23 enero, 2026

23 enero, 2026

Cuando la salud retrocede

RAZONES / MARTHA IRENE HERRERA

Hablar de salud en México no es un tema más. Es, quizá, el asunto que atraviesa a todos los demás. Sin salud no hay calidad de vida, no hay productividad ni estabilidad familiar. Todo lo demás —economía, seguridad, desarrollo— se vuelve secundario cuando el cuerpo falla.

La salud, además, no es un problema individual. Aunque la enfermedad se viva en soledad, sus efectos son colectivos. Se reflejan en hospitales saturados, en ausencias laborales, en gastos imprevistos y en hogares que deben elegir entre atenderse o subsistir.

Durante décadas, México construyó un sistema imperfecto, pero funcional. No era el modelo de Dinamarca ni el de Estados Unidos, pero sí uno que ofrecía cobertura, prevención y certezas mínimas. Enfermar no significaba, automáticamente, perderlo todo.

Los esquemas nacionales de vacunación fueron una de esas certezas. Gracias a ellos, varias enfermedades dejaron de ser una amenaza cotidiana y pasaron a formar parte de los libros de historia médica. Eran avances silenciosos, poco visibles, pero profundamente valiosos.

Quizá por eso no se notaron cuando comenzaron a debilitarse. La prevención rara vez genera aplausos; su éxito consiste precisamente en que nada ocurra. Y cuando nada pasa, parece fácil asumir que ya no es necesaria.

Sin embargo, ese pasado que se creía superado comienza a regresar. Y lo hace de manera inquietante, recordándonos que la salud pública no admite descuidos prolongados.

El resurgimiento de padecimientos como el sarampión o la poliomielitis no puede leerse como un accidente aislado. Son señales de alerta que apuntan a fallas acumuladas, a decisiones postergadas y a una vigilancia que perdió fuerza.

El sarampión apareció primero en grupos específicos, como algunas comunidades menonitas, pero pronto dejó de ser un fenómeno contenido. La poliomielitis, erradicada oficialmente desde 1991, volvió al discurso sanitario no como recuerdo, sino como riesgo.

No se trata de enfermedades que surgieron de la nada. Regresan cuando bajan las coberturas de vacunación, cuando se relajan los controles y cuando la prevención deja de ser prioridad. Las defensas colectivas no se pierden de golpe; se erosionan poco a poco.

El caso del gusano barrenador del ganado amplía la reflexión. Aunque no afecta directamente a las personas, sí golpea la economía, la producción y la estabilidad de regiones enteras. Su retorno evidencia que el problema va más allá del sector salud.

Cuando una plaga o una enfermedad controlada reaparece, la pregunta no es solo sanitaria. Es estructural. ¿En qué momento se rompió la cadena que protegía a la población y a sus actividades productivas?

¿Fallaron los esquemas de vacunación? ¿Se debilitó la vigilancia epidemiológica? ¿Se dejó de invertir en prevención porque no ofrecía beneficios políticos inmediatos? Son preguntas incómodas, pero necesarias.

Tal vez no haya una sola respuesta ni un solo responsable. Lo que hay es una suma de omisiones, recortes, desorganización y pérdida de continuidad en políticas públicas que exigían constancia y visión de largo plazo.

La salud pública no admite retrocesos sin consecuencias. Cada enfermedad que regresa es una advertencia clara: lo que se descuida se pierde. Y recuperar la confianza, la protección y la salud colectiva suele ser mucho más costoso que haberlas cuidado a tiempo.

Contacto: madis1973@hotmail.com

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