5 febrero, 2026

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Idalia

EL FARO/FRANCISCO DE ASÍS

Ignacio entró al bar en busca de un respiro del calor de la calle, que ya rebasaba los cuarenta grados. El lugar estaba poco concurrido. Se acercó a la barra, atendida por una mujer joven.
—¿Me das una cerveza y un vaso de agua con hielo, por favor? —pidió.

—Está haciendo mucho calor, ¿verdad? —respondió ella.
—Es un infierno.
—Yo acabo de llegar —dijo—. Venía en el carro de ruta; ya te puedes imaginar.
Le acercó el vaso de agua y, mostrándole una cerveza, preguntó:
—¿Esta está bien?

—Sí, nada más que esté bien fría.
—¡Qué bueno que ya llegaste, Idalia! —se oyó una voz al fondo del local.
Era un hombre que salía de una pequeña oficina.
—Voy a un mandado, ahorita regreso.
—¿Quién es? —preguntó Ignacio.

—Don Tomás, mi patrón. Llegué tarde hoy, pero es buena onda; me tolera los retrasos de cuando en cuando. Yo también le correspondo. Cuando necesita, me quedo una o dos horas más.
Hizo una breve pausa.
—Y hoy me quedé dormida.

—¿Te quedaste dormida? —dijo Ignacio—. Son las cuatro de la tarde.
—Sí, lo sé, pero estaba muy cansada. Anoche salí a la una, llegué a la casa a la una y media y todavía me puse a planchar los uniformes de mis niñas.
—¿Tus hijas? ¿Cuántas tienes?
—Dos. Son el centro de mi vida.

Se acomodó el cabello detrás de la oreja y continuó, como si relatar su rutina fuera algo cotidiano:
—Cuando llego en la madrugada preparo lo que haga falta. A las seis me levanto, las baño, las cambio, les hago el desayuno y el lonche, reviso rápido la tarea y las llevo a la escuela. Luego regreso, preparo la comida, limpio la casa… y entonces, me duermo un rato.

Sonrió con algo de resignación.
—Hoy no me gano el cansancio.
—¡Vaya vida tan intensa! —dijo Ignacio—. ¿Y el papá de las niñas?
—No estamos casados. Nos juntamos, pero cuando nació la segunda se fue. Nunca aportó nada para la casa, así que, viéndolo bien, fue mejor.

—Es admirable cómo llevas tu vida —comentó Ignacio—. Y todavía te falta un buen trecho hasta que puedan valerse por sí mismas.
—Sí, pero te voy a decir algo —respondió ella—: aunque es pesado, yo lo disfruto. Ellas le dan sentido a todo. No me importa quedarme veinticuatro horas sin dormir; luego me repongo. Atenderlas, estar con ellas, me hace muy feliz.
Bajó la voz.

—Ojalá pudiera pasar más tiempo con ellas, pero hago lo que puedo.
En ese momento, un hombre que había estado bebiendo desde que Ignacio llegó se acercó a la barra.
—Buenas tardes, Idalia. ¿Cómo estás? —dijo con una sonrisa torcida—. ¿Ahora sí te vienes conmigo? Te vas a ganar unos buenos pesos.
El gesto de ella cambió.
—No —respondió firme—. Ya sabes que conmigo no va eso. Y vete de aquí o le digo a don Tomás.
—Uy, qué delicada —murmuró el hombre, alejándose.
—Seguro te hacen propuestas así seguido —dijo Ignacio.

—Ya no tanto. Los que vienen seguido saben que yo no ando en eso. Algunos nuevos lo intentan… y Abelardo es muy latoso.
Lo miró con seriedad.
—No quiero que algún día mis hijas escuchen que su mamá se prostituyó.
—Haces bien.
—Antes de que nacieran —confesó—, yo parrandaba con su papá. Tomaba… y llegué a probar droga. Pero cuando supe que estaba embarazada de la primera, dejé todo. El alcohol también.
—Me pareces una mujer ejemplar —dijo Ignacio—. Tienes una vida dura por delante, pero vale la pena.

—No sabes cuánto valoro mi vida —respondió ella—. Si no fuera por mis niñas y por todo lo que tengo que hacer por ellas, quizá estaría perdida.

Sonrió, serena.
—Ellas son el regalo que me dio la vida para mantenerme de pie… y para ser feliz.
Ignacio terminó su cerveza en silencio. Afuera, el calor seguía apretando con la misma dureza, pero en la barra, detrás de aquella mujer cansada pero feliz, había algo distinto: una vida sostenida a pulso, sin aplausos ni atajos, con la dignidad intacta. Idalia siguió sirviendo, acomodando vasos, sonriendo. Al final del día volvería a casa, y ahí —lejos del ruido, del riesgo y de las tentaciones— la esperaban las dos razones que le daban el propósito a su vida.

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