Por Raúl López García
Expreso-La Razon
El costo de alimentarse se ha convertido en una presión constante para millones de familias. De acuerdo con el más reciente informe del INEGI, la canasta alimentaria aumentó muy por encima de la inflación general durante marzo de 2026, evidenciando una crisis que no siempre se refleja en los indicadores tradicionales.
Mientras la inflación anual se ubicó en 4.6 %, el costo mínimo para cubrir la alimentación subió hasta 8.1 % en zonas urbanas y 7.9 % en zonas rurales. Esta diferencia revela un problema de fondo: los productos esenciales se están encareciendo casi al doble del promedio nacional, golpeando con mayor fuerza a quienes menos tienen.
La Línea de Pobreza Extrema por Ingresos —que define el monto mínimo necesario para no pasar hambre— alcanzó los 2,571.18 pesos mensuales en zonas urbanas y 1,940.37 en rurales. Cuando este umbral aumenta, más personas quedan automáticamente en condición de vulnerabilidad.
El jitomate ejemplifica la magnitud del problema. Su precio se disparó 126.3 % en un año, convirtiéndose en el principal factor del aumento en la canasta alimentaria. No se trata de un producto opcional, sino de un elemento esencial en la dieta mexicana, por lo que su encarecimiento impacta directamente en todos los hogares.
A este fenómeno se suma el limón, con incrementos superiores al 50 %, así como la papa, que también registró alzas importantes. Se trata de alimentos cotidianos que históricamente han sido accesibles, pero que hoy comienzan a quedar fuera del alcance de muchas familias.
En las zonas rurales, incluso productos básicos como los chiles frescos han aumentado de precio de forma considerable. Esto refleja una paradoja preocupante: ni siquiera en regiones productoras se garantiza el acceso económico a los alimentos.
Las ciudades enfrentan su propia presión. La leche pasteurizada aumentó 8.1 %, mientras que el bistec de res subió más de 4 %. Estos incrementos afectan directamente la calidad de la dieta, ya que reducen el acceso a proteínas y nutrientes esenciales.
Además, comer fuera de casa se ha vuelto más caro. Este rubro creció 7.1 % anual y tiene un peso cada vez mayor en el gasto urbano. Para muchas familias, no es un lujo, sino una necesidad derivada de jornadas laborales extensas.
Otros productos como refrescos, pollo rostizado y quesos frescos también registraron aumentos por encima de la inflación. En conjunto, estos incrementos generan un efecto acumulativo que presiona cada peso destinado a la alimentación.
El problema no termina en la comida. La Línea de Pobreza por Ingresos —que incluye gastos como transporte, educación y cuidado personal— también aumentó, alcanzando los 4,940.45 pesos en zonas urbanas y 3,553.46 en zonas rurales.
El transporte público, la educación y los cuidados personales continúan encareciéndose, lo que reduce aún más el margen económico de los hogares. Esto confirma que la pobreza no solo depende de la alimentación, sino del acceso integral a condiciones de vida dignas.
El panorama es claro: aunque la inflación general parece moderada, los alimentos básicos cuentan otra historia. En México, la dieta diaria se encarece a tal grado que comer suficiente y con calidad comienza a convertirse, peligrosamente, en un privilegio.




