8 febrero, 2026

8 febrero, 2026

La generación sin partido

En Tamaulipas, los nuevos votantes y quienes acudirán por segunda vez a las urnas en 2027 concentran un peso electoral decisivo; son un segmento joven, volátil y pragmático

POR NORA M. GARCÍA
EXPRESO-LA RAZÓN

CIUDAD VICTORIA, TAM.- En Tamaulipas, los nuevos votantes y quienes acudirán por segunda vez a las urnas en 2027 concentran un peso electoral decisivo; no son un bloque cautivo ni ideológico, sino un segmento joven, volátil y pragmático, cuya relación con los partidos, los programas sociales y el desempeño gubernamental puede definir elecciones cerradas en una entidad donde la diferencia entre ganar y perder suele medirse en puntos, no en mayorías amplias.

El análisis del voto joven rumbo a 2027 adquiere una relevancia particular cuando se observa desde Tamaulipas, un estado con competencia electoral real, alternancia reciente y márgenes históricamente ajustados; aquí, la conducta de los votantes de 18 a 25 años no solo acompaña tendencias nacionales, sino que puede amplificarlas o revertirlas, dependiendo del contexto local, del desempeño institucional y de la credibilidad de la oferta política en cada territorio

Los datos del padrón electoral permiten dimensionar el fenómeno; Tamaulipas supera los 2.8 millones de electores registrados y, de ellos, cerca de una cuarta parte corresponde a personas menores de 30 años; dentro de ese universo, el grupo de 18 a 24 años presenta uno de los crecimientos más dinámicos, impulsado tanto por jóvenes que votarán por primera vez como por quienes participaron en el proceso anterior y ahora enfrentarán su segundo ejercicio electoral, una etapa crítica en la formación del comportamiento político y en la consolidación o ruptura de preferencias.

La evidencia comparada en procesos recientes muestra un patrón consistente; el primer voto suele estar influido por narrativas dominantes, expectativas de cambio y climas emocionales, mientras que el segundo introduce evaluación, contraste y, en muchos casos, castigo; en Tamaulipas, ese tránsito ocurre en un entorno marcado por desafíos persistentes en materia de seguridad, un mercado laboral con alta informalidad juvenil y una desconexión estructural entre formación académica y empleo formal, particularmente entre jóvenes profesionistas.

De acuerdo con datos del INEGI, más del 56% de los jóvenes ocupados en Tamaulipas se encuentra en condiciones de informalidad; incluso entre quienes cuentan con estudios de nivel medio superior o superior, la inserción laboral suele darse sin prestaciones, estabilidad ni trayectorias de crecimiento, una realidad que contrasta con el discurso público de movilidad social y que pesa cada vez más en la evaluación que este segmento hace de gobiernos y partidos.

A diferencia de generaciones anteriores, el electorado joven tamaulipeco no construye su decisión a partir de identidades partidistas heredadas; su voto es menos doctrinario y más instrumental; prioriza perfiles con capacidad de gestión local, claridad en propuestas económicas y coherencia entre discurso y resultados; el carisma pesa menos que la percepción de eficacia, y la marca partidista dejó de ser garantía de lealtad automática, incluso en contextos de alta movilización.

En términos ideológicos, este grupo se mueve en un terreno híbrido; combina valores sociales progresistas como: derechos, igualdad y libertades con pragmatismo económico; no rechaza la intervención del Estado, pero exige eficiencia, continuidad y resultados medibles; no idealiza el mercado, pero tampoco justifica la ineficacia pública; esta lógica explica por qué sus decisiones electorales tienden a variar entre una elección y otra, especialmente cuando las expectativas generadas no se traducen en mejoras tangibles en ingreso, empleo o calidad de vida.

La relación entre juventud y programas de bienestar resulta central para entender este comportamiento; entre octubre de 2024 y junio de 2025, el Gobierno federal reportó más de 104 mil millones de pesos ejercidos en becas educativas, beneficiando a 13.6 millones de estudiantes en todo el país; en educación media superior, la cobertura alcanzó a más de 4.2 millones de jóvenes, mientras que en educación superior programas como Jóvenes Escribiendo el Futuro concentraron a más de medio millón de beneficiarios; en Tamaulipas, esta red de apoyos tiene una presencia significativa, particularmente en zonas urbanas y semiurbanas.

Sin embargo, el impacto electoral de estos programas no es automático; para una parte creciente de jóvenes, el apoyo económico ha dejado de percibirse como un favor político y se asume como un derecho adquirido; cuando el beneficio se mantiene sin mejoras, sin ampliación de cobertura o sin un puente real hacia el empleo formal, su capacidad de generar lealtad se diluye; el voto se vuelve condicionado, evaluativo y, en algunos casos, abiertamente crítico frente a quienes no logran traducir el gasto social en oportunidades sostenibles.

Las encuestas de cultura cívica refuerzan esta lectura; aunque más del 90% de la población mayor de 18 años cuenta con credencial para votar, poco más del 22% reporta participación en actividades públicas fuera de los procesos electorales; entre los jóvenes, esto se traduce en una relación intermitente con la política, activada por coyunturas específicas más que por militancia sostenida, lo que incrementa la volatilidad electoral y reduce la efectividad de las estrategias tradicionales de movilización partidista.

En Tamaulipas, esta volatilidad se refleja en la dispersión de preferencias; el partido gobernante a nivel federal conserva una ventaja relativa entre jóvenes beneficiarios de programas sociales y en segmentos de menor escolaridad, pero dicha ventaja se reduce conforme aumenta el nivel educativo y entre las mujeres jóvenes, donde crece el voto independiente y la disposición a alternar; el PAN mantiene presencia en zonas urbanas y entre jóvenes de clase media, mientras que Movimiento Ciudadano ha logrado posicionarse como opción simbólica entre universitarios, aunque sin consolidar una base mayoritaria; el PRI, por su parte, enfrenta mayores dificultades para conectar con nuevos votantes, especialmente entre quienes no vivieron su etapa de hegemonía.

Este comportamiento convierte al voto joven tamaulipeco en un factor de quiebre; no construye mayorías absolutas, pero define diferenciales; no suma por inercia, sino que redistribuye; no vota por tradición, sino por evaluación; en un escenario de contiendas cerradas, su peso resulta suficiente para inclinar el resultado y modificar el equilibrio político local.

Hacia 2027, la clave no estará únicamente en movilizar estructuras, sino en interpretar expectativas; quien logre ofrecer certidumbre económica, resultados medibles y una narrativa creíble para este electorado evaluativo joven tendrá una ventaja silenciosa pero decisiva; quien lo ignore, apostará a un electorado que ya no existe y a lealtades que dejaron de ser estables. La elección que viene no será solo un ejercicio de continuidad o alternancia; será una prueba de lectura generacional; el voto joven en Tamaulipas no grita, no milita y no se conforma, observa, compara y decide; ahí, en ese silencio estadístico que muchos subestiman, se está jugando buena parte del tablero político rumbo a 2027.

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