Me levanto de inmediato. De un salto ya estoy en el día, estoy vivo y eso debe ser bueno. Reconozco la casa, la ventana que mira a la calle, el pensamiento que se dirige al escenario de los asuntos importantes pendientes y vuelve a los asuntos pequeños.
Tengo que buscar la ropa, bañarme, peinarme, cambiar el aspecto desaliñado de un día antes, verme presentable frente al espejo ante otros que verán el cuerpo decarrilado, escucharán la voz desgarrada.
Iré a la tierra en mi nave imaginaria, imaginen. El cielo es denso y por completo azul, da gusto verlo, falta que cante un gallo, que aparezca un gato bajo la parvada de pájaros sobre la parcela. Como una estampilla
El viaje de un día en la vida es sucesivo y subjetivo, voy a muchas partes y a uno solo al cual no llego. Las posibilidades son infinitas más allá del número de mis cabellos, digo que voy al sol como la iguana, pero también iré a la sopa del mediodía.
Y también todo es llegar. A cada instante un sitio nuevo, una silla, una escalera, una oficina, un techo y otro, un encuentro inesperado, una cita, otra ciudad, una emoción, una dirección equivocada, un rostro molesto, una mujer bonita, una calle derecha y empinada.
El día es amplio como el universo como para tener que ir solamente al trabajo, salir cansado y regresar a tirarme de nuevo a la cama. Alguien, en alguna parte me espera. El día como la vida es amplio aunque corto.
El tiempo opera en mi favor aún cuando parezca lo contrario. El tiempo soy y el resto todavía no es existencia. Los sueños – como Calderón de la Barca- sueños son mientras duermo. Despierto y ahí estoy con los ojos pelones
Iré y sin querer seré testigo inevitable, documentaré las risas y los trabajos, los hombres callados, la mujer de saco. Somos cómplices el uno del otro, coincidimos vecinos de esta tierra en este día que empieza a nublarse, quizás mañana haga frio y otros que beben café conmigo tomen distancia conmigo y distinto camino, que eso no me distraiga, hoy somos aliados por antonomacia, lo expreso así pues siempre desee utilizar esa palabra.
En realidad somos personas solitarias, nadie va con nadie, llevamos nuestros libros, nuestras libretas de apuntes, la personal agenda con deudas, con la memoria de corto alcance como para no olvidar dónde dejamos los lentes. Y olvidamos. Y claro en ocasiones no podemos olvidar.
Vale la pena andar donde todo hay, pero a pesar de ser mucho alguna cosa ha de faltar. Uno ignora lo que falta hasta que lo busca. Uno encuentra siempre y sin falta lo que no busca, vaya suerte cantante.
Hay días con baja bitácora de vuelo, planeo entonces un corto viaje, queda tiempo para antes recortar la uñas de las pies, cruzar el puente de un estado de ánimo al otro en el cual voy sonriendo. Suelo luego ir una hora antes y veo el mundo paralelo que existe en calles extrañas que no había visto desde mi absurda rutina. Hago otros amigos, recorro otros paraísos con una mano rascando mi oreja y la otra en el bolsillo.
Podría ir a lanzar un misil pero antes tendría que lavarme los dientes, comer un marucha, meter una mano a la bolsa, en fin, tantas cosas que hacer antes de arrepentirme. Nadie sabe lo que ocurrirá en lo que el día se fuga.
En un surrealismo repentino camino con un microbús en Ia espalda. En la esquina un pasajero aguarda su dosis imaginaria de tristeza, oscurece y la imagen poco a poco se apaga al encender las luces mercuriales. En el mismo surrealismo aparezco con el teléfono móvil, el tiempo necesario para que nada ocurra. Pensar que únicamente vine aquí a la tienda en donde surto un poco de despensa y tranquilo camino rumbo a casa.
HASTA PRONTO
POR RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA




