El tiempo pasó volando como un pájaro y nadie alzó la mano para detenerlo o para decir algo, hacer cualquier cosa para entretenerlo. Hoy es un día fresco como todos los marzos después de febrero, un día calmado y otro con viento. Estoy en la ventana del 17 Allende viendo el paso de la gente, que como yo pasa y pasa, aún cuando en apariencia estamos quietos.
La respiración entra y sale del cuerpo y marca el valor del aire, el segundo constante. El corazón lleva un ritmo mil veces repetido por minuto en lo que veo las personas que me ven sin sorprenderse.
Aquí la vida se aquilata, hay un peso en el aire, la calle mide las cuadras del mundo visible, pero un viejo desea verse a sí mismo más cercano, cada vez mar adentro, comer una manzana como la última, un prohibido dulce, soñar otra vez como antes.
Hice mucho o poco, casi nada que cuente para este mundo tan chico y tan grande, tan imperceptible para un conglomerado que se reúne en la calle y otro que se refugia ancestralmente en su casa.
Salgo a la calle y me atrapa el paisaje con miles de mariposas en el reflejo de los cristales, son hojas nuevas por donde se asoma por primera vez la primavera . Soy uno más en el gran inventario de los últimos días del invierno.
Aplacado el viento ahora camino este jueves, lento, me escucho hablar en silencio como las viejas canciones de la alameda donde no quedan álamos y vive un hombre solitario por donde hubo un cine. Uno entre todos los transeúntes me vio besar una chica, ¿cuántos años harán de eso? Se camina abrazado a la prisa, yo entre la gente me detengo en lo inmediato. Tengo que ser acertado con los zapatos puestos, caminar derecho y llegar a donde el camino me ha puesto.
Me muevo despacio como un mueble pesado aún cuando puedo correr como un automóvil, el caso es el mismo, no suelo ni deseo ir muy lejos, más allá del pasto del Paseo Méndez, del otro lado de la loma y de la ciudad motorizada y contundentemente edificada en el tiempo irrepetible.
La percepción cambia si uno se mueve, doy vuelta y regreso a donde salí hace rato, soy un poco más viejo, más leído pero igual contemporáneo y solitario. Se nota el cambio, en cambio siempre nos estamos revelando a un sistema y a otro, a nuestra propia mente que nos atrapa, al pensamiento encubierto, a la conciencia colectiva ajena y distante. Dije que regreso pero quizás estoy más lejos.
Hago memoria como quien pega block y cuento las hojas de este diario estrujado. Soy todos los que encontré en la calle, me quedé con la mirada de aquel y aquella sin saber sus nombres. Soy el sabio que no sabe, que no sabía, que nadie conoce cuando bebe un trago. Trabajo en la tarde leyendo un libro grueso con interminables capítulos cuya historia trata de un país extraño y complejo. No deseo terminarlo, el libro sigue y sigue un camino parecido a ninguno. Mientras llego a casa muy tranquilo.
Parece que fue ayer, eras mi novia y te llevaba de mi brazo, parece que fue ayer pero han pasado los años. Este no es un lamento borinqueano, la vida es una esperanza cumplida, en un buscador del edén en el Google y un paso cada vez a la eternidad que si no la vivimos no existe. Eso creo. Después de esto nadie sabe.
Según las fotografías de la memoria virtual ese fui. Pero desde hace un momento soy otro que apenas recuerdo en un café con un amigo: Recuerdo las palabras que dije, que me dijo o creo recordarlas. Es lo mismo, es pura nostalgia abajo de las grandes Ceibas y orejones que crecieron sin darnos cuenta, cuántos pájaros, cuántas lluvias, cuántas hojas cortadas de una por una del diario.
HASTA PRONTO




