11 enero, 2026

11 enero, 2026

Trump y su doctrina Donroe; a ponernos las pilas

Faljoritmo/Jorge Faljo

En su estrategia de seguridad nacional Trump anunció una doctrina Monroe reforzada, bautizada como “doctrina Donroe” y que se sintetiza en su advertencia: “No vamos a permitir que el hemisferio occidental sea una base de operación para los adversarios, competidores y los rivales de Estados Unidos”.

Interpretemos. Por base de operación no se entienden instalaciones militares, sino todo aprovechamiento de recursos valiosos para el bienestar de Estados Unidos, que pueden ser petróleo, tierras raras, o café o plátanos o lo que se le ocurra. Lo segundo a entender es que busca impedir que esos recursos sean aprovechados no por enemigos declarados, sino por rivales, adversarios o, simplemente, competidores. Una categoría en la que caen tanto China, Rusia o Irán, como países aliados de Europa; es decir, todos.

La doctrina Donroe da pie, dicho de manera sencilla, a una tercera fase imperial. En la primera fase las potencias europeas se apropiaron de territorios en África, Asia y América que administraron directamente con un pretexto “civilizador”. En la segunda modalidad imperial y de acuerdo con el reciente discurso del notable profesor y economista Jeffrey Sachs ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, Estados Unidos instrumentó más de 70 golpes de estado y cambios de régimen durante el siglo pasado. Los pretextos usuales fueron el combate al comunismo, la defensa de los derechos humanos y la instauración de un régimen democrático.

Trump ha inaugurado una tercera modalidad imperial en Venezuela que le representa limitaciones y ventajas. Prometió ser el presidente de la paz, asegurando que no comprometerá a Estados Unidos en otra “guerra eterna” con derramamiento de sangre de sus soldados. No habrá un nuevo Vietnam, Irak o Afganistán. Apoya las guerras de terceros, como la de Ucrania contra Rusia, o el genocidio de Israel contra el pueblo palestino, pero declara que no son sus guerras. Lo que es falso, pero le funciona políticamente.

Limitado por su entorno político Trump se ha especializado en micro guerras de pega y corre. Bombardeó a los Huties de Yemen y se retiró ante la amenaza de un daño a sus buques; atacó brevemente a Irán en apoyo a Israel; lanzó misiles en Nigeria, y ahora atacó a Venezuela y secuestró a su presidente en otra micro guerra de un día. Trump presume que no hubo muertos norteamericanos y que todas sus micro guerras han sido victoriosas.

Se señala que Trump no derribó al chavismo, y que el régimen supuestamente espurio sigue al frente del país; que el ejército sigue intacto. Para unos esto significa una tarea no acabada e impulsan la invasión; para otros es un triunfo venezolano. Ambos señalamientos parten de una base falsa; es la óptica de la anterior modalidad imperial en la que Estados Unidos, supuestamente, promovía la democracia, los derechos humanos, y combatía al comunismo. A Trump todo eso no le importa; con descaro anuncia que lo que quiere es el petróleo venezolano. Su óptica es la extorsión.

Una buena y una mala. La buena es que Trump no invadirá Venezuela, no creará un nuevo Vietnam y evitará derramar sangre norteamericana. La mala es que para apoderarse de los recursos de un país no necesita invadirlo ni promover los derechos humanos o la democracia. Basta bloquear su comercio y sus transacciones financieras, apoderarse de sus reservas internacionales o congelarlas. Su bloqueo a Venezuela ha incluido asesinatos, actos de piratería y, en el extremo, la incautación de un buque ruso.

El viernes en una reunión con ejecutivos de la industria petrolera Trump anunció que como una muestra de respeto Venezuela le regaló 30 millones de barriles de petróleo con un valor cercano a los 4 mil millones de dólares. Este petróleo y el que se extraiga en el futuro será vendido en el mercado y parte del ingreso será para Venezuela. Invitó a los ejecutivos petroleros a invertir 100 mil millones de dólares en la extracción de petróleo en Venezuela y en los próximos días Trump determinará quienes y cómo habrán de participar. Sin embargo las petroleras no se comprometieron y pidieron mayores seguridades legales y de operación.

Apenas en noviembre pasado se ordenó judicialmente la venta forzada de Citgo Petroleum, propiedad de Venezuela, a Elliott Investment Management, un fondo usualmente calificado como buitre. La operación que el gobierno venezolano calificó como “el robo del siglo” significa que tres refinerías especialmente adaptadas al petróleo pesado de Venezuela quedan en manos de un conjunto no muy transparente de nuevos inversionistas que ¿casualmente? hicieron una inversión que en las nuevas condiciones les rendirá enormes ganancias.

Con los ingresos que Trump le asigne, Venezuela podrá comprar únicamente productos norteamericanos aprobados; por ejemplo alimentos, medicinas o mejoras a la red eléctrica y a la industria petrolera. De este modo Estados Unidos tendrá el control total de la economía de Venezuela sin necesidad de invasión terrestre, cambio de régimen o derramamiento de sangre de sus soldados.
Venezuela fue en los años ochenta del siglo pasado el país más rico de América Latina; sus ingresos petroleros enriquecieron a una minoría y convirtieron al país en comprador de todo tipo de importaciones.

El Chavismo acabó con la corrupción oligárquica previa y reorientó los ingresos del petróleo en favor de la mayoría mediante transferencias y programas sociales. Hubo una importante mejoría del bienestar popular… pero, lamentablemente, basado en más importaciones.

La izquierda chavista acentuó la fragilidad de fondo de la economía venezolana. La riqueza petrolera se tradujo en dólares baratos e importaciones que destruyeron la producción interna. En tales condiciones Venezuela no tuvo la menor capacidad para enfrentar el bloqueo financiero y comercial que le impuso Estados Unidos desde, por lo menos 2013. El derrumbe fue estruendoso.
Ahora, si funciona el plan de Trump, Venezuela dependerá de las migajas que le asignen de su propia producción petrolera. Cierto que falta conocer la respuesta del gobierno y, sobre todo, del pueblo de Venezuela, pero sin la mínima autosuficiencia estratégica es difícil augurar un buen resultado.

Trump ha hecho amenazas explicitas a México, Colombia, Nicaragua, Groenlandia y Cuba. No le temblará la mano para provocar la hambruna en Cuba o un desplome socioeconómico abismal en cualquier otro lugar.

Para México la lección es clara; décadas de globalización y “libre comercio” nos dejan también en una situación frágil. Lo que urge, sin confrontaciones retóricas, es construir autosuficiencias estratégicas. El primer paso es reorientar las transferencias sociales al consumo de productos locales, regionales y nacionales; reconstruir CONASUPO como un amplísimo sistema de compra – venta de bienes básicos.

Implica que la correcta y digna posición gubernamental se traduzca en medidas defensivas; reorientar el esfuerzo a producir para nosotros.

Facebook
Twitter
WhatsApp

DESTACADAS