Hay quince tamaulipecos que hace tres años decidieron olvidarse definitivamente del terruño. Se fueron a disfrutar de de la representación que les entregaron sus paisanos con su sufragio y desde entonces no hay el menor registro de que hayan hecho algo en beneficio de sus electores.
Estos quince ilustres ciudadanos son todavía, de aquí hasta el último día de agosto, los representantes de Tamaulipas en la Cámara de Diputados. Ocho de ellos estaban obligados a hacer mucho mas por su Estado, porque se desgañitaron durante semanas suplicando el voto de los ciudadanos a los que juraron lealtad eterna y porque se comprometieron a hacer realidad los morrales de promesas que volcaron en cada uno de sus discursos de campaña.
Los otros siete creen que no le deben mucho a sus paisanos porque después de todo fueron apadrinados por poderosos políticos que les obsequiaron la curul como un premio a su lealtad, lealtad con quienes son todavía sus patrones porque finalmente sienten que nada deben a sus paisanos.
Uno de ellos, Baltazar Hinojosa, dejó al poco tiempo la diputación para buscar la gubernatura pero fue derrotado de una manera abrumadora en las urnas. Cuando lo entrevistaron unos días después de la elección, en lenguaje críptico declaró: “Yo no perdí… me ganaron”.
Tenía razón, él no perdió, nunca ha perdido. Regresó a la Cámara y al poco tiempo fue premiado con el nombramiento de Secretario de Agricultura. Balta ha hecho muy poco por su Estado, al menos así lo dejan entrever los frecuentes conflictos de los productores agropecuarios que se han multiplicado desde que fue ungido ministro.
Ni siquiera ha vuelto a Matamoros aunque se sabe que viaja con frecuencia a Brownsville, su ciudad natal, donde sostiene encerronas con sus cuates y aliados políticos. No hay en su trayecto por la Cámara acciones significativas en beneficio de los tamaulipecos.
Paloma Guillén, quien buscó también ser gobernadora apalancada en Miguel Osorio Chong, no se complicó la vida y cuando vio que acá nada tenía por ganar, se fue a vivir a Puebla. ¿Para qué regresar a Tampico si no hay nada que le reditúe ganancias?
Tal vez Edgar Melhem sea el único que tímidamente se asoma de vez en cuando por Tamaulipas, por lo general con las manos vacías y casi siempre cabildeando beneficios para su persona, o para otros, como ahora que anduvo coordinando la campaña fallida de José Antonio Meade.
Igual o peor que Balta y Paloma son los casos de los otros diputados federales electos: Esther Camargo de Luebbert, Jesús de la Garza, recién derrotado en Matamoros, Miguel González Salum, Alejandro Guevara Cobos, Esdras Romero y Yalheel Abdala.
¿Dónde están todos ellos? ¿Dónde encontraremos testimonios de que hicieron algo para mejorar las condiciones de vida de los tamaulipecos? ¿Cuáles son las iniciativas que empujaron durante su gris presencia en la Cámara?
Peor es el caso de los plurinominales, del mismo Baltazar, de Montserrat Arcos que solamente aparece en Madero cuando la ocasión se presta para el lucimiento personal. César Rendón no existe para los matamorenses y Gustavo Cárdenas se ha dedicado a lo que ha sido su mayor éxito: sacar raja de cada proceso electoral para hacer crecer sus negocios personales.
Rafa Méndez y Abdíes Pineda son dos casos notables de líderes postizos, verdaderas criaturas del corporativismo político que siguen medrando, uno en el magisterio y otro en el disfrute de multimillonarios créditos para la construcción de viviendas fraudulentas.
No hay a cual irle. Y los que vienen en camino no ofrecen mejores tiempos porque llegaron finalmente por una mera chiripada y no hay méritos ni currículum que los avalen.




