El Foro Económico Mundial de Davos ha sido el espacio de un encuentro anual entre lo más grandes empresarios y más importantes políticos occidentales. En él se construían consensos sobre el rumbo del planeta, se acordaban grandes negocios, se coordinaban economía y política. Las diferencias se cubrían con las fórmulas habituales: orden internacional basado en reglas; comercio abierto; libre flujo financiero; democracia, y derechos humanos.
Hace unos días ese lenguaje dejó de funcionar. Fuera de Trump los lideres occidentales evitaron el debate frontal pero hablaron desde diagnósticos que ya no estaban alineados entre sí y plantearon salidas incompatibles. Lo que eran meras fisuras se han ido haciendo más grandes hasta estallar como fracturas que en Davos ocuparon el primer plano. Los más notorios discursos, los de los países lideres ya no pudieron, o no intentaron ignorar que las reglas y valores a los que se les rendía acatamiento, real o fingido, dejaron de operar.
Trump habló durante hora y media en su presentación y posterior entrevista. Hizo un discurso errático, delirante, donde el eje del discurso fue lo mucho que Estados Unidos ha hecho por los otros. Mediante la OTAN ha protegido al mundo; Israel mismo, su más cercano aliado, no debería presumir su escudo protector antimisiles porque el mérito es de los Estados Unidos. Estados Unidos podría haberse apropiado Groenlandia en la segunda guerra mundial pero no lo hizo y Dinamarca debería estar agradecida. Canada no podría vivir sin su vecino del sur y debería estar agradecido. Se proclamó como el campeón que logró detener ocho guerras internacionales y su ataque a Irán eliminó una amenaza global. Reclamo lo malagradecido que es el mundo ante lo mucho que le debe al poder protector y la benevolencia norteamericana.
El discurso de Trump estuvo plagado de absurdos y delirios. En cuatro ocasiones mencionó a Islandia en evidente confusión con Groenlandia y en otro momento equivocó déficit con superávit. En nueve ocasiones mencionó a los molinos de viento como una estafa ecológica que mata a los pájaros y arruina el paisaje y en la que han caído muchos países. Anunció que bajaría el precio de los medicamentos en Estados Unidos hasta en un 800 por ciento. Relató que le exigió a Macron que duplicara o triplicara el precio de los medicamentos en Francia y, bajo la amenaza de imponerle un arancel de 25 por ciento a sus vinos, este último supuestamente aceptó. Presumió también el alza o baja de aranceles a capricho, incluso porque alguien le habló feo.
No obstante, Trump lanzó una buena noticia, dijo que a pesar de que no habría manera de detener su fuerza militar, no invadiría Groenlandia y no impondría los aranceles anunciados para ocho países europeos que se solidarizaron con Dinamarca, la dueña de la isla. Algunos dicen que la oposición europea lo contuvo. Hay otra explicación posible. Un día antes había caído el índice de precios de la bolsa de valores de Nueva York ante temor al conflicto con Europa. Y esa caída, que podía empeorar, le pega en el bolsillo, donde más duele, a los inversionistas financieros milmillonarios. Entre los cuales se encuentra el mismo Trump y su familia.
La invasión disfrazada de compra de Groenlandia por parte de Estados Unidos era motivo de fuerte desasosiego entre los aliados occidentales. Y de burla disimulada para otros. Desde Rusia Putin anunció su total indiferencia ante la amenaza y recordó que Rusia le vendió Alaska a los Estados Unidos. Basado en el precio al que la vendió y el tamaño del territorio, Putin calculó el precio adecuado para la compra de Groenlandia y lo fijó entre 158 millones de dólares de acuerdo a la evolución de la moneda o mil millones si se basaba en el precio actual del oro. El sarcasmo, era evidente.
Anunciar que no invadiría fue una noticia realmente buena. Pero no aminora el problema de fondo. Trump planteó como eje de su política económica la reindustrialización de los Estados Unidos vía el proteccionismo arancelario y esa ruta no funciona, el fracaso es evidente. Tampoco cuenta con la plataforma de población educada (ingenieros y científicos) que sustente su liderazgo tecnológico. Estados Unidos pierde competitividad y se rezaga frente a China y los países BRICS. Lo que le queda como alternativa, en la visión de Trump, es la extorsión generalizada, la apropiación por la fuerza de recursos ajenos, la destrucción del orden internacional y la prepotencia desatada. No es sin embargo solución de fondo y, a pesar de la contención en el caso de Groenlandia, no hay duda de que sus apetitos imperiales delirantes, seguirán siendo una amenaza dondequiera que Trump sienta que hay fragilidad y no encuentre limites externos o internos.
Un segundo discurso muy relevante fue el de Macron, presidente de Francia, que fue muy claridoso en su diagnóstico. Su visión es que el mundo se hace inestable; crece el autoritarismo y se deterioran la democracia y el orden jurídico internacional. Las instituciones internacionales se debilitan o son de plano abandonadas por actores clave. Sin una gobernanza colectiva efectiva la cooperación es substituida por una competencia implacable y la imposición de aranceles inaceptables que buscan abiertamente debilitar y subordinar a Europa, o peor aún, que se emplean como instrumentos contra la soberanía territorial. Las referencias a Trump fueron claras aunque no lo mencionó.
Macron se opone a la nueva prepotencia pero su diagnóstico no desemboca en una nueva salida. Implícitamente, considera que simplemente hay que regresar al orden global anterior. Un orden que permitió destruir Libia, Somalia, Siria, Sudan, Yemen, Irak, atacar Irán, Líbano y Venezuela, y que es cómplice del genocidio. Pero que ahora, para sorpresa suya y de toda Europa, deja de existir y los expone a lo que denuncia como una arbitrariedad antes inimaginable. Tal vez entre los más sorprendidos se encuentre Dinamarca que como el resto de Europa apoyó abiertamente el ataque a Irán y ahora se encuentra en el papel de víctima.
¿Es posible regresar al orden global anterior? ¿Conviene al planeta ese retorno?
Tal vez la respuesta se encuentra en el contundente discurso del primer ministro de Canadá, Mark Carney. Dijo que no estamos en una transición sino en una ruptura; hay que dejar de invocar el orden internacional como si siguiera operando, eso es ser cómplices del engaño. En su visión las crisis financieras, sanitarias, energéticas y geopolíticas han dejado al descubierto los riesgos de lo que llamó integración global extrema. Sobre todo cuando recientemente las grandes potencias emplean esa integración como arma económica: las finanzas como coerción, las cadenas de suministro como vulnerabilidades explotables.
Cartney plantea reducir vulnerabilidades. La soberanía es la capacidad para resistir presiones. La prioridad para todo gobierno es construir una fuerte economía interna, invertir en capacidades propias, asegurar el abasto estratégico en energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro confiables. Al mismo tiempo también hay que diversificar las relaciones comerciales; crear una nueva red de conexiones. Convocó a las potencias medias del mundo a sumarse al nuevo rumbo del multilateralismo.
Habló con el ejemplo. Regresó de China con un acuerdo comercial mutuamente benéfico y señaló que está negociando acuerdos comerciales con India, Tailandia, Filipinas y otros. Plantea distintas coaliciones para distintos temas basadas tanto en valores como en intereses. Lo que llama realismo basado en valores.
Cartney plantea una tercera vía que podría ser el camino para la reconstrucción de una gobernanza internacional de nuevo tipo.




