Se había levantado muy temprano. En realidad, no había dormido bien. Mientras se arreglaba para ir al trabajo, el nerviosismo le cerraba el estómago. Se preparó un café y apenas probó un pedazo de pan. Ese día probarían una nueva línea de producción.
Rosalinda tenía 28 años. Ingeniera, egresada con calificaciones de excelencia, había conseguido trabajo rápidamente. Era competente, brillante, propositiva. Sus recomendaciones daban resultados y la empresa crecía. Hasta que, poco a poco, cayó en las garras de las drogas. Primero marihuana los fines de semana. Luego entre semana. Después otras sustancias. El cristal terminó por atraparla.
El deterioro fue silencioso pero constante. Empezó a faltar, a fallar, a no cumplir. La relegaron y finalmente la despidieron. Se gastó la liquidación, contrajo deudas y terminó prostituyéndose para conseguir droga.
Un día pidió ayuda. Les habló a sus padres, Andrés y Marta, con una honestidad que dolía. Se sentía una piltrafa humana. La acogieron en casa. Rosalinda se encerraba en su cuarto, salía poco, buscaba trabajo por internet sin éxito.
Un psiquiatra evaluó el daño. Sorprendentemente, su cerebro no mostraba afectaciones graves. La recomendación fue clara: abstinencia absoluta.
Pronto comenzaron a desaparecer cosas: joyas pequeñas, el reloj de su padre. Rosalinda las vendía o empeñaba. Intentaron alejarla de la ciudad, luego del pueblo, hasta una ranchería aislada. Allí enfrentó el infierno de la abstinencia: depresión, ansiedad, alucinaciones, delirios, y ese deseo feroz de consumir.
Fueron meses durísimos. Bajó de peso, discutió con sus padres, intentó huir. No pudo. Lentamente empezó a mejorar. Don Andrés se enfurecía al escuchar en las noticias que el problema no era solo el narco, sino el consumo.
—¿Y cómo le hace uno cuando ya están enganchados? —repetía—. Afuera de la secundaria se la ofrecen a los chavitos y nadie hace nada.
Pasaron otros meses. Rosalinda seguía con altibajos, desorden, problemas de concentración. Aun así, se apoyó en herramientas digitales y mejoró su currículum. Un día llegó la llamada.
Una empresa mediana necesitaba a alguien para rescatar una línea de producción estancada desde hacía más de un año. Fernando, el gerente de planta, vio el CV y no le importaron los dos años sin trabajar. La contrató.
Rosalinda se volcó al proyecto. Sabía que sentirse inútil era una puerta peligrosa. Analizó la ingeniería, propuso cambios, venció resistencias.
Había tenido retos y obstáculos. Los jefes de mantenimiento y compras, José y Ramiro, le ponían trabas que no tenían sustento técnico. Le hablaban de sobrecostos urgentes para refacciones, de paros inevitables, de mantenimientos “especializados”. Rosalinda no lo aceptó. Revisó facturas, tiempos, bitácoras. Amenazó incluso con demandar a un proveedor por incumplimiento.
Fue entonces cuando notó algo más grave: paros injustificados, refacciones infladas, servicios cobrados y no realizados. Todo quedaba documentado. Se lo mostró a Fernando con datos claros.
—Voy a checar —respondió él, serio.
Llegó el día de la prueba. La línea arrancó con Fernando, José, el técnico de la maquinaria y don Ramón, el dueño. El equipo funcionó sin contratiempos. Tras una hora, Rosalinda iba a detenerlo.
—¡Espera! Déjala correr —ordenó don Ramón.
La línea siguió operando tres horas más. Don Ramón tomaba notas, hacía cálculos, revisaba costos. Al final levantó la vista:
—¿Es cierto lo que estoy viendo?
—Yo también estoy sorprendido —respondió Fernando—. Con los cambios de Rosalinda, no solo subió la productividad, también desaparecieron los “problemas” que antes frenaban la planta.
—Veinticinco por ciento más —dijo don Ramón—. Y sin paros. Ni sobrecostos.
Se acercó a Rosalinda y la miró fijamente:
—No solo salvaste el negocio. Nos abriste los ojos.
—Ustedes me salvaron la vida —respondió ella, con la voz quebrada.
En ese momento llegó el guardia de acceso.
—Don Ramón, hay unos señores afuera. Dicen que son policías.
Don Ramón asintió sin sorpresa. Mientras caminaba hacia la puerta murmuró:
—Se van a llevar a unos bribones.
Rosalinda entendió entonces que no todos los daños vienen de la droga. Algunos nacen de la corrupción que se normaliza, del abuso que se tolera y del silencio que protege.
Ella tuvo una segunda oportunidad. Muchos no la tienen. No porque no valgan, sino porque el Estado llega tarde, mira a otro lado o reduce el problema a discursos y operativos.
Mientras no se combata el consumo, la corrupción y la impunidad como un mismo sistema, seguiremos perdiendo talento, empresas y vidas. Y entonces ya no habrá rescates posibles. Solo ausencias.




