Se atribuye a Esquilo, dramaturgo de la antigua Grecia, haber dicho que la primera víctima de la guerra es la Verdad. Lo que implica que la Mentira o desinformación se convierte en actor central de todo conflicto. No solo de un conflicto vivo, sino de la preparación del conflicto, se trate una disputa comercial o de la aniquilación del contrario.
Viene a la memoria la supuesta posesión de armas de destrucción masiva por Irak, pretexto que permitió ante la opinión pública norteamericana y mundial desatar una guerra en invasión que costo cientos de miles de vidas y el hundimiento en la miseria de millones. Y no existían tales armas. En el acoso mediático destaca la descalificación del contrario sea ridiculizándolo, pintándolo de inepto, o declarando que es la encarnación del mal.
Renee Nicole Good, la ciudadana estadounidense, de raza blanca, asesinada por un agente migratorio en Minnesota es ahora descalificada como una agitadora pagada que obstruyó la operación de los agentes migratorios “buenos” que cumplían con su deber.
Trump es experto en poner apodos denigrantes. A Biden lo llamó dormilón, de Kamala Harris la vicepresidenta dijo que era deficiente mental; a Trudeau, primer ministro de Canadá lo llamaba “gobernador” dando a entender que ese gran país era un estado más de la Unión Americana. Las acusaciones pueden ser peores; de Maduro, el presidente de Venezuela se dijo y repitió hasta el cansancio que era líder de una organización narcoterrorista que, tras su secuestro, se aclaró que no existía.
Los ataques mediáticos juegan un papel fundamental en los conflictos políticos, en los comerciales y en la preparación y operación de ataques violentos. Buscan deslegitimar el liderazgo, incentivar y ampliar fracturas internas, elevar la incertidumbre y provocar desgaste sicológico y económico en el adversario.
La mera reproducción acrítica, tipo corta y pega, de los mensajes de las grandes agencias noticiosas puede convertir a los medios internos (periódicos, radio, YouTube y otros) en cómplices relativamente “inocentes” de la arremetida deslegitimadora. Por ejemplo cuando repiten que los buques incautados en torno a Venezuela eran parte de una flota “sombra” o clandestina, que llevaban petróleo “sancionado” que los asesinados eran narcoterroristas. Ese vocabulario le da un aire legitimidad a acciones que según el derecho internacional son meros actos de piratería, o criminales.
En México, como en todo el mundo se contraponen narrativas sobre lo que ocurre en Venezuela, en Gaza, en Ucrania y al interior de los Estados Unidos. Ahora se ha iniciado una arremetida mediática fuertemente agresiva que busca deslegitimar al gobierno de México.
El 11 de enero el Wall Street Journal publicó un artículo de la influyente periodista, miembro de su consejo editorial, Mary Anastasia O’Grady titulado ¿Deriva México hacia Venezuela? El subtítulo dice que la presidenta Sheinbaum destruye las instituciones democráticas y se acerca a Cuba. Afirma que la oposición al ataque a Venezuela es una manera de la presidenta de ocultar sus fracasos; la califica de “ideóloga de extrema izquierda”; dice que su partido político hizo trampa electoral; y que la aplicación de la ley en México se encuentra en riesgo. Como en toda arremetida se sustenta en algunos hechos reales, seleccionados para presentar un panorama incompleto y sesgado.
Finalmente el artículo llama a que los mexicanos recuperen el pluralismo y la libertad que han perdido ante el populismo. Es un fuerte y descarado ataque a la legitimidad del gobierno mexicano al que hay que darle importancia porque quien lo firma y el diario que lo publica representan intereses poderosos e incluso podrían ser voceros de Trump. Establece la pauta a seguir en los medios afines de los Estados Unidos y de México.
He criticado en otras ocasiones la estrategia económica de México. Pero en este caso hay que reconocer que la presidenta Sheinbaum y los representantes mexicanos ante la ONU y la OEA han sido dignos defensores de la legalidad internacional y de la soberanía nacional. Sin embargo a Trump la legalidad y la soberanía de México lo tienen sin cuidado. Sus ataques buscan erosionar la legitimidad del otro a manera de preparación de exigencias desmedidas, la aplicación de aranceles o sanciones, o incluso acciones aún más agresivas.
Un problema importante es que el poder descarado se legitima a si mismo ante buena parte de la opinión pública. Se alaba el secuestro de un presidente no porque fuera legal, sino porque demuestra eficacia militar. El peor enemigo del poder bruto es el fracaso y Trump es cuidadoso de golpear y correr, o de cambiar de posición cuando corre el riesgo de una aparente derrota.
¿Es posible enfrentar al poder en el plano de la legitimidad? No para vencerlo, sino para descalificarlo y de ese modo obstaculizar su operación. Si, con ingenio. En México tuvimos una batalla mediática histórica que demuestra esa posibilidad.
El 1 de enero de 1994, entró en vigor el TLCAN y el gobierno y los medios estaban en el jolgorio de la supuesta entrada de México al primer mundo. Pero en el sur ese mismo día se levantó en armas el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional – EZLN. Mientras el Estado celebraba modernización EZLN denunciaba exclusión. Hubo combates, bombardeos, muertos y heridos, pero el 11 de enero hubo movilizaciones masivas en la Ciudad de México exigiendo un alto al fuego. Nunca antes en una manifestación de este tipo habían participado contingentes de monjas. La marcha de una gran diversidad de sectores sociales quebró la legitimidad del uso de la fuerza.
El EZLN entendió que no podía ganar en el campo militar, pero si defenderse en el plano de la legitimidad y que esto podía ser más importante que el control territorial. La lucha continuó en el plano de mediático, literario, y de la legitimidad y no en de la legalidad y el uso de la fuerza.
La figura del Subcomandante Marcos fue decisiva; empleando la ironía, el sarcasmo, la buena literatura, el sentido del humor y la humildad, enfrentó al gobierno que recurría a comunicados rígidos, burocráticos, técnicos. Ante la población la lucha indígena ganó en visibilidad, dignidad y voz para denunciar su exclusión.
Dos ejemplos de ingenio destacan. Ante el riesgo de la distracción global por un evento deportivo fuera aprovechada para un ataque militar, los zapatistas convocaron a un “Encuentro intergaláctico” con invitados destacados que llegaron de todo el mundo.
Más adelante anunciaron la llegada a la Ciudad de México de una delegación zapatista. Durante semanas se discutió en los medios si llegarían armados, sin eran un peligro, si se les debería permitir la entrada. Finalmente llegó la delegación zapatista integrada por la Comandante Ramona, una frágil mujer indígena que agonizaba de cáncer y que fuera de una declaración aprendida en español solo habló en tzotzil y se retiró a los cuidados paliativos de un hospital. Cómo símbolo ético y de legitimidad moral era una gigante imposible de aprehender y reprimir; su recorrido por la ciudad fue muy aclamado por la población.
En esta lucha mediática el EZLN volvió ilegitimo el uso de la fuerza sin necesidad de confrontarla; impidió la escalada y su destrucción. El Estado se vio obligado a negociar con el EZLN, pero esa es otra historia.
Reconozcamos que se inicia una arremetida deslegitimadora contra el Estado mexicano y que no basta enfrentarla con dignidad y llamados a la legalidad. Habrá que dar la batalla atacando la legitimidad de los ataques. Hay mucho material para ello; dentro de los Estados Unidos el gobierno de Trump se encuentra en rápida pérdida de legitimidad y eso mismo genera mucho material aprovechable. Hay que recurrir al ingenio, la caricatura, la ironía, el sarcasmo y, también la buena palabra que dentro de México, entre los amigos chicanos y entre la población norteamericana detenga la agresión.




