El día de ayer escuché el programa de Primer Grado y, durante la conversación sobre lo ocurrido en la cumbre de Davos, Federico Rivaplacios lanzó una idea que me pareció luminosa en el sentido intelectual del término. Propuso entender el cambio de postura de Donald Trump frente a Groenlandia a partir de la teoría de juegos. La sugerencia activó algo inmediato. Pensar la política internacional como un tablero estratégico suele aclarar aquello que el ruido mediático vuelve confuso. Por esa razón quise hacer el ejercicio completo, con rigor, con claridad y con la ambición de volver comprensible una teoría que suele parecer abstracta.
La teoría de juegos parte de una idea simple. Los actores toman decisiones estratégicas anticipando la reacción de otros actores. Cada movimiento altera los incentivos, los costos y los beneficios futuros. En este marco, el caso Groenlandia deja de verse como un capricho extravagante y se convierte en un ejemplo casi de manual.
El primer paso consiste en identificar el tipo de juego. Aquí se trata de un juego de negociación secuencial, con información incompleta y costos de audiencia. Estados Unidos actúa como un jugador que mueve primero. Europa, entendida como una coalición que incluye a Dinamarca, la Unión Europea y la OTAN, responde. En paralelo operan restricciones duras. Opinión pública y mercados financieros modifican los pagos reales de cada estrategia.
El activo en disputa jamás fue la bandera sobre el territorio. Desde la lógica estratégica, el verdadero valor de Groenlandia reside en los flujos que produce. Proyección militar, control del Ártico, radares, logística, disuasión frente a Rusia y China. En teoría de juegos esto importa mucho. Un activo divisible permite separar soberanía de derechos de uso. Cuando esa separación existe, la negociación cambia por completo.
Trump inició el juego con una demanda maximalista. Anexión implícita, retórica de fuerza, amenaza de coerción económica. Ese movimiento buscaba alterar el equilibrio inicial y obligar a Europa a ceder. Es una estrategia típica de anclaje. Pedir lo extremo para desplazar la ventana de lo posible.
El problema aparece en el siguiente nodo del juego. Para que una amenaza funcione debe resultar racional ejecutarla llegado el momento. Ahí es donde la teoría de juegos se vuelve implacable. La opinión pública estadounidense mostraba un rechazo amplio a cualquier uso de fuerza contra un aliado. Los mercados reaccionaban con castigo inmediato cada vez que la escalada parecía plausible. Europa comenzaba a coordinar respuestas asimétricas con instrumentos diseñados para golpear intereses específicos. En ese punto, ejecutar la amenaza dejaba de maximizar utilidad. La estrategia inicial dejaba de ser racional en términos secuenciales.
Europa observó esas señales y actualizó sus creencias. La probabilidad de que Estados Unidos escalara de verdad se redujo. En un juego dinámico, cuando el rival percibe un farol, la estructura completa cambia. El tablero se mueve desde un juego tipo chicken hacia un juego de negociación clásica.
Aquí ocurre el giro que se vio en Davos. Trump reformuló el objeto de la negociación. La discusión seguramente pasó de soberanía a acceso. De compra de territorio a derechos de uso. De anexión a bases, presencia ampliada y acuerdos de largo plazo. En teoría de juegos este movimiento tiene nombre. Es una reoptimización cuando el conjunto de estrategias viables se reduce.
El nuevo equilibrio resulta estable por varias razones. Estados Unidos obtiene casi todo el valor estratégico del activo sin pagar el costo político de una anexión. Europa preserva soberanía y evita un precedente explosivo. La OTAN mantiene coherencia interna. Los mercados reducen la prima de riesgo. La opinión pública tolera acuerdos de cooperación militar con mayor facilidad que aventuras territoriales.
Desde esta perspectiva, Trump jamás retrocedió en el sentido simple del término. Ajustó su estrategia cuando la estructura de pagos cambió. La teoría de juegos enseña algo fundamental. Las amenazas fallidas suelen producir acuerdos más eficientes. Cuando el costo de chocar supera el beneficio de ganar reputación, los jugadores racionales buscan salidas que preserven utilidad y reduzcan daño.
Por eso el resultado más plausible termina siendo la cesión de derechos para nuevas bases o para una presencia militar ampliada. Esa solución concentra el valor estratégico, minimiza costos de audiencia y permite a cada actor declarar victoria ante su público. La política internacional, vista desde este ángulo, deja de parecer errática. Se vuelve profundamente lógica.
A veces la mejor forma de entender un giro geopolítico consiste en dejar de preguntarse qué quiso decir un líder y empezar a calcular qué le convenía hacer. La teoría de juegos, aplicada con seriedad, ofrece exactamente esa lente.
¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA y el equilibrio del momento acompañan.
Placeres culposos: Semifinales de la NFL. Me gustaría que ganaran los Broncos y los Halcones Marinos, pero creo que el superbowl será Carneros contra Patriotas.
En música lo nuevo de Robbie Williams y Megadeth.
Churros con cajeta para Greis y Alondra.




