VICTORIA, TAM.- El ambiente en la ciudad suele cambiar cuando llega el mes de mayo.
Y es lógico, después de diciembre es el mes con más festividades.
Y uno de esos días es tal vez una de las celebraciones con más arraigo en nuestro país: el Día de las Madres.
El ánimo de los festejantes va del blanco al negro con quienes tienen aún a su madrecita para apapacharla, y a quienes ya la han entregado al descanso eterno.
Pero hay otro sector de la población, a quienes esta fecha se convierte en un gran absurdo.
Son aquellas madres quienes de un solo tajo se les arrancó su razón de ser precisamente, madres.
Son aquellas mujeres que tienen hijos que fueron desaparecidos.
La paradoja de ser madre sin un hijo presente, uno a quien saludar por las mañanas y recibir por las tardes, uno a quien darle el desayuno o ver crecer de poco a poco, un vástago ‘carne de su carne y sangre de su sangre’ con sus mismos ojos, sus mismos gestos y hasta con sus mismos malos hábitos.
Ellas, quienes a días, meses o años, se han quedado acompañadas de un silencio desesperante y un dolor que va matando de poco a poco, en una agonía interminable. Madres cuyos ojos perdieron el brillo con tantas lágrimas derramadas, a quienes el único «consuelo» que les queda, es evocar el recuerdo de un rostro impreso en una ficha de personas no localizadas.
¿Festejar? ¿Festejar qué? porque aun teniendo otros hijos e hijas, es imposible sentirse completa, porque su familia ha quedado asi, incompleta.
Para ellas, el 10 de mayo, mas que una celebración es un día lleno de juicios y acusaciones que taladran su alma.
¿Soy una mala madre? ¿No cuidé bien a mi hija? ¿Debí estar más atenta? …y las respuestas a todas estas preguntas es la misma: no mujer, tú no fallaste en nada, te fallamos todos a ti.
Te falló el ciudadano común, que no quiso interceder al ver que tu hijo o hija fue sometido a la fuerza y ‘levantado’ en cualquier crucero. Te fallaron los investigadores que argumentaron que debía pasar cierto tiempo para considerar a tu hijo ‘oficialmente desaparecido’ y ponerse a buscarlo, pedir grabaciones de cámaras de vigilancia cercanas y acompañarte paso a paso del proceso.
Te falló la policía, cuyo sospechoso proceder te sembró más dudas que respuestas, y llegó un momento en que parecían estar más dedicados a no encontrarlo que devolvértelo.
Te fallaron quienes trabajan ‘procurando justicia’ y que su falta de compromiso convirtió tu camino en un tedioso laberinto burocrático, que de no ser por tu interes en hallar a tu hijo, hace mucho tiempo te habría hecho ‘tirar la toalla’.
Te falló la gente del barrio, que sin medir el alcance de sus palabras juzgó y condenó a tu hijo diciendo que «de seguro andaba mal» para recibir tan salvaje destino.
Te fallaron quienes no se tomaron un segundo de sus vidas para reflexionar del agudo dolor que guardas en tu pecho y que te exigen ‘superarlo’ como si fuera algo sin importancia.
Te fallaron los que aun con la encomienda de proteger a las víctimas de desaparición, en vez de ponerse de tu lado te re victimizaron de escritorio en escritorio, de ventanilla tras ventanilla forzándote a relatar y revivir la tragedia que conoces casi segundo a segundo, sin importarles hacer más grande tu herida, desangrar nuevamente tu corazón ante decenas de extraños, desnudando tu dolor en medio de extraños que solo te ven como un número de expediente.
Te fallaron quienes sonaron el claxon de su auto, enojados al toparse con una marcha exigiendo encontrar al hijo, al padre, a la hermana arrebatada en un abrir y cerrar de ojos, en cualquier crucero de la ciudad.
Te fallaron los gobernantes que solo se interesaron en tu pena para sacar provecho en sus aspiraciones politicas y se dedicaron a soltar palabrería tras un micrófono y ante un cámara, y aparentar empatía en la foto de un periódico.
Te fallaron los medios de comunicación, que solo voltearon a verte cuando necesitaron un encabezado estridente, y una cifra para pregonar a conveniencia.
Te fallan quienes te piden que continúes como si nada hubiera pasado y «festejes» el 10 de mayo alegre y tranquila.
Te fallamos todos.
Por Jorge Zamora




