CIUDAD VICTORIA, TAM.- El Partido Acción Nacional en Tamaulipas atraviesa uno de los episodios más críticos de su historia.
Desde octubre pasado, cuando Luis René Cantú Galván concluyó formalmente su periodo al frente del Comité Directivo Estatal, la organización permanece en una especie de limbo institucional que refleja el momento que vive tras años de resultados electorales catastróficos
La ausencia de una convocatoria por parte del Comité Ejecutivo Nacional para renovar la dirigencia estatal ha desatado una oleada de inconformidad entre la base panista, que se ha organizado para exigir que se respeten los mecanismos democráticos internos que el propio partido ha ignorado sistemáticamente.
La presión de la militancia panista representa un punto de inflexión en la dinámica interna del partido en Tamaulipas. Más de tres mil militantes —específicamente 3,042 de un padrón total de 9,602— formalizaron mediante un oficio dirigido al presidente nacional Jorge Romero Herrera su exigencia de que la renovación del Comité Directivo Estatal se realice mediante voto directo de todos los militantes, y no a través de un proceso cerrado limitado a consejeros, como ha sido la práctica reciente.
El documento enviado a la dirigencia nacional invoca el artículo 73, inciso e), de los estatutos partidistas, que establece como método ordinario para elegir la dirigencia estatal precisamente el voto directo de la militancia
La exigencia no es caprichosa. Los militantes argumentan que Acción Nacional, como organización que históricamente se ha presentado ante la sociedad mexicana como defensora de los valores democráticos, tiene la obligación de mantener congruencia entre su discurso público y sus prácticas internas. “Acción Nacional como precursor de la democracia en México, se encuentra obligado a mantenerse firme y leal a sus fundamentos”, señala el documento, en una frase que suena tanto a recordatorio como a reclamo. El contexto temporal añade urgencia a esta demanda.
En septiembre de 2027 iniciará el proceso electoral para renovar alcaldías y el Congreso Local, y en 2028 se elegirá gobernador. La militancia es consciente de que sin una dirigencia legítima, surgida de un proceso democrático real y no de componendas cupulares, las posibilidades de recuperación electoral del partido son prácticamente nulas
EL DESASTRE DE LUIS RENÉ CANTÚ
Para entender la magnitud de la crisis actual del PAN tamaulipeco es indispensable analizar los resultados electorales obtenidos durante los dos periodos de Luis René Cantú Galván al frente de la dirigencia estatal.
Los números son elocuentes: bajo su liderazgo, el partido experimentó el colapso más severo de su historia, pasando de ser la fuerza política dominante en el estado a convertirse en una organización marginal, sin presencia sólida en los municipios que concentran el poder político y económico de Tamaulipas.
El punto de partida para evaluar la gestión de Cantú es 2016, cuando el PAN alcanzó su momento de mayor poder histórico en Tamaulipas. La victoria de Francisco Javier García Cabeza de Vaca en la gubernatura no solo significó la alternancia después de décadas de hegemonía priísta, sino que vino acompañada de un triunfo arrasador en el ámbito municipal y legislativo: 24 ayuntamientos y 20 diputados en el Congreso local.
Era el momento de consolidar un proyecto político de largo plazo. Sin embargo, apenas dos años después, en 2018, Morena ganó sus primeras cinco alcaldías en el estado, incluyendo dos estratégicamente importantes: Matamoros y Ciudad Madero. Fueron las primeras señales inequívocas de que el proyecto panista se desmoronaba con una rapidez inusual.
El gobierno de García Cabeza de Vaca, que había llegado con un “bono democrático” altísimo, mostró signos de desgaste político tan acelerado que resulta difícil encontrar precedentes comparables. Luis René Cantú asumió la dirigencia estatal del PAN en 2019, en medio de este deterioro evidente. Su primer periodo al frente del partido (2019- 2022) no solo no detuvo la caída, sino que la aceleró. En 2021, el PAN sufrió una derrota devastadora.
Aunque conservó la mayoría de los ayuntamientos en términos numéricos, perdió algunos de los más importantes: Reynosa, Nuevo Laredo, Victoria y Altamira, además de que Morena consolidó su control sobre Madero y Matamoros.
Los únicos bastiones que el panismo logró conservar fueron dos regiones que, significativamente, respondían a liderazgos políticos ajenos al grupo de García Cabeza de Vaca: Tampico, controlado por Jesús Nader, y El Mante con la región cañera bajo el liderazgo de César Verástegui. Es decir, el partido se mantuvo únicamente donde no predominaba la línea del gobernador y su grupo.
El golpe más severo de 2021 fue en la elección legislativa, donde Morena obtuvo 20 diputaciones, logrando presencia mayoritaria en el Congreso del Estado. Era evidente que el proyecto político del cabecismo estaba en franca debacle. Sin embargo, en lugar de propiciar una reflexión crítica y un cambio de estrategia, la respuesta fue exactamente la contraria. Lo asombroso es que, a pesar de estos resultados desastrosos, se permitió a Luis René Cantú la reelección para un periodo adicional al frente de la dirigencia estatal, que debió haber concluido en 2025
En 2024, ya sin acceso al presupuesto gubernamental y con el ex gobernador García Cabeza de Vaca y sus principales operadores en Estados Unidos evitando ser detenidos, el PAN experimentó su peor elección en décadas.
Los datos son demoledores. El cómputo total de la elección de 2024 reveló una disminución del 24% respecto a los votos obtenidos en 2021, cuando el partido ya había experimentado una caída significativa.
De 515,765 votos en 2021 el partido se desplomó a apenas 391,763 en 2024. Pero más allá de los números, lo que verdaderamente evidencia la magnitud del colapso es la pérdida de los últimos territorios relevantes que el PAN conservaba. Tampico y Mante, las últimas alcaldías importantes bajo control panista, cayeron en manos de Morena.
El partido también perdió presencia en zonas rurales que históricamente controlaba, como San Fernando —vital por su situación geográfica y componentes sociales—, Soto La Marina —cuyo alcalde había ganado inicialmente con Morena pero se había plegado a los designios del PAN— y los municipios de la Frontera Chica: Guerrero, Mier y Camargo. La debacle fue total.
El PAN se resignó a perder el control absoluto de los grandes municipios fronterizos como Matamoros, Reynosa y Nuevo Laredo, donde reside más de una tercera parte de la población tamaulipeca. También perdió espacios en el Altiplano, como el municipio de Tula. Hoy, el PAN mantiene apenas siete diputados en el Legislativo y 14 ayuntamientos que no representan más del cinco por ciento de la población estatal.
Pero el dato verdaderamente revelador es este: los ocho municipios que ejercen casi el 90% del gasto municipal total —Nuevo Laredo, Tampico, Victoria, Matamoros, Reynosa, Madero, Altamira y Mante, que en conjunto ejercieron presupuestos de egresos por 14,328 millones de pesos en 2024— están todos, absolutamente todos, en manos de Morena desde el 1 de octubre. El PAN perdió no solo presencia electoral, sino capacidad de influencia real sobre el territorio y acceso a los recursos públicos que permiten mantener estructuras políticas funcionales. Es un partido reducido a su mínima expresión.
DIRIGENCIA PARA LAS MUJERES
Lo que ha trascendido de manera no oficial es que el Comité Nacional establecerá en la convocatoria que la dirigencia de Tamaulipas corresponda a una mujer. En ese contexto, hay dos fórmulas que se encaminan a la competencia.
Primero levantaron la mano Gloria Garza y César Verástegui, y después, Omeheira López e Ismael García Cabeza de Vaca. Los cuatro personajes ocuparon posiciones de privilegio durante el sexenio cabecista.
Gloria Garza fue subsecretaria y después magistrada; Verástegui fue secretario General y después candidato a la gubernatura; Omeheira López fue directora del DIF estatal, y después magistrada; e Ismael fue el poderoso senador que influía en todas las decisiones del gobierno.
Por la hoja de vida de estos cuatro aspirantes a la Presidencia y la Secretaría General del Comité Estatal, entre la militancia panista surge un cuestionamiento evidente: ¿la elección de cualquiera de ellos implicaría mantener al partido bajo control del ex gobernador Cabeza de Vaca? Las declaraciones de diversos militantes panistas revelan tanto el estado de ánimo interno como las expectativas —y temores— respecto al proceso de renovación que eventualmente tendrá lugar. El exsenador José Julián Sacramento fue contundente al señalar que quien resulte ganadora de la dirigencia “tendrá que empezar de cero, porque el PAN está destrozado, se lo acabaron”.
Significativamente, Sacramento identificó a las dos mujeres que han manifestado abiertamente su intención de buscar la dirigencia —Gloria Garza y Omeheira López— como parte del grupo político del cabecismo, y expresó su esperanza de que “una mujer diferente a ese grupo levante la mano” para generar una opción ajena a los intereses del ex gobernador.
El mensaje implícito es claro: la renovación de nombres sin renovación de proyecto político sería insuficiente. Otros militantes adoptaron posiciones más cautelosas.
El ex diputado local Carlos Fernández Altamirano señaló que más importante que el método es la legitimidad que este ofrezca, permitiendo que quien resulte electo pueda trabajar por el fortalecimiento del partido. Por su parte, Edmundo Marón Manzur sugirió la formación de una “planilla de unidad” entre las aspirantes para evitar una elección divisiva y salir fortalecidos rumbo a 2027 y 2028, aunque la propuesta parece ignorar que la unidad sin democratización puede perpetuar precisamente las prácticas que llevaron al partido a su estado actual.
El diputado local José Abdo Shekaiban Ongay adoptó una postura institucional, señalando que espera la convocatoria para conocer las propuestas de quienes participen. Mon Marón también se mostró prudente, reconociendo que el partido cuenta con “buenos perfiles” pero prefiriendo esperar la definición de las reglas.
En el sur del estado, el ex diputado federal Luis Alonso Mejía García advirtió sobre la necesidad de transparentar la convocatoria antes de asumir posiciones, mientras que el ex diputado local Pedro Antonio Granados Ramírez hizo un reconocimiento poco frecuente: que el PAN aún resiente las consecuencias de la confrontación política con el gobierno federal durante la administración de García Cabeza de Vaca.
“Hubo un ataque frontal del gobierno central federal anterior contra el ex gobernador Cabeza de Vaca y eso acabó y perjudicó muchísimo a este personaje político y a su partido”, señaló, aunque su análisis omite las responsabilidades internas en la debacle




