Hay que aplaudirle a Enrique Peña Nieto la última decisión que tomó, porque era super necesaria para la salud mental de los mexicanos. El asueto que se ha tomado con su familia y el prudente e indispensable silencio de sus colaboradores abre para el país una semanita de paz y felicidad, ya sin el barullo ni la escalofriante experiencia de padecer a dos presidentes al mismo tiempo.
Y es que el exuberante estilo tropical del presidente electo Andrés Manuel López Obrador y la insoportable petulancia del pibe mexiquense Peña Nieto y su equipo han generado en el país una atmósfera tóxica y explosiva que mantiene a los mexicanos con los nervios de punta y al borde del soponcio, como diría Chava Flores.
Evitemos torturarnos con que aún faltan cuatro meses para la sucesión presidencial y celebremos que por lo menos hasta el 5 de agosto, cuando Peña retorne a Los Pinos, descansaremos de la hemorragia de declaracionitis y de la intensa competencia sobre ocurrencias y decisiones descabelladas.
De todas maneras mientras Peña calla porque vacaciona en alguna playa, el país se entretiene con la tenaz tarea de demoler y hacer pedacitos lo que quedaba de la malísima fama pública del poblano Manuel Bartlett Díaz, cuyo nombramiento como director general de la CFE provocó un cortocircuito en las redes y en los medios de información que lo han fulminado refrescándole su negro historial.
Pobre Bartlett, mas le valía no haber saltado a la pasarela pública. Sus ochenta y tantos años se le vinieron encima en los días siguientes al anuncio que López Obrador hizo en una de las frecuentes conferencias de prensa banqueteras que suele conceder afuera de su casona de la colonia Roma.
Se ha dicho tanto en torno al desdichado Bartlett que ya suena a exceso de crueldad seguir haciendo cera y pabilo de su figura, pero la demoledora experiencia que todavía vive, la sufrirá el resto de su vida. Peor aún en las semanas o meses siguientes en que enfrentará el reto de domar a ese paquidérmico aparato corrupto e ineficiente que es la CFE.
Que le ruegue a Dios el tormentoso poblano para que por lo menos el día que lo corran de la paraestatal sea tratado como sus antecesores Antonio Vivanco Jaime González, Francisco Rojas y Enrique Ochoa que cuando fueron despedidos, se fueron con una sonrisa de oreja a oreja por las suculentas indemnizaciones que recibieron, más de cinco millones de pesos en conjunto.
Sea cual sea su destino en la jugosa chamba que le han otorgado, su experiencia de los últimos días, en los que casi vivió un linchamiento similar a los que se aplican a ladrones y violadores en Chalco o Iztapalapa, debe servir de lección y ejemplo para los políticos que se atrevan a incursionar en el servicio público con la intención de convertirse en multimillonarios. Hay mil ojos observándolos.
Si algo queda muy en claro ahora es que no hay manera de evadir el escrutinio público, ni rincones de la vida pública o de la intimidad que no puedan ser escarbados, con juicios que suelen ser implacables y lapidarios como podrían testimoniarlo famosos que fueron balconeados y hoy vegetan en una especie de muerte civil.
Bartlett es por el momento el mas patético ejemplo de lo que sucede cuando un personaje de su naturaleza es rehabilitado y encumbrado en el poder. La única manera que hay para salir ileso de una experiencia en chambas gubernamentales se resume en unas cuenta palabras: hay que tener las manos limpias y la cola corta.




