29 marzo, 2026

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¡A la playa!

¿Ya tiene lista su chiquitanga y su bronceador? ¡Felicidades! Disfrute de nuestro máximo paseo
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POR JORGE ZAMORA 
EXPRESO – LA RAZÓN 

CIUDAD VICTORIA, TAm.- ¡Ah, las vacaciones! Ese dulce momento en que el albañil bota la cuchara, el maestro ignora a todos los mocosos a su alrededor y el ama de casa se encomienda a Dios, para aguantar a las bendiciones en el hogar 24/7 con todos los riesgos que eso implica.

Para la mayoría de los mortales, la palabra “vacaciones” denota descanso, una pausa a las responsabilidades cotidianas y, si hay las condiciones y una buena cantidad de dinero, lana, varo, billullo o monedas, la oportunidad de salir de casa, colonia, ciudad, rancho o jaula de ratón, para escapar a un lugar con menos smog, baches y fugas de aguas negras (cualquier parecido con Ciudad Victoria es pura, simple y llana coincidencia).

Así pues, amigo lector, si usted está leyendo esto desde la comodidad de un parasol frente al mar, con un coco o una bebida espirituosa, de esas que adornan con una colorida sombrillita, pues ¡felicidades! Ya que forma usted parte del pequeñísimo porcentaje de mexicanos que pueden financiarse un periodo de asueto de esas magnitudes.

Porque hay que decirlo: salir de la ciudad en plan vacacional, se ha vuelto una especie de privilegio que solo aquellos ciudadanos con ingresos no sufridos se pueden costear.

Pero no todo es un valle de lágrimas con rímel corrido en esta historia.
El mexicano de a pie (y muy especialmente los noresteños tamaulipecos) sabe ingeniárselas de manera muy efectiva para darse un gustito en temporada de vacaciones.
El primer paso es hacer bola, es decir, ponerse de acuerdo con algún pariente que no le caiga gordo o que no sea muy agarrado a la hora de ponerse guapo con los gastos para un viajecito. De preferencia que ese fulano cuente con una troquita con buenos amortiguadores o carro guaguayón, para que le quepa el máximo de mortales (ya que entre más gente, pesa menos el muerto) ahora qué si el amigo cuenta con un microbús, pues la aventura está garantizada y hasta puede uno darse el lujo de invitar a una vecina cuarentona de no malos bigotes o al novio de la amiga de la hermana del compadre del vecino que invita las cheves.

¡Y allá vaaan! Después de conseguir los enseres necesarios para el viajecito, tales como tres bolsas de pan Bimbo hasta el tope de sándwiches de huevo con chorizo, un garrafón de agua con 10 sobrecitos de Zuko de Jamaica (hay que tener cuidado de que ningún pasado de lanza le agregue ‘algo más’ al botellón o acabará siendo una agua loca de esas que inspiran a hacer tarugadas) porque seamos sinceros, cuando una familia mexicana sale de vacaciones parece que se va a cambiar de casa pues termina cargando hasta con el perico, dos perros y un gato.

Generalmente todos los trayectos a la playa empiezan igual: risas, chistes y bromas, para luego convertirse en opiniones sobre que ruta es más corta, o en molestias porque al tío le da por bajarse a hacer pipí cada 5 kilómetros.
Pero bueno, ya todos acomodados y persignados, el transporte elegido devora carretera cuál cafetera veloz, mientras que la gasolina rinda o el motor no se cachondee, y empiece a escupir líquido refrigerante con lo cual, el paseo llegaría a su fin.

Pero digamos que no, que la troca, carro chocolate o micro sin vidrios logra llegar a la playa o de perdis al río más cercano (y que el río lleve suficiente agua para darse un chapuzón o que en la playa haya cerca algún Oxxo o un puestecito con Sabritas y cocas).
Ahora sí, ¡Venga la diversión! Todos al agua …o a las aguas, porque si algo sabe hacer el tamaulipeco, ya sea fronterizo, cuerudo, cañero o entena’o del sur, ¡es pistear!
Hay incluso familias que no se conforman con un día en la playa, y se preparan para acampar toooda la semana en ‘La Pesca’, aunque ya para el tercer día luzcan un bronceado nivel cartón mojado, o el cabello parecido a una planta rodante del viejo oeste.

Comer, bañarse, empinar el codo, bailar, juguetear, volver a empinar el codo y armar uno que otro zafarrancho son solo unas cuantas de las muchas actividades que el turista local realiza campechanamente al salir de vacaciones y especialmente al ir a los paseos del estado.

La última de estás aventuras de alto riesgo suele ser el regreso a casa, nuevamente pidiendo a Dios y a todos los santos que el transporte no reviente o se repegue mucho contra otro vehículo. Ver las luces de la ciudad cuando faltan unos kilómetros para llegar, arranca el último suspiro (generalmente es uno de alivio) y a la vez de esperanza para aguantar el trajín diario hasta la próxima y deseada temporada de vacaciones y su consabido escape a la playa, pero hasta este punto ya podemos decir ‘demasiada para de perro por esta ocasión’ ¡abur!

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