TAMAULIPAS.- El día, ese iracundo, se vislumbra desde muy temprano. Apenas abrimos los ojos y lo vemos muy sonriente. Puede estar nublado o hará sol, el día es también un estado de ánimo.
Ya viene amaneciendo. Y aunque corramos, el día nos alcanza, nos tumba, nos arrebasa, nos deja atrás, vemos cómo el día se va con todo lo que trajo. Y nos da la sensación de que nos hemos quedado. De que nos ha dejado solos y a oscuras, con Ia noche.
Pero ya amaneció y comienzan a moverse las personas. Primero un pie, luego una mano busca a otra, luego un cuerpo se levanta a buscar agua y ahí está el día, contodos sus pájaros y sus aventuras, con sus canciones viejícimas, con sus ficciones y realidades contundentes.
Ves para todos lados y notas que él día está por todas partes y esa es la vida. No hay a cual irle. Todos somos ese sujeto en el mismo momento. Al rato nadie dará un peso por nosotros.
Muchos eligen un bar para ver pasar el día como si fuese una muchacha. Y lo es. No hay que tomarse muy a pecho el paso terrible del presente señor presidente. El presente no se alcanza a ver y de nadie es la culpa, es tan rápido y tan pronto. Fluye como una corretiza de media noche.
El tiempo que dicen pasa, lo cierto es que cae hecho pedazos al suelo. El día sin avisar, entra una y otra vez por una puerta y sale por otra. Pasan las hojas milimétricas y pasa agua intacta pequeñísima. Pasa un río por la casa y por la calle, adentro un silencio se hace añicos. Se escucha un trueno.
Luego escampa la acuarela y el papel seca la última lágrima. Estamos lloviendo en tierra propia, antes de eso hubo nubes y, usted sabe, el viento arreció de última hora con todos adentro.
Aquel día quedó registrado el día con nombre y apellidos y nacieron muchos días como ese. Y nacieron muchos para que los miraran pasar por las ventanas. Otros días pasaron por la carretera, hubo los que no volvieron, los días felices que aún están, los días olvidados y los días recordados que un día fueron los mismos.
El día es un libro desnudo, un encajado cuchillo en la sonrisa, una gota de perfume, el tío que saluda, la voz anónima, la cara asomada, el café multiplicado por cien, el crimen y el castigo, los chiquillos que recogen el balón con el pie, los escombros de la charla, el tren, las nubes gruesas, la literatura, la pintura en la mesa, el taller disperso en el cuerpo.
Pocos como el día para alusinar un tercer día, un pasado mañana, algún día, un día de estos, pocos días de estos. Pocos como el día para que pasen pronto, nazcan y luego agonicen con la tarde como nosotros. Pocos como nosotros, los días que somos.
Con el tiempo descubrimos que el día es la noche. A nadie de nosotros los poetas engañaron. Con el tiempo encendimos un faro y vimos los ojos que se acercaron como un barco en medio del océano. El día tuvo aquella noche que nadie recuerda.
Todos recuerdan el mismo día, que siendo el único es distinto y nadie vio el sol que se ocultó temprano. Ni la penúltima ave que cruzó atrás del árbol. Ni vio el árbol ni a quien estuvo ausente, ni la voz que sólo una persona escuchó.
Entre el silencio hay retazos de heno y a la distancia hay substancia que nubla los ojos. El mediodía se talla los ojos en su taller de óxido. Hace falta oxígeno si queremos llegar a la tarde y ahí está la ventana. Con el inventor de ventanas cobrando las miradas, las estampas y los precisos mapas de un parque.
El día ensancha la mirada que define qué cosa, qué luz blanquecina, qué película mirar y escribimos una carta a la ventana de enfrente y atrás de la montaña que observa.
Fue un día como este a esta hora. No cabe duda, esperé tantos años para llegar a este día y es un día cualquiera. Aunque llueva adentro de un árbol.
HASTA PRONTO.




