CIUDAD VICTORIA, TAM.- Los partidos políticos tradicionales en Tamaulipas, otrora pilares de la vida democrática, se han convertido en meras plataformas transaccionales donde los políticos rentan siglas para competir por el poder. La crisis no es solo de resultados electorales —aunque las cifras son devastadoras— sino de algo más profundo: la pérdida absoluta de representatividad, identidad y conexión con la ciudadanía.
Los números del Instituto Electoral de Tamaulipas revelan una historia de colapso acelerado, sobre todo de los partidos más antiguos.
El PAN, que en 2021 obtuvo 515,765 votos, cayó a 391,763 en 2024: una pérdida de 124,002 sufragios que representa una caída del 24% en apenas tres años. Pero más allá de las cifras, lo que se desmorona es un proyecto político que alguna vez representó la alternancia y la esperanza de cambio.
El PRI, por su parte, experimenta una agonía aún más pronunciada: de 132,947 votos en 2021 a apenas 69,296 en 2024, una caída del 47% que lo reduce a la irrelevancia política en una entidad que gobernó durante décadas.
Este fenómeno no es exclusivo de Tamaulipas ni un accidente coyuntural.
Como señala Jaime F. Cárdenas Gracia en su ensayo «Partidos políticos y democracia”, publicado por el INE, vivimos una transformación profunda: «Los partidos de masas ideologizados se han vuelto partidos de corte más pragmático, en búsqueda permanente –casi todos ellos– del llamado centro político». En Tamaulipas ese pragmatismo ha degenerado en algo más pernicioso: un vaciamiento total de contenido ideológico que ha convertido a los partidos en estructuras clientelares sin rumbo ni propósito más allá de la supervivencia electoral.
En el escenario actual, por ejemplo, presenciamos la disputa interna entre los partidos que en las últimas elecciones han conformado la alianza “Juntos hacemos historia”, identificada a la izquierda en el espectro político.
Sin embargo, uno de los partidos que la integran, el Partido Verde Ecologista de México, ha formado coaliciones lo mismo con el derechista Partido Acción Nacional, que con el neoliberal Partido Revolucionario Institucional.
Hoy, en Tamaulipas el PVEM busca reclutar a los políticos que se sienten relegados de Morena para competir por cuenta propia en la elección del 2027.
Más allá de eso, es el escenario de alianzas de facto con un sector de panismo, como la que se gesta en Reynosa donde actores cabecistas interactúan con los grupos de Maki Ortiz y José Ramón Gómez Leal.
Ella, senadora pluriominal por el Verde, pero ex panista y ex morenista, y él, senador por Morena, pero con pasado en el PAN y como candidato independiente.
La debacle de las estructuras partidistas en Tamaulipas es paradigmática.
Apenas en 2016, el PAN alcanzó su momento de mayor expansión: 24 municipios bajo su control y 20 diputados locales, además de conquistar la gubernatura con Francisco Javier García Cabeza de Vaca. Era el triunfo de la alternancia, la consolidación de un proyecto que había comenzado en 2013 cuando el partido ganó 8 ayuntamientos y logró frenar, por primera vez, la mayoría calificada del PRI todopoderoso en el Congreso local.
Apenas ocho años después, el panorama se transformó. En 2024, el PAN perdió alcaldías emblemáticas como Tampico y Mante, además de municipios estratégicos como San Fernando, Soto La Marina, Guerrero, Mier, Camargo y Tula. Más grave aún: el partido no controla ninguno de los grandes municipios fronterizos —Matamoros, Reynosa y Nuevo Laredo— donde reside más de un tercio de la población del estado.
El retroceso territorial refleja algo más profundo que un simple ciclo electoral adverso: evidencia la ruptura del vínculo entre el partido y la ciudadanía.
El PRI, por su parte, vive una extinción a cámara lenta. Antes de 2022 gobernaba cuatro municipios pequeños; hoy solo conserva Güémez, tras perder Abasolo, Guerrero y Jiménez. Para un partido que durante siete décadas fue sinónimo de poder en México y que dominó Tamaulipas con mano férrea, esta reducción a la insignificancia representa no solo una derrota electoral, sino el fin de una era.
Cuando las siglas no significan nada
Antonio Faustino Torres, en su ensayo «Función representativa y formación ciudadana a dos décadas de alternancia», documenta un fenómeno que en Tamaulipas alcanza proporciones dramáticas:
En el documento que incluye un análisis de los partidos minoritarios como el Verde, advierte que estos “tienen escasos incentivos para priorizar un enfoque de formación ciudadana entre sus militantes, además, buscan obtener votos y configurarse como partidos eminentemente electoralistas». Esta observación cobra especial relevancia cuando analizamos la crisis tamaulipeca.
¿Qué propuestas programáticas distinguen a uno de otro más allá de las ambiciones personales de sus candidatos?
La respuesta queda cada vez más clara: prácticamente ninguna. Los partidos se han convertido en franquicias políticas que los aspirantes a cargos de elección popular rentan temporalmente. Un político puede competir por el PAN un año y, si no obtiene la candidatura, migrar al PRI o a Movimiento Ciudadano al siguiente.
Las siglas son intercambiables porque carecen de contenido doctrinario real. Como señalan Rigoberto Ramírez López y M. Alejandro Carrillo Luvianos en su análisis sobre la crisis de los partidos políticos en México, «los sistemas de partidos en países como el nuestro, a diferencia de los países más desarrollados, no generaron partidos robustos ni sistema de partidos que pudieran generar mecanismos autónomos de auto reproducción y autofinanciamiento».
Esta fragilidad estructural se manifiesta en Tamaulipas de manera particularmente aguda. Los partidos dependen casi exclusivamente del financiamiento público y carecen de bases sociales sólidas. Cuando llega el momento electoral, no movilizan militantes comprometidos con un proyecto, sino operadores políticos que gestionan redes clientelares a cambio de recursos.
Torres documenta que a nivel nacional «existe una escasa asociación de la ciudadanía con los partidos políticos, ya que apenas sobrepasa el 20%». En Tamaulipas, la cifra podría ser aún menor si consideramos el desplome electoral de los partidos tradicionales.
Rechazo a los partidos
Los datos del INEGI en la Encuesta Nacional de Cultura Cívica revelan una paradoja inquietante: el 71.5% de la población de 15 años y más en la región Noreste (que incluye Tamaulipas) considera que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno, mientras que solo el 14.2% cree que un gobierno no democrático puede ser mejor en algunas circunstancias. Sin embargo, cuando se pregunta por la satisfacción con el sistema democrático de partidos, el panorama es desalentador: apenas el 13.8% se declara muy satisfecho, mientras que el 27% está poco satisfecho y el 11.7% nada satisfecho.
Esta contradicción —apego a la democracia, rechazo a los partidos— plantea un dilema que Cárdenas Gracia formula con claridad: «¿Podrán los partidos sortear su crisis y, de ser así, cuál es su futuro? La respuesta no puede ser única y definitiva; se trata necesariamente de un planteamiento múltiple con diversas derivaciones». En el caso de Tamaulipas, la crisis parece haberse profundizado hasta un punto en que los ciudadanos han encontrado alternativas fuera del sistema tradicional de partidos, principalmente en el fenómeno de Morena.
El ascenso de Morena en Tamaulipas es, paradójicamente, tanto un síntoma de la crisis de los partidos tradicionales como una evidencia de que los ciudadanos aún buscan cauces institucionales para su participación política. En 2016, Morena no tenía un solo ayuntamiento y apenas contaba con una diputación plurinominal. Para 2018, ya había conquistado cinco alcaldías, incluyendo Matamoros y Ciudad Madero. En 2021, logró 20 diputaciones locales y arrebató al PAN alcaldías estratégicas como Reynosa, Nuevo Laredo, Ciudad Victoria y Altamira.
La hegemonía política que ahora ostenta Morena, sin embargo, enfrenta un desafió evidente no solo en el estado, sino en todo el país.
La apertura casi total del movimiento a figuras políticas provenientes de todos los espectros políticos, con pasado lo mismo en el PAN, que en el PRI, ha desatado crisis internas que ahora ocupan protagonismo en la agenda pública, y el cuestionamiento de las bases que fundaron el partido.
El clientelismo como sustituto de la Ideología
«Un político puede prescindir de los partidos a la hora de impulsar su candidatura en la medida en que cuente con otros activos electorales como una personalidad destacada o un alto nivel de activismo en el universo de la comunicación digital”, plantean los autores Diego Luján y Jennifer Cyr, en su análisis sobre partidos políticos y mecanismos de vinculación en América Latina.
En Tamaulipas, sin embargo, la mayoría de los políticos carecen de estos activos, por lo que recurren a los partidos no como vehículos de proyectos ideológicos, sino como estructuras que proveen recursos públicos para operar redes clientelares.
El clientelismo se ha convertido en el pegamento que mantiene unidas estas estructuras partidarias en proceso de descomposición.
Durante las campañas, los partidos no debaten programas de gobierno ni propuestas de política pública; en su lugar, distribuyen despensas, prometen obras específicas a colonias y comunidades, y activan redes de operadores que ofrecen beneficios materiales a cambio de votos.
Como señala Torres, «dichos partidos políticos no han logrado aumentar la simpatía de los militantes, lo cual probablemente se debe a que su objetivo es la supervivencia dentro del sistema y no buscan convertirse en partidos mayoritarios, sino aprovechar los recursos económicos de una manera conveniente».
Esta dinámica genera un círculo vicioso: al no ofrecer propuestas programáticas serias ni construir identidades partidarias sólidas, los partidos no generan adhesiones duraderas. Sin militantes comprometidos, dependen cada vez más de operadores que solo se movilizan cuando hay recursos disponibles. Y sin bases sociales genuinas, los partidos carecen de capacidad para renovarse o adaptarse a los cambios sociales, lo que profundiza su obsolescencia.
El Pacto por México: el origen
Los investigadores Ramírez López y Carrillo Luvianos identifican un momento paradigmático en la crisis de los partidos mexicanos: «El Pacto por México es el momento estelar de la administración Peña Nieto, constituye un momento paradigmático en el desarrollo del neoliberalismo mexicano. Después de casi veinte años de intentar infructuosamente realizar reformas estructurales de gran calado que consolidara y diera nuevo impulso al modelo económico prevaleciente, los tres grandes partidos firmaron un pacto cuyo objetivo final era el de destrabar algunos de los obstáculos que por años políticamente había sido imposible remover».
En Tamaulipas, el Pacto por México tuvo consecuencias especialmente corrosivas para la identidad partidaria. El PAN y el PRI, supuestamente adversarios ideológicos, coincidieron en impulsar reformas que muchos de sus propios militantes rechazaban. Como señalan Ramírez y Carrillo, «al enfrentar dilemas como gobernabilidad o democracia; justicia social o restructuración económica; cooperación o enfrentamiento; gradualismo o radicalismo, entre otras muchas, minaron su credibilidad a los ojos de sus partidarios». Los votantes tamaulipecos observaron cómo sus partidos, en lugar de defender principios, negociaban en función de intereses pragmáticos, lo que reforzó la percepción de que las diferencias partidarias eran pura simulación.
A esto se suma que los partidos en Tamaulipas son, en gran medida, apéndices de las estructuras nacionales, con escasa autonomía y nula capacidad de autofinanciamiento. Dependen casi completamente de las prerrogativas que les asigna el Instituto Electoral de Tamaulipas, recursos que provienen de los impuestos de ciudadanos cada vez más desencantados con estos mismos partidos.
Como continúan Ramírez y Carrillo, «los amplios recursos de que disfrutaron fueron producto de subsidios extraordinarios, disfrutando de un estatus privilegiado sostenido artificialmente, más que de la eficacia de sus capacidades de captación de recursos provenientes de fuentes propias».
Esta dependencia del financiamiento público genera una situación absurda: los partidos no necesitan convencer a los ciudadanos de la validez de sus propuestas para obtener recursos; les basta con cumplir requisitos formales ante la autoridad electoral. El resultado es que los partidos se vuelven hacia adentro, enfocados en cumplir con la burocracia electoral y en disputar prebendas, mientras pierden contacto con las preocupaciones reales de la ciudadanía.
Las cifras electorales sugieren que partidos tradicionales como el PAN y el PRI en Tamaulipas están en fase terminal. La caída del 24% del PAN entre 2021 y 2024, y el desplome del 47% del PRI en el mismo período, no son fluctuaciones coyunturales sino síntomas de una crisis estructural. Estos partidos están perdiendo no solo votantes ocasionales, sino las bases sociales que alguna vez los sostuvieron.
¿Significa esto que desaparecerán? Los especialistas coinciden en que esto no ocurrirá en el corto plazo, debido al andamiaje legal que garantiza su supervivencia institucional y al financiamiento público que los sostiene artificialmente.
Pero su irrelevancia política puede volverse absoluta.
Por Staff
Expreso-La Razón




