15 marzo, 2026

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Sótanos digitales

Arca de Noé /Pedro Alfonso García
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Desde la cúspide del poder, en México y en Tamaulipas, se ha generalizado un fenómeno que es consecuencia directa de la polarización política, que ahora mismo enfrenta uno de sus momentos más intensos.

Las redes sociales se convirtieron en espacios incontrolables donde no quedan rastros ni evidencias de quienes difunden verdades distorsionadas, las mismas que en otros tiempos se reducían a chismes o rumores que circulaban en libelos o de boca en boca.

La mayor incomodidad que ese sótano digital genera para quienes ejercen el poder es que ahí se desarrolla una competencia sin límites ni árbitros, donde se intenta suplantar la realidad con historias negras, o verdaderas pero sacadas de contexto, diseñadas para destrozar reputaciones.

Y suelen lograrlo, cuando llevan al borde de la histeria a los personajes que son blancos de sus ataques, rozando sin pudor los límites de la pornografía política, sin que nadie responda por el daño ni deje huella verificable de su autoría.

Se ha normalizado en ese submundo el tráfico de versiones fabricadas que exhiben vidas privadas y debilidades humanas de la clase política, con la pretensión de mover el ánimo de la conversación pública y provocar caídas aparatosas, o por lo menos sembrar neurosis y paranoia.

No hay portero, no hay filtro, no hay quien le exija a una mentira que se identifique antes de entrar, las plataformas abrieron la cancha, borraron las rayas y dejaron que jugaran todos, con balón o sin él, con reglas o sin ellas, sin que nadie pague jamás el costo del desastre.

La polarización que hoy sacude a Tamaulipas no nació en las redes, esas son solo las bocinas, el origen está en otro lado, en los pasillos mal iluminados donde se negocia a media voz quién se queda con qué y quién recoge sus cosas en silencio cuando cambia el ciclo.

Morena-Tamaulipas vive su disputa más intensa hacia adentro, una fractura que no aparece en los comunicados oficiales pero que se lee con claridad en las operaciones digitales, en los rumores que circulan con nombre propio y en los ataques que llegan desde dentro disfrazados de indignación ciudadana.

Los grupos que llegaron al poder en la marea de 2018 no forman un bloque homogéneo, nunca lo fueron, llegaron juntos porque convenía y ahora, ante el cambio de ciclo, cada quien jala hacia su lado con la misma intensidad con que antes jalaban en la misma dirección.

No todos llegaron con ideología bajo el brazo, una parte llegó con calculadora en la mano y agenda propia, y la pregunta que se hacen cada mañana no es qué Tamaulipas construir sino cuánto les toca, hasta cuándo dura y cómo evitar que alguien se los quite antes de tiempo.

Esa disputa interna derrama ruido hacia afuera, versiones hechas para lastimar a adversarios dentro del propio bloque salen sin firma, sin origen rastreable, y se cuelan en la conversación pública con la apariencia tranquila de quien no rompió nada y nunca estuvo ahí.

La sucesión municipal de 2027 y la sombra cada vez más cercana de la gubernatura de 2028 ya activaron operaciones de posicionamiento con una anticipación que revela el tamaño de lo que está en juego, y las redes son la trinchera elegida, no la plaza pública ni el foro de ideas.

Los mecanismos tradicionales de control informativo no desaparecieron, se reorganizaron, el financiamiento público a medios y la presión sobre coberturas siguen operando con la discreción de siempre, pero ya no bastan, porque conviven con un espacio digital que no obedece, no negocia y no tiene escrúpulos.

Lo que esa guerra genera en los corredores del poder no es solo irritación, es un ánimo cargado de conspiraciones e impotencia, porque no existe herramienta institucional capaz de contener la avalancha, y quien intenta apagarla con un desmentido oficial descubre que el desmentido también se convierte en munición.

El resultado es una conversación rota en pedazos, donde cada actor con recursos construye su versión, la amplifica con cuentas coordinadas y disputa los hechos sin necesidad de probarlos, apoyado únicamente en la fuerza bruta de repetirlos hasta que se instalen como verdad.

Ahí está el negocio real de la desinformación, no en convencer a todos sino en cansar a quienes todavía buscan la verdad, en hacer que verificar cueste más tiempo, más energía y más paciencia que aceptar sin más lo que ya circula con apariencia de consenso.

Por eso siguen vigentes, intactas y sin fecha de vencimiento, dos advertencias que la política mexicana arrastra como herencia oral: el que no se quiera quemar, que no se meta a la cocina, y el que le tenga miedo a los fantasmas, que no salga de noche.

No son frases de resignación ni de cinismo, son de advertencia clínica, nombran con precisión brutal un entorno donde la vida pública exige aceptar que el escrutinio no distingue entre el error honesto y la calumnia fabricada con tiempo, recursos y mala intención.

Maquiavelo observó que quien gobierna entre facciones será juzgado por resultados, no por intenciones, y esa lectura, escrita en el siglo XVI entre príncipes y traiciones italianas, sigue describiendo con pasmosa exactitud la mecánica del poder tamaulipeco cuando se fractura desde adentro.

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