9 abril, 2026

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El patriarcado cobra

En Público/ Nora Marianela García Rodríguez
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El patriarcado no nació del odio, sino de la aritmética más fría del poder: si controlas quién pare, controlas quién hereda; si controlas quién hereda, controlas quién acumula; si controlas quién acumula, controlas quién manda, y desde ese momento todo lo demás siguió una lógica impecable, milenaria, perfeccionada con una eficiencia que cualquier sistema político moderno envidiaría, cuyo mayor logro no es la dominación en sí, sino haber convencido a dominados y dominadores por igual de que todo esto es simplemente la naturaleza de las cosas.

Lo que no se nombra como sistema permanece como costumbre, y la costumbre no se discute, no se cuestiona, no se ve; se hereda.

El trabajo doméstico que no se paga no es una tradición, es una extracción, la primera forma de plusvalía que existió antes de que alguien inventara el concepto para nombrarla; es valor producido todos los días, en cada casa, por millones de personas que desaparece contablemente como si no existiera, porque el sistema
que se beneficia de ese trabajo también es el sistema que decide qué cuenta como economía real y qué se llama simplemente amor, vocación, naturaleza femenina;
las mujeres financian con tiempo no remunerado una parte sustancial de la reproducción social que sostiene al mercado, y el mercado lo recibe en silencio, sin factura, sin reconocimiento, sin jubilación. No es costumbre, es robo con siglos de jurisprudencia a su favor.

Y aquí viene la parte que el debate público amputa para que todo sea más cómodo: el patriarcado no solo le cobra a las mujeres, también les cobra a los hombres, aunque con otra moneda; les cobra la obligación de nunca derrumbarse, de producir sin pausa, de no llorar en público, de resolver sin pedir ayuda, de demostrar permanentemente que merecen el privilegio que el sistema les asignó sin consultarles, porque un orden que exige sostener una máscara toda la vida no es libertad, sino otra forma de jaula, más amplia, más cómoda, pero jaula al fin.

El patriarcado extrae de las mujeres su tiempo y su autonomía; extrae de los hombres su vulnerabilidad y su humanidad completa, y con esa doble extracción se reproduce durante generaciones, porque un sistema que logra que tanto los dominados como los dominadores lo defiendan como si fuera naturaleza ha alcanzado el nivel más sofisticado de dominación política posible: el que no necesita guardianes porque sus prisioneros cuidan solos la celda.

El feminismo, entonces, no es un movimiento de mujeres para mujeres, sino la crítica más estructural al orden político más antiguo y más naturalizado que existe; es la única teoría que va a la raíz de cómo se organizó el poder antes de que hubiera Estado, antes de que hubiera mercado, antes de que hubiera nada que hoy reconozcamos como civilización, y precisamente por eso es la que más amenaza a quienes viven bien dentro del orden que existe, y la que más se caricaturiza, se reduce, se ridiculiza para que nunca llegue a ser lo que puede ser: un proyecto de liberación para la humanidad completa.

La conciencia de género es lo que transforma esa crítica en herramienta política real; es entender que el género no es biología sino construcción deliberada, que las desigualdades que produce no son accidentales sino fabricadas con precisión, que pueden deshacerse si hay voluntad de hacerlo, y que esa voluntad no aparece sola: hay que construirla, nombrarla, sostenerla frente a un sistema que lleva milenios perfeccionando los argumentos para convencernos de que todo está bien, de que esto es lo natural, de que quien cuestiona el orden es quien genera el conflicto. Sin conciencia de género no hay política pública real, sino administración de la inercia patriarcal con otro vocabulario.

No basta con ser mujer para gobernar con perspectiva de género, así como no basta con haber padecido una injusticia para saber cómo desmantelarla; se necesita haber hecho el trabajo intelectual de entender el sistema, conocer la genealogía de la lucha que abrió el camino, saber que cada derecho que hoy parece obvio fue alguna vez una demanda que el orden establecido resistió con violencia institucional, con cárcel, con burla, con el argumento eterno de que las cosas son así porque siempre han sido así, que es exactamente el argumento de todos los sistemas de dominación en toda la historia conocida, sin excepción.

Gobernar sin conciencia de género no es neutralidad, es reproducción; es administrar el patriarcado sin llamarlo por su nombre, confundir la ausencia de conflicto visible con justicia real, y tomar los frutos de una lucha sin asumir la responsabilidad que esa lucha exige de quienes llegan al poder gracias a ella.

El patriarcado no necesita defensores activos para sobrevivir; le basta con la inercia, con que se siga llamando mérito a lo que es privilegio acumulado durante siglos, tradición a lo que es jerarquía arbitraria, naturaleza a lo que es política que prefiere no ser vista como política, porque en el momento en que se ve, en el momento en que se nombra con precisión, pierde la única armadura que siempre la ha protegido: la invisibilidad.

La primera cadena que la humanidad se puso no fue económica, ni racial, ni religiosa; fue de género, y todavía no terminamos de quitárnosla, no porque no podamos, sino porque demasiados prefieren no verla y demasiado pocos están dispuestos a nombrarla como lo que es: el orden político más antiguo del mundo, disfrazado de naturaleza, funcionando hasta hoy con una precisión que debería avergonzarnos como civilización que se dice moderna.

Eso hace el feminismo: nombra, con exactitud y sin miedo, y nombrar es el primer acto político que ningún sistema de dominación perdona.

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