Un signo evidente en el consumo cultural e informativo de nuestros tiempos es la exigencia de tomar partido.
El mercado -lectores, comentadores o como quiera llamarse a quienes integran el público masivo, sobre todo en las redes sociales- reclama a los medios y periodistas por igual, posicionarse sobre todas las encrucijadas y discusiones que surgen en la agenda pública.
Mientras que hace no muchos años, la neutralidad y la objetividad (casi siempre inalcanzable, se sabe) eran valores deseables en los comunicadores, ahora parece todo lo contrario.
Intentar matizar la información con el rigor que imponen los datos es visto como un acto de tibieza. “Corea del Centro”, se acusa con cierto tono despectivo.
Esta tendencia además no hace sino reforzar la propensión humana a interpretar, favorecer y consumir la información que valide nuestras creencias. Fortalece el natural sesgo de confirmación.
El asunto viene a cuento por el intenso debate y las discusiones que ha generado el caso Venezuela.
En estos tiempos de información polarizante, se vuelve complicado abordar el tema en escala de grises, y a muchos les cuesta entender que se pueda opinar, por ejemplo, que Nicolás Maduro merece un severo castigo por los atropellos que ha cometido, y al mismo tiempo, que la intervención de Estados Unidos sienta un precedente nefasto para las relaciones internacionales en la región.
Se puede defender una visión política de izquierda y coincidir en que el régimen dictatorial de Venezuela es indefendible -igual que el castrismo en Cuba- e insostenible.
Es posible respetar el júbilo mostrado por miles de exiliados venezolanos en todo el continente, y al mismo tiempo cuestionar la manera en la que de manera errada, algunos han intentado hacer política del terror en países como México, Colombia o España, haciendo oposición a las autoridades democráticamente electas.
La realidad, afortunadamente, no se deja encasillar con la facilidad que exigen los tiempos de la consigna. No cabe completa en etiquetas ni en trincheras ideológicas prefabricadas. Quien insiste en verla únicamente en términos de buenos y malos suele terminar por no comprenderla.
En ese afán por tomar partido inmediato se pierde, con frecuencia, la posibilidad de pensar, aceptar contradicciones y asumir que una postura puede contener críticas severas sin convertirse en adhesión automática al bando contrario. Esa complejidad es una forma de honestidad intelectual.
Aceptar que el mundo se mueve en una amplia gama de grises no implica renunciar a las convicciones, sino reconocer los límites de las certezas fáciles. En tiempos de polarización extrema, insistir en esa mirada compleja no es tibieza: es una forma de resistencia frente a la tentación de convertir la realidad en un cómodo relato en blanco y negro.
Por. Miguel Domínguez Flores




