voy a comprobar en su propia jeta que están equivocados…
y mírame, ya dos años y sin ninguna llamada de atención ni un rasguño ni nada”, afirma con una sonrisa de oreja a oreja.
Los policías estatales tienen que seguir con sus labores lo que resta del día, sin embargo nunca están completamente seguros de lo que les depara el destino, tal vez a la vuelta de la esquina les toque un “topón” o un enfrentamiento, una persecución o ser asignados a algún punto en específico para desempeñar tareas de vigilancia. De lo que sí están seguros es que la chamba es riesgosa y a veces un poco frustrante por no tener el 100% de apoyo de los ciudadanos o de los compañeros burócratas o de niveles superiores.
Aún asi se dicen optimistas de que todo puede mejorar y que tarde o temprano se darán cuenta de que para ellos es de suma importancia trabajar con la mente despejada y sin preocupaciones y sin que les regateen el apoyo.
El Caminante se despide de los uniformados que tienen que continuar su chamba con las pilas bien puestas y en una fina coordinación. La patrulla se aleja y las luces destellantes de la torreta iluminan la avenida. Se les desea buena suerte. Demasiada pata de perro por este día.




