30 mayo, 2026

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Isabel y el sentido de la vida

EL FARO/FRANCISCO DE ASÍS
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Isabel había subido a la azotea desde muy temprano. Ella y su marido habían acondicionado este espacio para reuniones familiares o con amigos, y lo llamaron “La Terraza”. Aunque lucía un tanto descuidado, el lugar seguía siendo agradable a la vista y cómodo. Unas vigas, que además de servir de ornamento, sostenían una enredadera que proporcionaba sombra a los visitantes.

De las vigas colgaban guirnaldas de focos vintage, que iluminaban las noches de convivencia.

Se sentó en uno de los amplios sofás que había —y que ella había cuidado con esmero para evitar su deterioro— y recorrió con la mirada todo lo que componía “La Terraza”. Estuvo ahí unos momentos antes de levantarse y acercarse a una de las paredes para sentir el aire fresco en su rostro y contemplar el amanecer.

Había subido para recordar aquellos momentos de gran alegría, como cuando era niña y una Navidad recibió una muñeca de trapo que le gustó tanto que aún la conservaba.

Más tarde, siendo adulta, descubrió que la muñeca la había hecho su abuela, ya que en esa Navidad la familia atravesaba una difícil situación económica y no pudieron comprar otro regalo. En aquel entonces, al verla bajo el árbol, sintió tal felicidad que lloró de alegría. Su abuelo solía llamarla “princesa lágrimas de cocodrilo”.

También recordó el día en que se tituló como doctora, una ocasión que celebró junto a sus padres. Pensó en la vez que Luis Carlos, su entonces novio, le propuso matrimonio con las palabras: “Sabes que estoy jodido. No tengo más que ofrecerte que mi compromiso de hacerte feliz”.

Evocó los momentos en que nacieron sus cuatro hijos —Lupita, Ramón, Ernesto y Pablo— y cómo los abrazó contra su pecho cuando se los llevaron a la cama del hospital. Rememoró sus graduaciones universitarias y cómo en cada uno de esos hitos lloró, pero siempre de felicidad.

Sin embargo, el recuerdo de las lágrimas también trajo a su mente momentos de profundo dolor. Trató de apartarlos, pero uno fue imposible de ignorar: la muerte de su esposo y tres de sus hijos en un accidente de tránsito. Un camión a alta velocidad embistió el automóvil en el que viajaban hacia la frontera, donde planeaban pasar una semana en casa de la hermana de Luis Carlos.

Isabel y su hijo menor no pudieron acompañarlos en ese viaje porque el niño tenía que asistir a la escuela. Este hecho los salvó, pero el dolor de la pérdida la devastó. Vivió su duelo llorando día y noche hasta que, en un momento de lucidez, entendió que su hijo la necesitaba.

Retomó su vida dedicándose a él con toda su atención. Más tarde, cuando Pablo creció, Isabel abrió un consultorio en un barrio humilde donde ofrecía consultas gratuitas dos días a la semana y entregaba medicamentos en la medida de sus posibilidades.

Un par de días antes, Pablo había muerto a causa de una neumonía fulminante provocada por la inhalación de una sustancia química. A pesar de los tratamientos —oxigenoterapia, intubación, entre otros—, la gravedad de la aspiración del tóxico hizo imposible salvarlo.

Isabel estaba desolada. Además del profundo dolor que la consumía, las responsabilidades del hospital y el funeral le impedían desahogarse. Al terminar el sepelio, se fue directamente a casa, sin despedirse prácticamente de nadie. No quería hablar con nadie, hubiera querido llorar, llorar mucho, desahogar todo ese dolor que sentía a través del llanto, pero no podía, la vida había acabado con sus lágrimas.

Al llegar, la recibió un silencio abrumador y una soledad que jamás había sentido en esa casa que antes fue su hogar.

Los muebles ya no parecían parte de su vida; eran simples objetos inertes. De pronto, una inquietud se apoderó de ella, una pregunta que necesitaba resolver: ¿Cuál sería el sentido de su vida en adelante?

Pasó el resto de la noche sumida en esta reflexión. Casi al amanecer, subió a “La Terraza”, aun cavilando, pero con menos desasosiego. Ahora, mientras yacía en el suelo duro y frío, con los ojos entrecerrados y pese a los intensos dolores que sentía en su cuerpo, esbozó una sonrisa: El sentido de su vida estaba más allá de la muerte. Estaba con sus seres queridos.

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