30 mayo, 2026

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El alusinado paisaje de los abanicos

CRÓNICAS DE LA CALLE / RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA
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Si en lugar de abanico tuviese aire acondicionado con todo lo que ello implica. Hasta las chanclas con la CFE. Estaría escuchando el breve sonido del aire fresco abarcando los rincones. Nadie se salva, ni las alimañas escondidas que guardan su día de campo para tiempos mejores. 

En cambio abanico mueve la ropa ligera y, al acercarse el ser humano, promueve un rehilete de cabellos y los esparce como en la playa. El pelo seca rápido luego de la lluvia o ducha en el cuarto de la primera puerta. En la segunda puerta está la cocina. 

El abanico gira y gira, apenas me da tiempo para respirar un recuerdo. A intervalos veo el traslúcido instante en que da vuelta sobre su eje una y otra vez cada vez que pienso.

En la calle se escucha el claxon clásico de un motociclista, entrega pizzas. Alguien sale y se escucha la voz. Pienso en lo que el abanico ya dio diez mil vueltas más y continúa su ruta a ninguna estrella. 

El alucinado espacio esparce los mosquitos que apagaron sus nerviosos motores ¿Qué habrá sido de ellos? El humo, sí fumas, huye esquizofrenico de su jornada de nube. El polvo del aire da vueltas a la cuadra con sus vueltas de antes y sus mañanas anticipadas. 

No cabe duda mi barrio pobre es el reino de los abanicos y uno que otro aparato de aire acondicionado que es visto con desconfianza por el vecindario. 
Afuera se cuesen habas y se guisa un huevo estrellado en los techos de lámina de segunda mano. Las tortillas mueren a la temperatura a la que fueron concebidas y nadie protesta por la calle a mediodía. 

Un perro ladra y escucho un radio encendido entre las privadas en medio de la parvadas de los libros del vecino. Música en inglés de un ser desconocido, el perro se calla y la vida continúa como al principio. Otro perro ladra más lejos. Escuchó todo y nadie le hizo caso como para escribirlo. 

Desde hace rato encendieron las luces. Así lo presiento. Nunca las apagan pero eso no lo puedo confirmar mientras el abanico gira conmigo en el cuarto y ahora doy vueltas con los ojos puestos alrededor del cuarto redondo. Como un abanico. 

Sales del confort del abanico y sudas. El agua aprovecha para brincar la barda y salir por los poros del único cuerpo que tienen y no hay río cercano, nadie llena un vaso de ese líquido ni promueve una iniciativa para reciclarlo. Es agua que se pierde en el aire donde el abanico gira y el día pasa como si nada. 

Juega el aire a ser viento y se disipa en el remolino de la cara. Envuelto en sí mismo el viento pide más aire cuando cae la tarde y la luz natural se apaga. Entonces todo se olvida y el abanico de alguna manera gira y se las arregla para en intervalos inventar un sueño. 

El aire cierra los ojos sin ser visto por los durmientes del tren nocturno. Son las ocho pero pudieran ser las diez de la mañana, no importa. Es en este mismo año bajo la lluvia del cuerpo que cae en la adicción del aire, los ojos cerrados se miran emocionados. 

Más allá del viento provocado a propósito el hueco es caliente y hay personas en la memoria. El aire entuba los pulmones y voy respirando al pensarlos. Son gente de la ciudad cuyos nombre recuerdo por alguna razón y que olvidé como recuerdo sus nombres. Ya usted sabe, gente fuera del abanico y su aire. Lejos de mi que respiro el viento y a intervalos el suave recuerdo. 

Afuera en ciudad la gente también gira y gira en sentido contrario a las aspas, se arremolina de norte a sur y de este a oeste y se mete del pueblo. Hace calor entonces. Adentro sin que quepa duda estoy en el paraíso de los abanicos. 

HASTA PRONTO. 

POR RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA

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