—¡Aaaaagarraste por tu cuenta las parraaaandas! —finalizó la intérprete con voz fuerte y educada.
Los parroquianos del lugar, que no pasaban de cincuenta en un espacio tan pequeño y repleto, aplaudieron la interpretación con entusiasmo. Entre ellos estaba Manuel. Había llegado hacía una hora y logró ocupar la última silla vacía en una pequeña mesa donde se encontraba una mujer joven y guapa.
—¿Puedo sentarme? —preguntó con cortesía a la muchacha.
—Por supuesto —contestó ella.
No pudieron hablar mucho más, porque la cantante ya estaba de nuevo en el escenario, inflamando de amor, dolor y romanticismo a la audiencia con sus canciones. La escucharon durante unos minutos, pero, después de algunos tragos, se unieron al coro de los demás clientes, no sin antes chocar sus vasos para celebrar que estaban allí, que estaban contentos y cualquier otra cosa que se les ocurriera brindar.
La cantante terminó su actuación y los parroquianos sustituyeron la música con pláticas que, por momentos, se volvían estridentes entre chistes y anécdotas compartidas.
Manuel y Eva —quienes ya se habían presentado aprovechando la tregua del sonido— comenzaron a conversar.
Ella era de Chihuahua y había llegado a Tampico por motivos de trabajo; sin embargo, más tarde confesó la verdadera razón: venía huyendo de una relación en la que había terminado muy lastimada.
Su voz aún arrastraba el dolor de ese recuerdo. Confesó que aquel viernes solo buscaba un trago para no enfrentarse a la soledad de su departamento. Sentía que los buenos tiempos habían quedado atrás, irremediablemente.
Manuel también se sinceró. Él era de Tampico y su motivo para salir era parecido.
A diferencia de Eva, no cargaba con una ruptura dolorosa; de hecho, nunca había tenido una historia que valiera la pena. Las mujeres que había conocido no buscaban nada serio ni duradero; al menos eso era lo que le decían antes de alejarse al poco tiempo.
A veces pensaba que los años habían pasado demasiado rápido y que, mientras otros construían una vida en pareja, él seguía esperando que algo comenzara. No había una historia que contar. Nada que recordar.
La conversación cambió de rumbo de manera natural.
Ambos se dieron cuenta de que compartían la misma soledad, pero prefirieron no decirlo en voz alta; romper el hechizo habría arruinado la alegría de ese instante.
Eva empezó a hablar de Chihuahua: esa enorme extensión de tierra que resguarda el Bolsón de Mapimí. En la inmensidad de ese desierto, por las noches, puede apreciarse una cantidad impresionante de estrellas; bajo ese cielo, uno comprende lo pequeño que es y, al mismo tiempo, el deseo de trascender. Estaba emocionada al recordar su infancia y juventud en su tierra natal.
Le habló también de la Zona del Silencio, un lugar envuelto en misticismo por sus anomalías magnéticas y la caída de meteoritos.
Manuel, contagiado por la emoción de Eva, evocó las riquezas naturales que rodean a Tampico. Habló de los delfines, de las tortugas lora que llegan a desovar, de las nutrias y de las familias de manatíes.
—Caminar en las escolleras en una noche de luna llena es espectacular: ver el mar, el río y sentir esa grandeza a la que pertenecemos —dijo Manuel, lleno de emoción.
La presencia del otro había ahuyentado la melancolía. Brindaron, rieron y compartieron confidencias.
De pronto, Eva lo miró fijamente y preguntó:
—¿Me acompañarías el resto de la noche?
Sorprendido, Manuel guardó silencio por un segundo antes de responder:
—Sí, me gustaría mucho. Tu compañía me ha hecho mucho bien.
Salieron del bar y se dirigieron al departamento de Eva. Disfrutaron de la madrugada entre la pasión y el alivio de sentirse arropados por la presencia del otro. En algún momento, el cansancio los venció y se quedaron dormidos.
Manuel abrió los ojos con sorpresa; por un instante no reconoció el lugar.
Volteó a su lado y, al ver a Eva, recuperó el sentido de la realidad. Se levantó con sigilo. Al divisar una cafetera en la pequeña cocina, preparó café, llenó dos tazas y regresó a la cama.
Eva ya estaba despierta; tomó la taza y permaneció unos segundos en silencio, como si intentara retener aquel instante.
—Quisiera ser una foto —dijo en un susurro—. Quedarme atrapada en este momento.
El silencio se instaló entre ambos. No era incómodo; al contrario, parecía formar parte de la conversación.
—¿A dónde se va el tiempo? —preguntó finalmente.
Manuel susurró, como si acabara de comprenderlo:
—A ningún lado. Se queda con nosotros, a vivir en los recuerdos.




