10 febrero, 2026

10 febrero, 2026

El regaño de la presidenta

HORA DE CIERRE/ PEDRO ALFONSO GARCÍA RODRÍGUEZ

Por. Pedro Alfonso García Rodríguez

@pedroalfonso88

pedroalfonso88@gmail.com

La presidenta fue clara en un evento reciente en San Quintín, Sonora: los morenistas deben bajar al territorio, escuchar el clamor de la gente y atenderlo. Y pareciera que en todo el país, incluido Tamaulipas, esa es hoy la consigna.

La 4T tamaulipeca, al igual que en gran parte del país, llegó por la inercia del expresidente Andrés Manuel López Obrador, de su activismo político durante más de dos décadas y de las acciones sistemáticas de su gobierno mediante el aparato de Bienestar Social.

La implementación de su modelo y la figura de las superdelegaciones ayudaron a concentrar las acciones del Gobierno Federal y a ejercer un mayor control institucional, evitando que quedaran a merced de los gobiernos locales.

La fuerza política de personajes como el senador José Ramón Gómez Leal sería inexplicable sin considerar su trabajo al frente de la Súper Delegación, las extensas jornadas y recorridos realizados para escuchar y atender las necesidades de la población por mandato presidencial.

La amplia lista de beneficios impulsados por la Federación, así como la infraestructura construida en todos los rincones del país, dieron solidez a Morena para consolidarse en el ánimo social, de la mano del expresidente y del liderazgo macuspanense.

Esta estrategia también le otorgó estabilidad política a un movimiento que había incorporado a buena parte de los cuadros del PRI, PAN y PRD —y de otros partidos—, otorgándole un “pluralismo político” visible, incluso comparable con los tiempos de decadencia priista.

Al final, le funcionó: gobernó con altos niveles de popularidad mientras su partido se depuraba, se reorganizaba y alcanzaba, por fin, una estructura más sólida.

Y ese es el verdadero trasfondo del regaño de la presidenta a los diputados sonorenses.

A la peculiar composición inicial de Morena y a la suma de voluntades políticas se añadió la naturaleza tribal de la política nacional, marcada hoy por la confrontación entre el sheinbaumismo y el obradorismo.

Los principales arquitectos de las redes de intereses morenistas a nivel nacional fueron Adán Augusto López y Mario Delgado. Ambos, desde sus respectivas trincheras, se involucraron en alianzas con antiguos adversarios del entonces presidente, utilizándolas para controlar administraciones estatales y perpetuar su influencia.

Mientras el gobierno de AMLO mantenía el trabajo territorial de siempre, ellos se concentraron en el control de los liderazgos hiperregionales.

¿El resultado? Mientras Morena crecía en presencia gracias a las acciones gubernamentales, el partido quedaba en manos de grupos y aliados circunstanciales, lo que limitaba su consolidación como fuerza política autónoma y profundizaba su dependencia de pactos coyunturales.

La llegada de la presidenta Claudia Sheinbaum representó la emergencia de un nuevo frente interno, al ser la única figura relevante del obradorismo sin antecedentes partidistas priistas.

Su militancia de izquierda, su papel fundacional en el proyecto y su distancia con la partidocracia tradicional la colocan en una posición propia, respaldada incluso por encima del liderazgo histórico de AMLO.

Además, cuenta con un equipo propio que, paulatinamente, ha recuperado espacios que permanecían bajo control del obradorismo.

Con el control de la gobernabilidad y del partido, se cierra un ciclo. Sin embargo, queda en el aire cómo sostener los niveles de aprobación ciudadana y cómo cerrar los espacios a la oposición.

Especialmente con un partido cuyos militantes parecen más concentrados en la disputa por poder y presupuesto que en la operación territorial.

Con liderazgos regionales, en su mayoría de origen priista, que aún controlan amplias zonas sin una militancia propia activa.

Con redes de intereses que, en cualquier momento, pueden reconfigurarse o romperse.

Con una parte de sus cuadros bajo investigación o persecución por autoridades estadounidenses por presuntos vínculos con actividades ilícitas.

Con aliados como el Partido Verde, que avanza territorialmente de la mano de viejos operadores priistas.

Y, en casos como el tamaulipeco, con grupos de poder locales que mantienen mayor presencia política que las propias estructuras morenistas.

Todo ello sostenido, en gran medida, por programas sociales cuya eficacia depende de operadores que, muchas veces, no son auténticamente morenistas y que, ante cualquier descuido, pueden reproducir los vicios que llevaron al priismo a su colapso.

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