Con el tiempo me di cuenta que la memoria no sirve tanto para recordar como para olvidar. Y no sé si eso sea bueno o sea malo. De una hora completa nuestra memoria, si es que existe- aunque esa sea otra cosa- elige un mínimo instante, a veces no completa un minuto de memoria caché y sería bastante.
Recordamos un partido de fútbol de hace mil años, una película mexicana y la gigantesca moneda de cincuenta centavos con Cuauhtémoc a la cabeza en la rayuela. En cambio olvidamos la mayoría de caídas en cualquier partido callejero de fútbol. Recuerda uno los partidos ganados no así ni contra quienes los encuentros perdidos gachamente por golizas. La historia cuenta los triunfos no las derrotas, los días de gloria no tanto las tristezas.
Lo que se guarda no obstante, no se queda ahí intacto sino que con el tiempo se va contaminando en el contexto, de manera cruel que hoy es negro lo que fue blanco y fue de día y no en la noche oscura. Esto porque sobre un recuerdo llega otro idéntico y la memoria resuelve en que caso usarlo, hasta fijar la imágenes única que resulta en ocasiones muy distinta a como fue creada.
La imagen subliminal muy empleada por la mercadotecnia surte efecto en las mentalidades invocadas por el deseo y la frustración previa. No sabemos lo que ocurre si no ponemos atención en un hecho cotidiano que ofrezca señales, datos reales.
La memoria guarda y olvida al mismo tiempo. Ignora con mucho aquello que nos servirá realmente en el futuro. La memoria lo contiene a uno y somos lo que guardamos y después expresamos, y sin querer somos en realidad aquello que ocultamos por pudor o por temor, por miedo al rechazo, por frustración, por un complejo de inferioridad o de superioridad que es lo mismo, por cualquier etiqueta psicológica del barrio.
Lo que no recordamos nos mantiene vivos y coleando. El olvido relaja el presente y nos mantiene tranquilos. Las condiciones y circunstancias nos impelen a actuar de acuerdo a conveniencia o a convenciones sociales aunque no tarda mucho en salir el peine o en mostrar el cobre.
A veces de autoengañarnos nos la andamos creyendo y el comportamiento varía según los intereses creados por nuestra formación, formación que con el tiempo, ese traidor, se vuelve un mito oculto, una forma de acción.
Un mundo sin memoria sería un mundo creativo. Con todo nuevo incluyendo lo que hoy consideramos errores que sin temor cometeriamos de nuevo. Un mundo en el que las equivocaciones quizás no lo sean tanto sino nuevos aciertos. A lo mejor un mundo sin temores.
Uno recuerda por cierta razón desconocida el pantalón amarillo y la camisa blanca de un día de fiesta en casa de la abuela, el primer beso y los ojos de la primera novia y eso, por significativo no tiene gracia. Pero uno olvidó la lista del mandado de tanto repetirla en lo que llegaba a la tienda y es hasta lindo. No así la reprimenda del padre al ver que en lugar de cigarros llegamos con galletas, uno recuerda la cortina y el trino de las aves de afuera mientras el cinto caía en Ia espalda del olvido.
Durante un mensaje subliminal se invoca al subconsciente construido por nosotros sin darnos cuenta. Un movimiento ingenuo cuenta más que el estar repitiendonos algo que tal vez termine por aplastarnos. Hay sucesos como serpentinas escondidas dentro de nosotros con motivos inexcrutables, que al ser tentados brotan con fuerza desmedida y vuelven a la vida.
Uno no se explica por qué nos llama la atención cual o tal persona, por qué se nos olvidan ciertos nombres que parecen comunes.
No cabe duda, la memoria caprichosa no nos pertenece. Se vuelve instinto, escritura automática, lapsus que descubre desde nuestro interior lo que en realidad somos.
HASTA PRONTO




