8 febrero, 2026

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El peso del pasado

Arca de Noé/Pedro Alfonso García

Solo la claridad en las políticas sociales, una seguridad pública efectivamente garantizada y una narrativa capaz de sostener logros reales frente a la avalancha de desinformación pueden empezar a regular la crispación social que hoy atraviesa al país, una tensión alimentada por la polarización política y por los grupos que buscan acceder o aferrarse al poder.

Ese es el reto central para Claudia Sheinbaum, gobernar en un contexto donde la incredulidad es un estado de ánimo social, producto de décadas de malos gobiernos y de promesas que no se tradujeron en bienestar ni en seguridad cotidiana. Así se explica el fracaso de los partidos políticos y el descrédito de figuras políticas que arrastran un oscuro pasado y se empeñan en estar vigentes.

El sexenio de Andrés Manuel López Obrador dejó una herencia compleja en ese terreno, la estrategia de minimizar o eludir el problema de la inseguridad apostó más al discurso que al reconocimiento pleno de la crisis, lo que terminó por generar una brecha entre la narrativa oficial y la percepción ciudadana.

Aunque existieron esfuerzos y programas sociales de amplio alcance, la insistencia en minimizar la gravedad del fenómeno criminal terminó por erosionar la credibilidad institucional. Hoy ha quedado en claro que el miedo no desaparecerá por decreto ni la violencia se diluyirá con estadísticas aisladas, la memoria social es más persistente que cualquier mensaje político.

En Tamaulipas el problema tuvo un matiz distinto pero igual de corrosivo, durante años se abusó de la estructura legal del gobierno para construir un discurso de control y autoridad que derivó en prácticas autoritarias, sin que ello se reflejara en una mejora sostenida de la percepción ciudadana ni en cifras plenamente creíbles.

La legalidad se usó como escudo político y no como herramienta de reconstrucción institucional, el resultado fue un Estado rígido en el discurso y frágil en la confianza, donde la gente aprendió a desconfiar tanto de la propaganda como de los anuncios oficiales.

Hoy Américo Villarreal enfrenta una ecuación delicada, gobernar una entidad con indicadores de violencia menores a los de la década pasada, pero con una sociedad que aún carga el temor aprendido, la inseguridad dejó cicatrices que no se borran por arte de magia.

Garantizar seguridad implica más que reducir delitos, exige coherencia y una constante presencia del Estado, porque cualquier contradicción revive el recuerdo de los gobiernos que usaron el poder para imponer, no para proteger.

La desinformación prospera cuando la autoridad pierde claridad, por eso la narrativa no puede ser propaganda ni confrontación permanente, debe ser explicación, contraste y rendición de cuentas, solo así los logros pesan más que el ruido.

Sheinbaum y Villarreal comparten un desafío histórico, demostrar que aprendieron de los errores del pasado, si logran alinear políticas sociales visibles, seguridad sostenida y un discurso anclado en hechos verificables, la crispación social puede moderarse, si no, la incredulidad seguirá siendo la fuerza política más poderosa.

APARICIONES
De pronto comenzaron a aparecer en las calles de la ciudad personajes que aspiran a ser alcaldes o diputados, no dicen qué buscan, pero es evidente que algo quieren, los arranques son excesivos pero para pensar bien digamos que la ambigüedad es parte de la estrategia.
Ignoro quién está detrás de su marketing, aunque todo indica la mano de una vieja escuela, quizá priista, que recurre a herramientas que hoy se sienten excesivas, rígidas y en algunos casos francamente obsoletas.

Más allá de las formas, lo relevante es el relevo de rostros, empiezan a asomar perfiles jóvenes y tal vez sean mejor opción que otras figuras del pasado que atraviesan una fase complicada, ya sea por su desgaste político o por los excesos cometidos cuando ocuparon cargos en el servicio público.

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