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Columnas: Crónicas de la calle

El arriero que se volvió corrido

/ 23 de junio, 2020 / Rigoberto Hernández Guevara

Imagínese que como en el corrido «El cuerudo tamaulipeco» usted desea ir de Tula a Jaumave, o venir, qué es lo mismo en un corrido. Al poco rato de ir o venir encuentra usted en el camino a otro individuo, que según el corrido deberá ser el arriero que luego de unas cuantas palabras se convirtió en un corrido.

El otro individuo al que se recuerda como un arriero iba o venía en su cuaco retinto. El cuaco retinto debe ser un caballo muy grande y algunos niños nunca saben lo que es un cuaco retinto, algunos adultos tampoco lo sabemos. Así que ha de ser un coco grande al que todos le tienen miedo, el cuaco más grande del barrio. Los niños podrían pintar ese cuaco de color negro con muchos merecimientos.

La imaginación vuela inalcanzable cuando leen, cuando escuchan o cuando  cantan las palabras. Entonces las palabras reveladas de esa manera adquieren una vida muy necesaria para explicarnos lo inexplicable.

Todos dicen que el sujeto iba vestido de cuero y me atrevería a señalar, sacando de la canción del corrido de Victoria, que también portaba la cuera bordada, norteño el sombrero, la silla plateada, la reata de cuero. Pero pues en este momento traería un pantalón ajustado, camisa vaquera arremangada y tenis de marca. La mirada es la misma. Un celular y tres pesos prestados en la bolsa la única que trae broche de la camisa. De tanta faena.

Luego de un rato como todo un miembro del altiplano, de irse tanteando el uno al otro, o adivinando, espere usted a ver quién arroja la primera pedrada y entonces pregúntele para dónde va o si es que viene, sáquenos a todos de esa duda, y si le dice que para Victoria, note usted cómo el arriero se resiste a confesarse y aunque vaya a un rancho cercano dirá que viene a Victoria. Si dice que va a otra parte, entonces no es ese el arriero de este corrido.

No hay trifulca si dices que vas o vienes. Es lo mismo. Cuando vas vienes porque no tienes otra o parte a dónde ir en este confinamiento.

Al poco rato del silencio, solitas como lagartijas saldrán libres las confesiones atragantadas. Entonce él, el arriero plenamente identificado como tal,  luego de que todos somos arrieros, aclarará la voz para decirle que viene o va para Victoria- según el punto en dónde estén ahí por Palmillas, que no se confunda, y que «viene a darle vueltas a su amor».

Hasta se podría sugerir un agregado a la canción, que diga que en la voz de Pedro Infante o de una gloria de esas para que el arriero, caballo en trote con fondo pop espectacular de Miguel Zacarías, entone la estrofa a capela , esa que dice: «ay que chula es mi morena cuando la lleve a pasear- en la consideración política en un momento no electorero, que morena en este caso se refiere al matiz de una piel de arena con la que se casará el arriero en el casino de Tamatán.

Dicho esto se podría filmar una película, hacer un texto impublicable, leer de nuevo el Cuerudo tamaulipeco. Puede uno ir de Tula a Jaumave a visitar este conmovedor sitio en donde empezó todo para decir que vas por tu morra y que si alguno no le cuadra que se lo venga o vaya a decir al arriero, según donde esté escondido uno escribiendo.

HASTA PRONTO.