18 enero, 2026

18 enero, 2026

Un caballero de aquellos

EL FARO/FRANCISCO DE ASÍS

El olor del café, a veces, no despierta el cuerpo sino la memoria. A mí me transporta, sin previo aviso, a la infancia, a mis abuelos. Hoy me llevó hasta mi abuelo materno. No regresa su voz ni su figura entera; aparece, en cambio, su manera de estar con los demás. Su trato. Esa cortesía que hoy parece una rareza y que entonces era simplemente su forma de caminar por el mundo.

Mi abuelo no tuvo una gran educación académica, pero poseía algo que no se enseña en ningún aula: un código profundo de respeto por los otros. Nunca lo escuché decir una grosería, jamás levantar la voz, ni siquiera cuando discutía. Era norteño, sí, pero la firmeza nunca le quitó la delicadeza. Sabía hacerse escuchar sin imponerse. Su autoridad no nacía del miedo, sino de la congruencia.
Cedía el paso, ofrecía el asiento, ayudaba a sentarse a las damas, escuchaba sin interrumpir y solo entonces opinaba. En la conversación no competía por tener la razón; buscaba entender. A mi abuela —y a cualquier mujer— la trataba con una mezcla de atención y consideración que hoy resulta casi ceremonial. “Señora”, “señorita”, “usted”. No era rigidez ni nostalgia: era cuidado, reconocer al otro como alguien digno de atención plena.

Al caminar por la calle, se colocaba del lado externo de la banqueta para proteger, no dominar, sino acompañar. Usaba sombrero y sabía cuándo quitárselo: al entrar a un lugar cerrado, al saludar a una dama, incluso en la calle. Pedir las cosas “por favor”. Gestos pequeños, casi invisibles, pero constantes. En esos detalles se construía el respeto que los demás le tenían.

Nunca presencié un exabrupto. Las diferencias se hablaban. Entre él y mi abuela existía un lenguaje silencioso, hecho de miradas y pausas, donde ambos sabían hasta dónde podían ceder y dónde no, sin herirse ni humillarse. No todo se decía, pero todo se entendía.
No sé si todos los hombres de su generación eran así, pero muchos de los que conocí lo parecían. Ese trato amable —tan sencillo y tan poderoso— ayudó a sobrellevar tiempos difíciles. Generaba comunidad, confianza, solidaridad. Hacía que la vida fuera menos áspera y que el respeto no tuviera que exigirse, porque se ofrecía primero.

Hoy el paisaje es distinto. En una plática familiar se escuchan groserías lanzadas con naturalidad, sin importar edades ni géneros. Se empuja para ganar un asiento, se ocupa el cajón para discapacitados “solo un momento”, se acelera ante la luz amarilla como si llegar primero eliminara los riesgos. La prisa parece haberse vuelto una excusa para imponerse y sacar ventaja.

Y se ha sumado algo más: la distracción permanente. Hablamos mirando una pantalla, escuchamos a medias, respondemos sin haber atendido. Interrumpimos a quien está frente a nosotros por alguien que no está. El celular nos roba la presencia y, sin darnos cuenta, también la cortesía. Estamos cerca, pero ausentes; juntos, pero desconectados.

Pareciera que vivimos una especie de renacimiento del macho alfa: el que impone, el que no cede, el que cree que tener razón es más importante que tener consideración. Mandar, ganar, pasar primero. Demostrar fuerza atropellando, como si la autoridad se midiera por el volumen de la voz y no por la serenidad del trato.

Pienso entonces en mi abuelo y en tantos como él, y me pregunto si no hemos confundido firmeza con rudeza, autoridad con grito, libertad con descuido. Tal vez el verdadero poder —el que deja huella— no está en imponerse, sino en tratar bien. En escuchar. En ceder el paso. En mirar a los ojos y estar realmente presentes.

Porque al final, la forma en que saludamos, escuchamos, cedemos o ignoramos no es un detalle menor: es una declaración cotidiana de quiénes somos como sociedad. La prisa explica parte del problema, pero no lo justifica todo. Lo que verdaderamente nos aleja de la civilidad es el trato áspero, la palabra grosera, la rudeza con la que aprendimos a relacionarnos sin pensar en el otro.

Nos hemos acostumbrado a imponer en lugar de dialogar, a confundir carácter con agresividad. Esa lógica —la del más fuerte, la del que no cede, la del que no escucha— se repite todos los días en la calle, en la mesa y en la conversación. No nace solo de la urgencia, sino de una pérdida más honda: la del respeto como valor compartido.

Pienso entonces en mi abuelo y en tantos como él, y entiendo que su autoridad no nacía del miedo ni de la rudeza, sino del trato; de una manera serena de estar con los demás. Una firmeza silenciosa y una consideración que no debilita, sino que dignifica. El respeto, la amabilidad y la atención hacia el otro no solo ordenan la vida en casa o en la comunidad: también reducen la fricción y bajan el tono de los desacuerdos.

Hay que recuperar algo elemental: la convicción de que convivir exige cuidado. Y preguntarnos, con honestidad, no cómo queremos ser obedecidos, sino cómo queremos ser recordados.

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