7 junio, 2026

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Cuando hacer no basta

LEGITIMIDAD Y PODER/ALBERTO RIVERA

De un viejo paper del consultor español Luis Arroyo reapareció una frase que merece ser leída con atención en el México de nuestros días: “En situaciones de crisis no basta con hacer esfuerzos; los esfuerzos deben verse”.

La sentencia parece sencilla, pero explica buena parte de la política contemporánea. Gobernar ya no consiste únicamente en tomar decisiones, ejecutar programas o resolver problemas. Gobernar también implica construir certeza pública sobre lo que se hace.

Vivimos en una época en la que la percepción viaja más rápido que los hechos. Un rumor puede recorrer el país en minutos. Una narrativa equivocada puede instalarse antes que una explicación oficial. Una imagen puede tener más impacto que cien páginas de un informe técnico. En ese contexto, la comunicación dejó de ser un complemento del gobierno para convertirse en una herramienta estratégica de gobernabilidad.

México atraviesa una etapa de profundas transformaciones políticas, institucionales y sociales. La discusión pública gira en torno a temas tan diversos como la seguridad, la economía, las reformas constitucionales, la migración, la justicia y la relación entre ciudadanos e instituciones. En todos estos ámbitos existe un elemento común: la necesidad de construir confianza.

La confianza no surge únicamente de los resultados. Surge cuando las personas pueden observar, comprender y verificar que existe una dirección clara. Los ciudadanos no viven en las oficinas gubernamentales. No participan en las reuniones de gabinete. No conocen los detalles técnicos de cada decisión. Su percepción se forma a partir de lo que logra ver, escuchar y experimentar en su vida cotidiana.

Por ello, la política moderna enfrenta un desafío permanente: convertir la acción pública en evidencia social.

Cuando una administración realiza obras, pero la población no entiende su impacto, surge la percepción de ausencia. Cuando se implementan programas sin comunicar su propósito, surge la duda. Cuando se toman decisiones complejas, pero no se explican sus razones, se abre espacio para la especulación.

La comunicación pública no sustituye a la acción. Tampoco puede esconder una mala gestión. Pero sí tiene la capacidad de conectar los hechos con la percepción ciudadana. Su función consiste en reducir la brecha entre lo que ocurre dentro de las instituciones y lo que la sociedad entiende.

El problema aparece cuando se cae en alguno de los dos extremos. Por un lado, hay gobiernos que comunican mucho y hacen poco. La narrativa termina agotándose por falta de sustento. La ciudadanía puede tardar en advertirlo, pero la realidad se impone con el tiempo. Por otro lado, hay gobiernos que hacen mucho y comunican poco.

En esos casos, los resultados quedan atrapados dentro de los expedientes administrativos mientras la percepción pública se construye con información incompleta.

La experiencia demuestra que ninguno de los extremos funciona. La legitimidad se construye cuando la acción y la comunicación avanzan juntas.

Este fenómeno no es exclusivo de los gobiernos. También afecta a los partidos políticos, a los liderazgos sociales, a las empresas y a las instituciones públicas. Todos compiten en un entorno en el que la atención es limitada y las emociones suelen influir más que los datos.

La política del siglo XXI se desarrolla en dos dimensiones simultáneas. La primera es la realidad objetiva de las acciones. La segunda es la realidad percibida por los ciudadanos. Ignorar cualquiera de las dos implica renunciar a una parte esencial del ejercicio del poder.

Desde la perspectiva del ser, la política es una disputa permanente por la construcción de legitimidad. Desde el deber ser, las instituciones tienen la responsabilidad de informar con transparencia y rendir cuentas a la ciudadanía.

Desde el conocimiento, la opinión pública interpreta la realidad a través de narrativas, símbolos y experiencias compartidas. Desde el sentir, las personas buscan certidumbre, confianza y esperanza ante los desafíos colectivos.

Por eso la frase de Luis Arroyo mantiene plena vigencia. En tiempos de incertidumbre, hacer sigue siendo indispensable. Pero para construir confianza pública, los esfuerzos también deben verse. Porque en democracia, la legitimidad no se produce únicamente en los hechos. También se basa en la percepción de los ciudadanos.

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