22 marzo, 2026

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Irán: La guerra que no se puede ganar

EL FARO/FRANCISCO DE ASÍS
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Cuando Estados Unidos e Israel decidieron iniciar la guerra contra Irán, lo hicieron con argumentos que parecían suficientes ante la opinión pública: impedir que Irán desarrollara armas nucleares, frenar su influencia militar en Medio Oriente y proteger la seguridad de Israel. Esa fue la justificación pública. Sin embargo, como ocurre en casi todas las guerras, las razones públicas no siempre son las razones reales. Detrás también está el control de las rutas energéticas, el equilibrio de poder en Medio Oriente y la creciente influencia de China y Rusia y por supuesto; su petróleo. Irán no es sólo un problema para Israel; es una pieza estratégica en el nuevo orden mundial que se está disputando.

La historia ha demostrado muchas veces que las guerras modernas no se ganan destruyendo ciudades ni eliminando líderes, sino destruyendo estructuras de poder y sustituyéndolas por las de un nuevo sistema. Y la estructura de poder iraní ha demostrado ser extraordinariamente resistente. Estados Unidos e Israel han asesinado líderes, bombardeado instalaciones estratégicas e impuesto sanciones devastadoras. Sin embargo, el sistema político iraní no ha colapsado porque no depende de una sola persona, sino de una estructura político-religiosa diseñada para resistir guerras, sanciones y asesinatos.

Además, hay un factor que muchas veces se ignora desde Occidente: aunque Irán es una tiranía y buena parte de su población sufre al régimen, eso no significa que la población vaya a levantarse en armas por tres razones: no las tienen, ya han visto cómo la Guardia Revolucionaria aplasta las protestas, y la religión es un elemento central de la vida social. Para millones de iraníes, el régimen no es sólo un gobierno, es también una autoridad religiosa. Eso hace mucho más difícil una rebelión interna.

Mientras tanto, el conflicto ya comenzó a afectar al mundo entero. El cierre del Estrecho de Ormuz ha empujado el precio del petróleo por encima de los cien dólares por barril, y ese aumento ya se siente en las gasolineras de Estados Unidos y también en México. Las guerras en Medio Oriente siempre parecen lejanas, hasta que se reflejan en el precio de la gasolina y en la inflación.

Estados Unidos ha intentado reabrir la navegación en el Estrecho de Ormuz sin lograrlo, lo que demuestra que incluso la mayor potencia militar del mundo tiene límites cuando se enfrenta a un país dispuesto a resistir y a utilizar su posición geográfica como arma estratégica. Trump ha declarado que los objetivos de la guerra están cerca de cumplirse, pero también enfrenta elecciones y necesita resultados. Las guerras reales no obedecen a los calendarios políticos.

Afganistán duró veinte años. Irak más de una década. Siria lleva más de diez años. Ucrania continúa. Las guerras modernas son guerras largas, guerras de desgaste, guerras entre estructuras, no entre ejércitos.

Pero tal vez el problema de fondo no sea la guerra en sí misma. La guerra es sólo un síntoma de algo más profundo. Trump llegó al poder ante el hartazgo de políticas económicas fracasadas y la frustración que causa la idea de que ya no existe el sueño americano. La promesa de “Make America Great Again”, reconoce que algo dejó de funcionar en el modelo económico y político y geopolítico en el que vivimos desde hace décadas. Trump no es la causa del cambio; es el síntoma de que el sistema ya no funciona.

En muchas partes del mundo hay hartazgo: desilusión, desesperanza y discursos políticamente correctos, pero no se traducen en soluciones reales. La gente ya no quiere que el sistema funcione mejor; quiere que el sistema cambie.

En ese contexto, la guerra con Irán podría ser uno de esos acontecimientos que aceleran los cambios históricos, como ocurrió con el asesinato del archiduque Francisco Fernando en 1914, que desencadenó la Primera Guerra Mundial y el fin de un orden mundial completo.
Por eso la guerra con Irán no se puede ganar completamente, porque no se trata sólo de Irán, sino de un cambio más profundo en el equilibrio del poder mundial.

Los presidentes en los EE. UU. duran cuatro años, pero los cambios históricos duran mucho más. Trump puede iniciar conflictos y romper equilibrios, pero no puede decidir cómo será el mundo que quedará cuando esos cambios terminen.

La historia demuestra que destruir un orden es relativamente fácil; lo difícil es construir el que sigue. Y cuando los líderes que destruyen no tienen instituciones o acuerdos para construir un nuevo orden, el resultado casi siempre es un periodo largo de inestabilidad.
Tal vez eso es lo que estamos empezando a ver.
Tal vez esta guerra no se puede ganar porque no es sólo una guerra.
Tal vez es parte de un cambio histórico más profundo.
El problema es que todavía no sabemos a dónde nos va a llevar.
Hay algo que la historia deja claro: después de las grandes guerras, el mundo siempre cambia… y nunca vuelve a ser el mismo.

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