México entra al año 2026 sin campañas nacionales, pero con algo más complejo y decisivo. Un cruce de calendarios internacionales, presiones estructurales internas y decisiones que ya no admiten aplazamiento. Es un año de definición.
La agenda visible es clara: El T-MEC, reforma electoral, el Mundial y la reforma fiscal. Lo interesante es lo que las conecta y lo que las condiciona desde fuera. Porque en el año México discute menos consigo mismo y más con el mundo, con su principal socio comercial y con un entorno geopolítico que se ha vuelto más áspero, más transaccional y menos paciente.
El T-MEC entra en su primera revisión sexenal en julio. Es un momento político, económico y estratégico. Llega en medio de la relocalización industrial, de tensiones comerciales crecientes y de un Estados Unidos que ha colocado la seguridad económica y la política industrial en el centro de su agenda. Para México, la revisión se juega en la credibilidad institucional, en la certidumbre regulatoria y en la capacidad de demostrar que el país puede ser socio confiable y plataforma productiva estable. El riesgo no es la desaparición del tratado, es que se vuelva más costoso, más litigioso y más condicionado.
En paralelo, la reforma electoral se coloca como el debate político central del año. Ocurre en un momento inusual, sin campañas federales, pero con alta polarización y con plena conciencia de que lo que se apruebe en el año, marcará el terreno de la siguiente década. El dilema es de fondo. Modernizar sin debilitar, ajustar sin erosionar confianza y reformar sin convertir la arquitectura democrática en un campo de revancha. La forma pesará tanto como el contenido.
El Mundial aparece como un tema ligero solo en apariencia. En realidad es una prueba dura del Estado. Infraestructura, movilidad, seguridad, coordinación intergubernamental, diplomacia y manejo de recursos públicos convergen en un evento que exige ejecución impecable. El Mundial es capacidad institucional puesta bajo reflectores globales. Oportunidad y riesgo al mismo tiempo.
Y debajo de todo, inevitable, la reforma fiscal. México sostiene ambiciones de desarrollo con una de las bases tributarias más bajas entre economías comparables. Este debate dejó de ser ideológico. Es aritmética del Estado. Sin ingresos suficientes, cualquier política pública se vuelve frágil, reactiva o simbólica. 2026 probablemente no será el año de la reforma profunda, pero sí el año en que su ausencia empiece a generar costos más visibles en inversión, infraestructura, seguridad hídrica, salud y transición energética.
Todo esto ocurre bajo una sombra externa decisiva. Las elecciones de medio término en Estados Unidos, en noviembre. Ese proceso redefine el margen de maniobra del gobierno estadounidense en comercio, migración, energía y seguridad fronteriza. Un Congreso más confrontacional puede traducirse en mayor presión sobre México, en más retórica proteccionista y en una disposición creciente a convertir la relación bilateral en herramienta de política interna. Incluso sin cambios legales, el tono cambia y el tono importa.
Para México, el año exige estrategia y anticipación. Preparar la revisión del T-MEC con datos, aliados y narrativa. Discutir la reforma electoral con visión de sistema. Usar el Mundial como palanca de capacidad institucional. Y asumir que sin una conversación fiscal madura, el proyecto de desarrollo se queda sin sustento.
México 2026 es un año serio. Un año donde lo que se decide y lo que se posterga tiene consecuencias duraderas. Un año donde la política deja de ser ruido y vuelve a ser arquitectura. Ahí se juega mucho más que una agenda anual, se juega la forma en que el país entra a la siguiente década.
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POR DAVID VALLEJO




