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Columnas: Llera siempre es noticia

La pachanga estudiantil

/ 21 de mayo, 2019 / OTHÓN VILLARREAL GUZMÁN

Pasado mañana, 23 de mayo, es el Día del Estudiante, por lo tanto no habrá clases en las escuelas de Tamaulipas, aunque cabe la posibilidad de que la celebración se corra para el próximo viernes y así aprovechar de corridito tres días de asueto, lo que los maestros verían con agrado, pues podrían disfrutar un fin de semana largo.

La fecha trae a mi recuerdo que en mis años como alumno de la otrora inolvidable Escuela Secundaria, Normal y Preparatoria, entonces Casa Máxima de Estudios de Tamaulipas, cuya ubicación estaba entre el 7 y 8 Matamoros de Ciudad Victoria, Tamaulipas, los alumnos en coordinación con los maestros y Dirección Escolar la festejábamos en grande con un grandioso baile en el amplio patio de la misma, siendo la fabulosa Orquesta de Nacho Zamora la que le “ponía Jorge al niño”.

Y aunque no lo crea, el ser novatos en la bailada no se me olvida que generalmente comprábamos una botella de tequila que escondíamos en los depósitos de agua de los baños, razón por la cual cada rato nos metíamos a los sanitarios para echarnos grandes buches de aguardiente y así darnos valor para invitar a una compañera a sacarle lustre al piso.

Por supuesto los cigarros Argentinos, Delicados y Montecarlos eran los favoritos para fumar dentro de la gente grande que acudía al baile, pues nos hacían sentir “chingones” y aunque no sabíamos bailar, sigo sin saber, le dábamos por mover los pies, mismos con los cuales les pisábamos los cayos a la chamaca quien amablemente me decía “por favor me lleva a la mesa”.

Y con la moral por los suelos ya no me cuidaba de que me vieran tomar grandes tragos de tequila y ron, pues al no bailar no había de otra que tomar y fumar cigarro tras cigarro.

Bien recuerdo que en esos bailes acostumbrábamos llevar traje de casimir, con corbata y camisa blanca, zapatos de charol y tacón alto a los que también llamábamos “zapatos de bola”.

Palabra, cómo sufría al bailar, pues como no sabía hacerlo me metía hasta el centro de la pista y ahí tienen que todos me aventaban para uno y otro lado.

Parecía monigote o no sé qué chingados.
A propósito, el traje era de un hermano o de un amigo, razón por la cual siempre me quedaba grande… pero eso sí: me sentía todo un chingón.

De regreso a casa era otro pedo, pues como vivía en casa de unos tíos muy estrictos tenía que entrar sin hacer ruido, meter el catre donde dormía dentro del corredor y al siguiente día levantarme temprano para antes de ir a la escuela limpiar, pesar y llenar bolsas de café, que era el negocio del tío.
En fin concluyamos.

Cuentan las crónicas revolucionarias de México que la yegua que montaba y más quería el General Francisco Villa era El Siete Leguas y se le llamó así porque fueron siete leguas que recorrió desde Valle de Allende hasta llegar al pueblo de Talamantes, donde una persona de nombre Antonio García le abrió la puerta de una fábrica de asilos, siendo entonces cuando Villa vio que la yegua estaba llena de sangre, pues cuando escapó de los soldados recibió un balazo, razón por la cual fue curada y la cuidaron por 15 días, siendo entonces por lo que a partir de ese día se le llamó así.

Después el General contaba que la yegua corrió herida salvándole la vida, pues los soldados porfiristas estaban a un paso de atraparlo cuando una persona adulta que por ahí andaba le avisó que los soldados venían a aprehenderlo.

Años después de acompañar al General Villa éste se la obsequió a su amigo, el Presidente de la República Adolfo de la Huerta, y desde entonces nada se supo de la famosa yegua, que en un principio se llamó La Muñeca.

HASTA MAÑANA Y BUENA SUERTE.