El periodista mexicano Julio Scherer García cumpliría 100 años desde su nacimiento, aunque partió de este mundo en 2015, pareciera inimaginable lo mucho que ha cambiado nuestra realidad desde su partida.
A Scherer le tocó vivir en una época de incertidumbre por las constantes presiones del hemisferio occidental con los países comunistas en plena Guerra Fría.
El priismo formador del estado mexicano contemporáneo iniciaba su desmoronamiento tras la conclusión del desarrollo estabilizador y el inicio de las crisis económicas que poco a poco degradaron su homogeneidad autoritaria.
Scherer vivió su vida e inició su carrera como periodista conforme el país avanzó en cada una de sus etapas: desde el espíritu revolucionario y agrarista hasta los excesos del neoliberalismo consolidado por el expresidente Carlos Salinas de Gortari.
Sus fricciones con el expresidente Luis Echeverría en la etapa final de los años setenta lo orillaron a fundar la revista Proceso con un grupo de distinguidos periodistas e intelectuales como Vicente Leñero, Carlos Marín, Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis y Miguel Ángel Granados Chapa.
Todos defensores de la libertad de expresión, críticos de los excesos del sistema, de convicción política socialista y siempre con la esperanza de acabar con cualquier tipo de autoritarismo y/o excesos del poder.
Defendió la causa democrática impulsada por las izquierdas bajo el liderazgo de Cuauhtémoc Cárdenas. Y aún pese a la relación de amor odio que sostuvo con personajes como Andrés Manuel López Obrador, al final la causa los hacía aliados y amigos…
Scherer García sostuvo amistades entrañables con figuras de la élite política más jurásica y cuestionable, como el político mexicano Carlos Hank González, de quien escribió una lista interminable de anécdotas.
Su revista Proceso fue además testigo de todas las redes de poder que se dieron durante la etapa de “transición” entre el priismo, el panismo (y de regreso) y en sus páginas existe un amplio registro de grupos económicos, empresas y empresarios relacionados a los años de poder más “voraces” del modelo neoliberal.
Y en la última fase de su vida, y del esplendor de su semanario, fiel testigo de
las atrocidades realizadas por delincuentes y autoridades en la guerra en contra del narcotráfico que inició el expresidente Felipe Calderón en 2006.
Y del ambiente político nacional que nunca fue el mismo tras la elección presidencial de 2006, con toda la serie de señalamientos y evidencias de fraude electoral que por cierto documentarían personajes como la actual presidenta del país, Claudia Sheinbaum Pardo.
Y ese tal vez es uno de los acontecimientos más importantes que no vio el periodista capitalino: la llegada de una presidenta al poder del país.
Tampoco vio la llegada del obradorismo al poder, del modelo de país que intentó implementar y, en consecuencia, todas las redes de intereses que se tejieron con y al margen del poder.
Desde la perspectiva de Scherer, probablemente no hubiera existido mejor testimonio de negocios como el del huachicol en las páginas de Proceso.
Tal como lo hizo con los excesos del poder en la persecución de activistas tras el levantamiento zapatista en 1994.
Y la condena a esa eterna tendencia de las élites mexicanas por convertir al país en un estado policiaco. Con deliberación o no de la misma delincuencia, y como una herramienta sistemática de control social, siempre solapada e impulsada desde Estados Unidos.
De cómo ha cambiado el mundo desde su muerte en 2015, con la llegada de la 4T al poder del país, el triunfo en 2016 de Donald Trump y la inestabilidad que impera en el país más poderoso del mundo.
Los estragos de la pandemia y el confinamiento, la satanización a los medios de comunicación y la dictadura de las redes sociales ahora alimentadas por la inteligencia artificial.
De cómo el periodismo mexicano padece las mismas amenazas de siempre, ahora aumentadas por las nuevas estrategias de comunicación que imponen los gobiernos, más por amedrentar la libertad de expresión que por una estrategia concreta.
Y de cómo, para un periodista de la vieja guardia como él, pareciera que el olvido es el último recurso de cualquier Estado para apagar las voces, cualquiera que sea el lugar o la época específica.
Y que al final el peor enemigo de la prensa libre es un gobierno autoritario.
No hay más…




