19 marzo, 2026

19 marzo, 2026

Una conexión entre la pobreza y la inflación

FINANZAS FAMILIARES/ANGÉLICA GONZÁLEZ LÓPEZ
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Hablar de inflación implica analizar el aumento generalizado de precios en los bienes y servicios de la canasta básica, mediante porcentajes o comunicados técnicos emitidos por parte del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). La realidad es que hablar de inflación es saber si esta quincena alcanza para más o para menos en el hogar, ya que dado este dato cambia lo que compramos, pero también cambia la línea que separa a un hogar de tener o no apuros económicos.

En febrero de 2026, de acuerdo con datos del Inegi, la inflación general fue de 4.02 por ciento, lo que indica que los precios durante el mes subieron 0.50 por ciento. Es decir, el promedio, el costo de vivir se encareció con respecto al año pasado, y también con respecto al mes anterior.

Ahora bien, al analizar a detalle la inflación es importante prestar atención a la inflación subyacente, ya que este nos muestra la variación de precios de servicios, alimentos o productos que no son volátiles en la economía como energéticos, tarifas de gobierno, frutas y verduras, entre otros. En ese sentido, la inflación subyacente se ubicó en por ciento anual, mientras que la inflación no subyacente fue de por ciento.

Estos datos son relevantes puesto que sirve como referente para el establecimiento de las Líneas de Pobreza, ya que la inflación empuja el costo de las canastas hacia arriba, lo que provoca que se eleve el ingreso mínimo que un hogar necesita para continuar con el mismo patrón de consumo y evitar que éste caiga.

Con base en lo emitido por el Inegi, en febrero de este año la línea de pobreza extrema por ingresos (canasta alimentaria) se ubica en 1,887.58 pesos al mes en zonas rurales y 2,516.97 pesos en zonas urbanas. Mientras que, la línea de pobreza por ingresos (canasta alimentaria y no alimentaria) se ubica en el umbral de 3,494.95 rural y 4,877.87 urbana.

Estos datos muestran que la canasta alimentaria se ha encarecido más rápido que la inflación general, ya que se experimentó un crecimiento de 5.6 por ciento en el ámbito rural y 6.5 en el urbano, lo que muestra que la comida sube más que el promedio, el cual es un fuerte golpe para los hogares que tiene menor margen en su presupuesto.

Veámoslo en término de finanzas familiares. Si una familia vive en ciudad y hay dos adultos y dos menores, el gasto mínimo de referencia para no estar debajo de la línea de pobreza por ingresos debe estar cerca de los cinco mil pesos. Y, lo que ha sucedido, es que, al existir estos aumentos, seguramente se han tomado decisiones silenciosas como: cambiar de marca, reducir el consumo de proteínas, estirar las porciones o compara menos fruta.

Las estrategias de ajuste pueden ser muy diversas, pero lo delicado aquí es que, aunque el ingreso suba, si los precios de productos esenciales suben igual o más, no existe una mejora real. Por esa razón hay caso donde “ganamos más, pero no alcanza”. Y, esto se debe a que el piso de vida —precio de la canasta— se movió hacia arriba.

Con el fin de tener mayor certeza en cómo es que la inflación afecta al bolsillo se podría calcular la “inflación de casa”, es decir, durante el mes anota el precio de 15 productos que siempre se consuman y al cierre de mes compara los precios con los del nuevo mes. De esta forma se realiza una tabla de seguimiento y se puede ajustar sin sacrificar.

Recuerda que, la inflación no es solo un dato macroeconómico, es un recordatorio de que le bienestar también se defiende con información. Y, cuando se entiende cómo se mueve la canasta alimentaria y no alimentaria se pueden tomar mejores decisiones que cuiden el bolsillo.

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