POR PEDRO ALFONSO GARCÍA HERNÁNDEZ
EXPRESO-LA RAZÓN
Hace muchos años, en la castaña de un primo encontré un libro con una fotografía provocadora en la portada, un hombre sentado en un retrete y arriba el título Bicicleta de poesía, no era una ocurrencia gráfica, era una declaración de principios, una forma de decir que la poesía también nace de lo cotidiano y no de los altares del prestigio.
Rosales Lugo nació en Ciudad Victoria, Tamaulipas, en 1945, creció en una ciudad provinciana donde la cultura era promesa más que política, desde joven mostró inclinación por la escritura y la pintura, entendió pronto que su formación tendría que buscarla fuera de la comodidad local.
Estudió Filosofía en la UNAM y se formó en artes plásticas en la Academia de Bellas Artes de Roma, experiencias que ampliaron su mirada estética y su relación con la tradición pictórica europea, sin borrar el acento norteño con el que volvió a mirar su propia ciudad.
Su obra pictórica no es un apéndice de su literatura, es un eje propio, trabaja el color como tensión emocional y no como ornamento, dialoga con el cuerpo, el paisaje y la materia, ha expuesto de manera individual y colectiva en México y en el extranjero, y parte de su producción forma parte de colecciones privadas.
En la escritura se movió entre la poesía, el ensayo y la crónica, ha escrito una poesía centrada en el amor con una dosis de erotismo sin pudor ni estridencias, y ha construido grandes historias urbanas donde la ciudad aparece como personaje, con sus sombras, sus rutinas y su ruido de fondo.
Su primer aprendizaje como pintor ocurrió en la práctica, en los años sesenta, cuando apoyó al maestro Ramón García Zurita en el mural que recorre la escalinata del Palacio de Gobierno de Ciudad Victoria, una experiencia formativa donde entendió el oficio desde el andamio, el trazo colectivo y la disciplina del trabajo mural.
Años después de mi encuentro con su foto en el retrete, un día se me apareció en la redacción de El Mercurio, hablamos de libros, de la estrechez del ambiente cultural, de la urgencia de abrir espacios para quienes no tenían padrinos, dejó unos poemas y al día siguiente estaban publicados, con filo, ironía, una manera distinta de nombrar las cosas de la vida que a muchos incomodó y a otros animó.
Otro día lo encontré antes de cruzar hacia Palacio de Gobierno, hablamos de los chismes de la época, comimos prójimo como se hacía entonces en las charlas banqueteras, y de esa conversación salió la idea de abrir una página cultural en El Mercurio, no un escaparate para los de siempre, sino una rendija para que entrara aire nuevo.
La página se llamó Arquitrabe, un nombre que sostenía más de lo que prometía, por ahí desfilaron jóvenes que escribían poesía, cuentos, crónicas de música, historias mínimas de la vida regional, fue un pequeño universo de la vida cultural victorense, un laboratorio donde se aprendía a escribir cometiendo errores necesarios.
Después vino la ocurrencia de un suplemento cultural, Trópico de Cáncer, un título que anunciaba calor y desborde, Rosales empujó el proyecto con entusiasmo, pero poco tiempo duró en El Mercurio, Juan Guerrero Villarreal y Baldomero Zurita se lo llevaron a El Diario para crear el suplemento Maratines, otro espacio para lo que no cabía en el centro.
Con Juan Jesús Aguilar, Arturo Medellín y Enrique Salazar Peralta, Trópico de Cáncer se consolidó como un espacio abierto a más tamaulipecos valiosos que hasta entonces carecían de un canal de expresión artística. Es otra historia con tres tipos extraordinarios que ya contaré.
Aquella efervescencia no fue eterna, la burocracia, los cambios de administración y los accidentes de la vida fueron borrando rostros del escenario, algunos se fueron, otros guardaron silencio, pero los textos quedaron, las páginas amarillentas siguen siendo testimonio de un momento en que la ciudad se permitió ser un poco más grande.
En el centro de esa pequeña historia Rosales Lugo aparece como detonador, como provocador de pasillos, un creador que entendió que la cultura se mueve por contagio, que basta con abrir una rendija para que entren voces nuevas y se oxigene una escena acostumbrada al eco.
Con Alejandro conservo una amistad a prueba del tiempo y de la vida, almorzamos de vez en cuando, hablamos de la ciudad y de sus inercias, hoy dirige en Expreso la sección Arte, Vida y Ciudad, un espacio que insiste en que la cultura no es adorno, sino una forma de mirar el territorio que habitamos.
He convivido con grandes personajes y Alejandro es uno de ellos, su irreverencia y su rechazo a la solemnidad construyen una percepción que no siempre es justa, hay quien confunde la ironía con ligereza, pero el valor de su obra, en la pintura y en la escritura, trasciende la aldea y sus ruidos.
Para mí Alejandro es un ser humano casi perfecto, perfecto del todo no, porque si lo fuera no estaría hoy transitando la segunda cuarta parte de un nuevo siglo después de haber vivido más de la mitad del que concluyó hace veintiséis años, su imperfección es lo que lo mantiene en movimiento y curioso.




